El fútbol tiene una costumbre curiosa: muchas veces confunde la influencia con la victoria.
Pocas figuras representan mejor esa contradicción que Marcelo Bielsa. Basta con mencionar su nombre delante de entrenadores de élite para que aparezca la admiración. Pep Guardiola lo considera una de las mayores influencias de su forma de entender el juego. Mauricio Pochettino habla de él como un maestro. En el fútbol de Jürgen Klopp también se percibe esa misma obsesión por la intensidad y la presión colectiva.
Y, sin embargo, el palmarés de Bielsa es sorprendentemente modesto.
Fue campeón de liga en Argentina con Newell's Old Boys y Vélez Sarsfield. Conquistó la medalla de oro olímpica con la selección argentina en 2004. Devolvió al Leeds United a la Premier League después de dieciséis años atrapado en la segunda división inglesa. Transformó a la selección chilena y redefinió su identidad futbolística. Y llevó al Athletic Club a dos finales europeas desplegando un fútbol tan atrevido como emocionante.
Son logros importantes. Pero no alcanzan para sostener el currículum del mejor entrenador de su generación.
Compáralo con sus contemporáneos. Carlo Ancelotti acumuló títulos de la Champions League con una regularidad asombrosa. Arsène Wenger revolucionó el fútbol inglés mientras conquistaba la Premier League. Louis van Gaal fue campeón en varios países. Carlos Bianchi construyó equipos legendarios que derrotaron una y otra vez a los mejores clubes de Europa. Luiz Felipe Scolari ganó un Mundial. Vicente del Bosque levantó tanto una Copa del Mundo como una Eurocopa.
Si el fútbol se midiera únicamente por los trofeos, Bielsa ni siquiera estaría en esa conversación.
Entonces, ¿por qué sí lo está?
La respuesta más habitual es que Bielsa "cambió el fútbol". Y es cierto... siempre que tengamos claro qué fue exactamente lo que cambió.
Él no inventó la presión. Viktor Maslov ya desarrollaba sistemas de presión coordinada décadas antes. Rinus Michels y Johan Cruyff convirtieron la presión colectiva en una pieza esencial del Fútbol Total. Y el Milan de Arrigo Sacchi había llevado la presión agresiva y el rigor posicional a un nivel extraordinario mucho antes de que Bielsa alcanzara reconocimiento mundial.
Bielsa heredó esas ideas.
Lo que hizo fue llevarlas hasta sus últimas consecuencias, con una convicción casi religiosa.
Su fútbol exigía una presión hombre a hombre incansable en todo el campo. El ataque vertical sustituía a la posesión paciente. Cada movimiento estaba ensayado. Cada línea de pase, prevista de antemano. Cada futbolista era una pieza de una maquinaria perfectamente sincronizada, diseñada para aplastar al rival a través de la intensidad más que del talento individual.
No fue tanto una invención como una radicalización.
El problema es que Bielsa nunca resolvió el gran desafío de ingeniería que escondía su modelo.
Su sistema funcionaba de manera espectacular... pero a ráfagas.
Los jugadores crecían de forma notable. Plantillas modestas competían de tú a tú con rivales mucho más poderosos. Clubes que nunca habían tenido una identidad futbolística clara encontraban por fin una forma reconocible de jugar.
Pero después llegaba el desgaste.
La exigencia física era enorme. La rigidez táctica acababa siendo predecible. Los rivales encontraban la manera de contrarrestarlo. Las temporadas se iban apagando. El mismo patrón se repitió en Bilbao, Marsella y Leeds: un ascenso brillante, una fatiga progresiva y, finalmente, el derrumbe.
Ahí es donde los grandes pragmáticos marcaron la diferencia.
Guardiola tomó la presión de Bielsa, pero redujo su coste. Convirtió la posesión en una forma de defenderse: era el balón el que corría por el equipo. Klopp transformó aquella presión incansable en trampas zonales perfectamente coordinadas, en lugar de una persecución hombre a hombre constante. Y Ancelotti hizo justo lo contrario que Bielsa: adaptó sus sistemas a las características de sus plantillas, en vez de exigir que las plantillas se adaptaran a una única idea.
Incluso los grandes ganadores de Sudamérica eligieron el camino opuesto.
Carlos Bianchi nunca buscó dominar los partidos por una cuestión estética. Su Boca Juniors asfixiaba al rival, anulaba sus fortalezas y esperaba el momento exacto para golpear. El Brasil campeón del mundo de Luiz Felipe Scolari en 2002 combinaba una estructura defensiva muy sólida con libertad absoluta para Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho. Potenciaba el talento en lugar de obligarlo a encajar dentro de una ideología.
No eran menos inteligentes que Bielsa.
Eran menos dogmáticos.
Quizá por eso ellos llenaron las vitrinas de trofeos, mientras Bielsa llenaba el fútbol de discípulos.
El fútbol suele romantizar a los idealistas que nunca renuncian a sus principios. Hay algo profundamente atractivo en ese entrenador que prefiere perder antes que traicionar su manera de entender el juego. Bielsa terminó convirtiéndose en el santo patrono de esa filosofía: un hombre que, según él mismo confesó, temía más ganar sin convencer que perder siendo fiel a sus ideas.
Pero la historia parece apuntar hacia una conclusión más incómoda.
El verdadero genio de Bielsa no estuvo en construir la obra terminada, sino en revelar una posibilidad que aún estaba incompleta.
Demostró que la presión extrema, la organización colectiva y una preparación obsesiva podían redefinir el fútbol moderno. Lo que nunca consiguió demostrar fue cómo hacer que ese modelo resistiera durante años la exigencia de la élite, y no solo durante unos meses.
Fueron otros quienes terminaron la obra.
Guardiola añadió el control.
Klopp aportó la sostenibilidad.
Ancelotti incorporó la capacidad de adaptación.
En la tecnología rara vez recordamos al inventor como la persona que cambió el mundo. Solemos recordar al ingeniero que consiguió que esa invención funcionara de verdad.
Bielsa construyó el prototipo.
Sus discípulos construyeron la dinastía.
Eso no hace más pequeña su herencia.
La pone en perspectiva.
Marcelo Bielsa no fue el entrenador más ganador de la historia del fútbol. Puede que ni siquiera fuera el mejor técnico de su generación.
Fue algo mucho más raro: un arquitecto brillante cuyo plano alcanzó mucho más éxito en manos de otros que en las suyas propias.
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El Halcón y el Castor
Presumía un Halcón de haber descubierto el modo más veloz de cruzar el valle.
—¡Mirad! —gritaba desde las alturas—. Nadie llega tan pronto como yo.
Y, en efecto, descendía como un rayo. Las demás aves, admiradas, procuraban imitar su vuelo; mas, al poco trecho, unas caían rendidas, otras se herían contra las peñas y las más desistían del intento.
A la orilla del río vivía un Castor, silencioso y poco dado a discursos. Observó durante largo tiempo los vuelos del Halcón y dijo para sí:
—El camino es excelente; lo que falta es que pueda andarse todos los días.
Entonces levantó un puente de troncos, firme aunque menos veloz. Por él cruzaron ciervos, liebres, zorros y aun las mismas aves cuando el viento les era contrario.
Pasaron los años.
El Halcón seguía siendo celebrado por haber mostrado el paso.
Pero fue el puente del Castor el que llenó de vida el valle.
Moraleja
Descubrir un buen camino merece aplauso; hacerlo transitable merece la historia. La mejor idea vale poco si no aprende a durar.


