sábado, 19 de septiembre de 2026

El ajedrez hecho bloque

por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

¿Y si un caballo pudiera parecerse a su movimiento? En 1966, F. Lanier Graham miró el ajedrez y decidió quitarle el disfraz. En lugar de reyes coronados, caballos y figuras inspiradas en la Europa medieval, imaginó un sistema de formas puras. El resultado fue un juego de piezas tan sobrio que parece salido de un estudio de arquitectura.

Graham, entonces joven curador de arquitectura y diseño del Museum of Modern Art de Nueva York, convirtió cada pieza en una pequeña lección de geometría. El peón es un cubo sencillo. La torre se levanta como una columna. El caballo adopta una L que hace visible su salto peculiar. El alfil lleva una incisión diagonal que recuerda su recorrido por el tablero.

La escala también habla. La reina alcanza tres veces la altura del peón y el rey se eleva aún más, estableciendo una jerarquía que puede entenderse antes de realizar la primera jugada. Las formas no representan personajes. Representan posibilidades.

La idea encajaba con el espíritu del diseño moderno de los años sesenta. Artistas como Donald Judd y Sol LeWitt exploraban el cubo, la repetición y la estructura como elementos fundamentales del arte. Graham llevó esa sensibilidad hasta el tablero y dejó que las propias reglas del ajedrez determinaran las formas.

Ahí aparece la verdadera sorpresa. Cuando la partida termina, las treinta y dos piezas pueden encajarse hasta formar un bloque rectangular compacto. El ejército desaparece dentro de una estructura silenciosa. Guardar el juego se convierte en otra pequeña partida de lógica.

El conjunto, realizado con madera de nogal y limba, pertenece hoy a la colección del MoMA. Su atractivo sigue siendo inmediato porque hace visible algo que normalmente permanece escondido. Cada movimiento tiene una forma. Cada pieza contiene una regla.

Cuando el tablero queda vacío y las piezas vuelven a convertirse en un solo bloque, el juego parece guardar dentro de sí su propia memoria.

viernes, 17 de julio de 2026

La fotografía de Messi y Lamine Yamal que esperó a la historia

La foto que cambió con el tiempo

por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

En 2007 nadie imaginó que una sencilla sesión de fotos para un calendario benéfico acabaría convertida en una de las imágenes más comentadas del fútbol. Lionel Messi, entonces una joven promesa del Barcelona, sostenía en brazos a un bebé llamado Lamine Yamal mientras lo bañaba frente a la cámara. Era una escena cotidiana, tierna y sin mayor trascendencia. Hoy parece un símbolo universal.

Ahora, con Messi y Lamine frente a frente en la final del Mundial de 2026, la fotografía ha adquirido una fuerza casi mítica. Millones la interpretan como una señal del destino y alimentan relatos sobre profecías, herencias deportivas y un relevo anunciado muchos años antes. Sin embargo, la realidad resulta aún más interesante.

La imagen nunca predijo el futuro. Fuimos nosotros quienes reinterpretamos el pasado después de conocer el desenlace. Cuando sabemos cómo termina una historia, sentimos que todo lo anterior conducía de manera inevitable hacia ese final. La memoria reorganiza los acontecimientos como si siempre hubieran seguido el mismo camino.

Si Lamine hubiera elegido otra profesión, si una lesión hubiera detenido su carrera o si Messi no hubiera asistido a aquella sesión, la fotografía seguiría olvidada en un archivo. La imagen sería exactamente la misma. Lo único que cambiaría sería nuestra forma de verla.

Esa tendencia ha fascinado a filósofos durante siglos. Hegel imaginó que la historia respondía a un orden racional que solo se comprende con el tiempo. En cambio, pensadores como Maquiavelo recordaron que la fortuna y el azar desempeñan un papel mucho mayor del que solemos aceptar. Más recientemente, Paul Ricoeur explicó que las personas convierten los hechos en relatos porque necesitan dar sentido a su experiencia y encontrar una coherencia que la realidad, por sí sola, rara vez ofrece.

El fútbol ofrece el escenario perfecto para ese impulso. La fotografía reúne todos los elementos de una gran historia porque un campeón sostiene en brazos a quien muchos consideran el gran talento del futuro. Su verdadero encanto nace precisamente de la casualidad. Nadie presente aquel día podía sospechar el valor que adquiriría con el tiempo. El pasado permanece igual. Lo que cambia es nuestra mirada. Las imágenes no contienen un destino escrito. Contienen posibilidades. El futuro les da voz y nosotros aprendemos a escucharlas cuando ya conocemos el final de la historia.

sábado, 4 de julio de 2026

Cabo Verde y el partido imposible

Cabo Verde y el partido imposiblepor JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

A todo el mundo le gusta apoyar al que nadie cree que puede ganar. Porque a veces, los héroes aparecen donde menos lo esperamos.

