lunes, 26 de enero de 2026

Cuando la ciudad se convierte en pared

Honnold escalando la torre el domingo, mientras una persona en el interior mira 
por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

El domingo pasado, Alex Honnold volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: desafiar lo imposible. El escalador estadounidense, famoso por el documental Free Solo, ascendió sin cuerda el Taipei 101, un rascacielos de 508 metros que durante años fue el más alto del mundo. No era una montaña, no había silencio ni naturaleza alrededor, solo cristal, acero, tráfico y miles de ojos mirando hacia arriba. La hazaña fue tan espectacular que Netflix la retransmitió en directo.

Escalar un rascacielos no es simplemente trasladar la escalada tradicional a un entorno urbano. Según quienes practican esta disciplina extrema, se trata casi de otro deporte. Existe un club diminuto, de apenas una decena de personas en todo el mundo, que se atreve a subir edificios de cientos de metros solo con su cuerpo. Y casi todos comparten algo más que músculos de acero y nervios de titanio, viven al margen de la ley.

La escalada de rascacielos suele ser ilegal. Alain Robert, conocido como el Hombre Araña francés, ha escalado alrededor de 200 edificios desde los años noventa y ha sido detenido más de 170 veces. Para él, la experiencia se parece a una película de acción con policías persiguiendo al villano mientras este se eleva por la fachada. Honnold es una excepción. Consiguió permiso oficial para su ascenso en Taiwán, algo rarísimo en este mundo clandestino.

El entorno urbano cambia por completo la experiencia. En lugar del paisaje sereno de lugares como El Capitán en Yosemite, los escaladores se enfrentan al ruido, a las multitudes y a la posibilidad real de que la policía los detenga a mitad de camino. Titouan Leduc, un joven francés que escaló la Torre Varso en Varsovia, lo resume con una imagen potente sentirse como King Kong en la ciudad.

El cuerpo también sufre de otra manera. En la roca, cada movimiento es distinto y plantea un nuevo problema. En un edificio, en cambio, todo es repetición. Ventana tras ventana, barra tras barra, el mismo gesto una y otra vez durante cientos de metros. Dan Goodwin, que en 1986 escaló la Torre CN de Toronto, explica que la verdadera prueba es la resistencia. No es hacer una dominada, es hacer cien. Al terminar, tenía ampollas, el hombro en llamas y el miedo todavía latiendo en el pecho.

Robert incluso creó su propio sistema de dificultad. Para él, los agarres importan más que la altura. La Torre Eiffel le pareció fácil, casi como una escalera. El Taipei 101 mereció un seis. El Burj Khalifa y la Torre Willis un nueve. Y el desafío máximo fue un edificio de oficinas en París donde toda su vida dependía literalmente de la punta de los dedos atrapados en una ranura de cristal.

No todos ven estas hazañas con entusiasmo. Algunos escaladores temen que la retransmisión de Honnold inspire imitaciones peligrosas. El mensaje de los veteranos es claro sin un nivel excepcional, intentarlo es jugar a la ruleta rusa. Pero para otros, como Robert, el riesgo es precisamente la razón de seguir subiendo. Porque, como él mismo dice, solo se siente verdaderamente vivo cuando está al borde del vacío.

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