Y en el Mundial de 2026, había un pequeño país llamado Cabo Verde. Sus islas estaban muy lejos de los grandes estadios del mundo. Tenía muchos menos habitantes que otros países... y muy pocos pensaban que llegaría tan lejos.

Pero partido tras partido, Cabo Verde sorprendió a todos. Empató con equipos muy fuertes, luchó hasta el final y consiguió algo que parecía imposible. ¡Se clasificó a la fase final!

Entonces llegó el mayor desafío de todos. Del otro lado de la cancha estaba Argentina. La campeona del mundo. El equipo de Lionel Messi.

Muchos decían que el partido terminaría muy rápido. Pero Cabo Verde no había llegado hasta allí para rendirse.

Cuando comenzó el partido, Argentina atacó con mucha fuerza. Y poco después... ¡Messi marcó un gol! El estadio estalló de emoción. Parecía que todo iba a salir como todos esperaban.

Pero Cabo Verde siguió corriendo. Siguió luchando. Y siguió creyendo.

En el segundo tiempo llegó su recompensa. ¡Gol de Cabo Verde! Ahora el marcador estaba empatado. Los jugadores se abrazaban. Los aficionados no podían creer lo que estaban viendo. El campeón del mundo estaba en problemas.

Los minutos pasaban... Y ninguno de los dos equipos quería darse por vencido. Así que el partido tuvo que ir al tiempo extra.

Argentina volvió a ponerse adelante. Pero Cabo Verde respondió otra vez. ¡Con un gol increíble! Todos los que miraban el partido se levantaron de sus asientos.

Ahora sí... Cualquier cosa podía pasar. Los dos equipos estaban cansados. Habían corrido muchísimo. Faltaban muy pocos minutos.

Entonces, en una jugada dentro del área... Argentina encontró el gol que necesitaba. Esta vez, Cabo Verde ya no pudo empatar.

El árbitro hizo sonar el silbato final. Argentina ganó el partido por 3 a 2 y siguió en el Mundial.

Los jugadores de Cabo Verde estaban tristes. Habían quedado eliminados. Pero algo muy especial había ocurrido. Habían hecho sufrir al campeón del mundo hasta el último minuto.

Todo el planeta habló de su valentía. Muchos aficionados, incluso de otros países, los despidieron con un gran aplauso.

Porque habían demostrado que el corazón de un equipo no se mide por el tamaño de su país... sino por las ganas de luchar hasta el final.

FIN

lunes, 29 de junio de 2026

Marcelo Bielsa y el mito del revolucionario

Marcelo Bielsa y el mito del revolucionario

El fútbol tiene una costumbre curiosa: muchas veces confunde la influencia con la victoria.

Pocas figuras representan mejor esa contradicción que Marcelo Bielsa. Basta con mencionar su nombre delante de entrenadores de élite para que aparezca la admiración. Pep Guardiola lo considera una de las mayores influencias de su forma de entender el juego. Mauricio Pochettino habla de él como un maestro. En el fútbol de Jürgen Klopp también se percibe esa misma obsesión por la intensidad y la presión colectiva.

Y, sin embargo, el palmarés de Bielsa es sorprendentemente modesto.

Fue campeón de liga en Argentina con Newell's Old Boys y Vélez Sarsfield. Conquistó la medalla de oro olímpica con la selección argentina en 2004. Devolvió al Leeds United a la Premier League después de dieciséis años atrapado en la segunda división inglesa. Transformó a la selección chilena y redefinió su identidad futbolística. Y llevó al Athletic Club a dos finales europeas desplegando un fútbol tan atrevido como emocionante.

Son logros importantes. Pero no alcanzan para sostener el currículum del mejor entrenador de su generación.

Compáralo con sus contemporáneos. Carlo Ancelotti acumuló títulos de la Champions League con una regularidad asombrosa. Arsène Wenger revolucionó el fútbol inglés mientras conquistaba la Premier League. Louis van Gaal fue campeón en varios países. Carlos Bianchi construyó equipos legendarios que derrotaron una y otra vez a los mejores clubes de Europa. Luiz Felipe Scolari ganó un Mundial. Vicente del Bosque levantó tanto una Copa del Mundo como una Eurocopa.

Si el fútbol se midiera únicamente por los trofeos, Bielsa ni siquiera estaría en esa conversación.

Entonces, ¿por qué sí lo está?

La respuesta más habitual es que Bielsa "cambió el fútbol". Y es cierto... siempre que tengamos claro qué fue exactamente lo que cambió.

Él no inventó la presión. Viktor Maslov ya desarrollaba sistemas de presión coordinada décadas antes. Rinus Michels y Johan Cruyff convirtieron la presión colectiva en una pieza esencial del Fútbol Total. Y el Milan de Arrigo Sacchi había llevado la presión agresiva y el rigor posicional a un nivel extraordinario mucho antes de que Bielsa alcanzara reconocimiento mundial.

Bielsa heredó esas ideas.

Lo que hizo fue llevarlas hasta sus últimas consecuencias, con una convicción casi religiosa.

Su fútbol exigía una presión hombre a hombre incansable en todo el campo. El ataque vertical sustituía a la posesión paciente. Cada movimiento estaba ensayado. Cada línea de pase, prevista de antemano. Cada futbolista era una pieza de una maquinaria perfectamente sincronizada, diseñada para aplastar al rival a través de la intensidad más que del talento individual.

No fue tanto una invención como una radicalización.

El problema es que Bielsa nunca resolvió el gran desafío de ingeniería que escondía su modelo.

Su sistema funcionaba de manera espectacular... pero a ráfagas.

Los jugadores crecían de forma notable. Plantillas modestas competían de tú a tú con rivales mucho más poderosos. Clubes que nunca habían tenido una identidad futbolística clara encontraban por fin una forma reconocible de jugar.

Pero después llegaba el desgaste.

La exigencia física era enorme. La rigidez táctica acababa siendo predecible. Los rivales encontraban la manera de contrarrestarlo. Las temporadas se iban apagando. El mismo patrón se repitió en Bilbao, Marsella y Leeds: un ascenso brillante, una fatiga progresiva y, finalmente, el derrumbe.

Ahí es donde los grandes pragmáticos marcaron la diferencia.

Guardiola tomó la presión de Bielsa, pero redujo su coste. Convirtió la posesión en una forma de defenderse: era el balón el que corría por el equipo. Klopp transformó aquella presión incansable en trampas zonales perfectamente coordinadas, en lugar de una persecución hombre a hombre constante. Y Ancelotti hizo justo lo contrario que Bielsa: adaptó sus sistemas a las características de sus plantillas, en vez de exigir que las plantillas se adaptaran a una única idea.

Incluso los grandes ganadores de Sudamérica eligieron el camino opuesto.

Carlos Bianchi nunca buscó dominar los partidos por una cuestión estética. Su Boca Juniors asfixiaba al rival, anulaba sus fortalezas y esperaba el momento exacto para golpear. El Brasil campeón del mundo de Luiz Felipe Scolari en 2002 combinaba una estructura defensiva muy sólida con libertad absoluta para Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho. Potenciaba el talento en lugar de obligarlo a encajar dentro de una ideología.

No eran menos inteligentes que Bielsa.

Eran menos dogmáticos.

Quizá por eso ellos llenaron las vitrinas de trofeos, mientras Bielsa llenaba el fútbol de discípulos.

El fútbol suele romantizar a los idealistas que nunca renuncian a sus principios. Hay algo profundamente atractivo en ese entrenador que prefiere perder antes que traicionar su manera de entender el juego. Bielsa terminó convirtiéndose en el santo patrono de esa filosofía: un hombre que, según él mismo confesó, temía más ganar sin convencer que perder siendo fiel a sus ideas.

Pero la historia parece apuntar hacia una conclusión más incómoda.

El verdadero genio de Bielsa no estuvo en construir la obra terminada, sino en revelar una posibilidad que aún estaba incompleta.

Demostró que la presión extrema, la organización colectiva y una preparación obsesiva podían redefinir el fútbol moderno. Lo que nunca consiguió demostrar fue cómo hacer que ese modelo resistiera durante años la exigencia de la élite, y no solo durante unos meses.

Fueron otros quienes terminaron la obra.

Guardiola añadió el control.

Klopp aportó la sostenibilidad.

Ancelotti incorporó la capacidad de adaptación.

En la tecnología rara vez recordamos al inventor como la persona que cambió el mundo. Solemos recordar al ingeniero que consiguió que esa invención funcionara de verdad.

Bielsa construyó el prototipo.

Sus discípulos construyeron la dinastía.

Eso no hace más pequeña su herencia.

La pone en perspectiva.

Marcelo Bielsa no fue el entrenador más ganador de la historia del fútbol. Puede que ni siquiera fuera el mejor técnico de su generación.

Fue algo mucho más raro: un arquitecto brillante cuyo plano alcanzó mucho más éxito en manos de otros que en las suyas propias.

*****

El Halcón y el Castor

Presumía un Halcón de haber descubierto el modo más veloz de cruzar el valle.

—¡Mirad! —gritaba desde las alturas—. Nadie llega tan pronto como yo.

Y, en efecto, descendía como un rayo. Las demás aves, admiradas, procuraban imitar su vuelo; mas, al poco trecho, unas caían rendidas, otras se herían contra las peñas y las más desistían del intento.

A la orilla del río vivía un Castor, silencioso y poco dado a discursos. Observó durante largo tiempo los vuelos del Halcón y dijo para sí:

—El camino es excelente; lo que falta es que pueda andarse todos los días.

Entonces levantó un puente de troncos, firme aunque menos veloz. Por él cruzaron ciervos, liebres, zorros y aun las mismas aves cuando el viento les era contrario.

Pasaron los años.

El Halcón seguía siendo celebrado por haber mostrado el paso.

Pero fue el puente del Castor el que llenó de vida el valle.

Moraleja

Descubrir un buen camino merece aplauso; hacerlo transitable merece la historia. La mejor idea vale poco si no aprende a durar.

lunes, 22 de junio de 2026

Messi o Ronaldo, una pregunta más política de lo que parece

La preferencia entre Messi y Ronaldo refleja valores políticos personales.

¿Eres del equipo Messi o del equipo Ronaldo? Parece una pregunta inocente, perfecta para una conversación entre amigos o una discusión futbolera en redes sociales. Sin embargo, una investigación de la Universidad de Singapur sugiere que la respuesta podría revelar mucho más que tus gustos deportivos.

Durante más de veinte años, Lionel Messi y Cristiano Ronaldo protagonizaron una de las rivalidades más fascinantes de la historia del deporte. Sus goles, récords y títulos dividieron a millones de aficionados en todo el mundo. Pero ahora los científicos creen que esa división no depende únicamente del fútbol.

Un estudio realizado con más de diez mil personas de veintiséis países descubrió que la preferencia por uno u otro jugador está estrechamente relacionada con la forma en que las personas entienden la sociedad y el poder. En otras palabras, la elección entre Messi y Ronaldo puede reflejar valores políticos y psicológicos profundos.

Los participantes con ideas más liberales mostraron una tendencia clara a preferir a Messi. El astro argentino suele ser percibido como una figura discreta, enfocada en el trabajo colectivo y menos interesada en el protagonismo personal. Esa imagen parece conectar con quienes valoran la cooperación y los enfoques más igualitarios.

Por otro lado, las personas con posturas más conservadoras se inclinaron con mayor frecuencia por Ronaldo. El portugués proyecta una imagen asociada al esfuerzo individual, la ambición y la superación personal. Su marca pública está construida alrededor de la excelencia, la disciplina y el liderazgo, atributos que generan una fuerte identificación en este grupo.

La investigación también encontró otros elementos llamativos. Las personas con una visión más favorable hacia liderazgos fuertes y quienes poseen una autoestima elevada mostraron una mayor simpatía por Ronaldo. Además, el consumo frecuente de vídeos cortos en plataformas digitales parece reforzar esa preferencia. No resulta extraño si se considera que estos formatos suelen premiar el espectáculo, la exhibición personal y los momentos impactantes.

Lo más sorprendente es que esta conexión entre política y cultura popular aparece sobre todo entre los jóvenes. En generaciones mayores, la relación prácticamente desaparece. Para muchos adultos jóvenes, las preferencias culturales ya no son simples entretenimientos, sino una extensión de su identidad.

La conclusión es fascinante. La gran rivalidad futbolística del siglo XXI se ha convertido en una ventana para entender cómo pensamos. Así que la próxima vez que alguien te pregunte quién es mejor, quizá no solo estés hablando de fútbol. Tal vez también estés revelando, sin darte cuenta, cómo ves el mundo.