sábado, 3 de octubre de 2026

Don Quijote de la Mancha, contado a los niños

 
 por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

A todo el mundo le gustan las historias de caballeros, aventuras, gigantes, princesas y viajes por lugares desconocidos. Y hace mucho, mucho tiempo, en un lugar de La Mancha, vivía un hombre llamado Alonso Quijano. Alonso era un hombre tranquilo. Pero tenía una gran afición. ¡Le encantaba leer historias de caballeros! Leía sobre guerreros valientes que luchaban contra monstruos, gigantes y malvados enemigos. Leía tanto que, poco a poco, comenzó a imaginar que aquellas historias podían hacerse realidad.

Y un día decidió convertirse en caballero. Se puso una vieja armadura. Buscó un caballo flaco y viejo al que llamó Rocinante. Y eligió un nuevo nombre para él mismo: ¡Don Quijote de la Mancha! También necesitaba una dama a quien dedicar todas sus aventuras. Entonces pensó en una mujer llamada Aldonza Lorenzo. Pero Don Quijote decidió llamarla de una manera mucho más elegante: ¡Dulcinea del Toboso! Aunque Dulcinea no sabía nada de todo aquello.

Don Quijote estaba convencido de que debía salir al mundo para ayudar a los débiles y luchar contra el mal. Así que montó sobre Rocinante... ¡Y comenzó su aventura! Durante su primer viaje llegó a una posada. Pero Don Quijote estaba seguro de que no era una posada. ¡Era un castillo! El posadero se convirtió en su imaginación en un gran señor. Y después de muchas confusiones, Don Quijote consiguió que lo nombraran caballero. Entonces regresó a casa. Pero no tardó mucho en volver a salir.

Esta vez tuvo una idea. Necesitaba un escudero. Y encontró al hombre perfecto. Se llamaba Sancho Panza. Sancho era un campesino sencillo, práctico y muy amigo de la comida. Don Quijote le prometió que, después de sus aventuras, podría convertirse en gobernador de una isla. Sancho aceptó. Y así comenzó una de las amistades más famosas de todos los tiempos.

Don Quijote veía aventuras por todas partes. Sancho, en cambio, casi siempre veía las cosas como realmente eran. Un día llegaron a un campo. Don Quijote miró hacia el horizonte. Y vio algo terrible. ¡Gigantes! Eran enormes y tenían brazos larguísimos. Sancho miró mejor. —¡No son gigantes! ¡Son molinos de viento! Pero Don Quijote ya había decidido luchar. —¡No tengas miedo, Sancho! Y salió corriendo con Rocinante. ¡A toda velocidad! Don Quijote atacó uno de los molinos. Pero una de sus aspas golpeó la lanza... ¡Y lo lanzó por los aires!

Don Quijote terminó en el suelo. Sancho corrió a ayudarlo. —¿Ve? ¡Le dije que eran molinos! Pero Don Quijote no se rindió. Pensó que algún mago había transformado a los gigantes en molinos para impedirle ganar. Y siguió adelante. Después encontraron un grupo de ovejas. Don Quijote las miró desde lejos. ¡Y creyó que eran dos grandes ejércitos preparándose para una batalla! Sancho intentó explicarle la verdad. Pero Don Quijote ya estaba preparado para luchar. Una vez más, terminó en problemas. Y otra vez Sancho tuvo que ayudarlo.

Así pasaron los días. Don Quijote veía castillos donde había posadas. Gigantes donde había molinos. Ejércitos donde había ovejas. Y grandes aventuras donde otras personas solo veían cosas normales. Pero no todas sus aventuras fueron divertidas. Algunas personas se burlaban de él. Otras intentaban engañarlo. Y muchas veces Don Quijote terminaba golpeado, cansado y cubierto de polvo. Sin embargo, Sancho siempre estaba allí. Porque aunque no entendía las ideas de su amigo... ¡Nunca dejó de acompañarlo!

En uno de sus viajes, Don Quijote conoció a personas que querían hacerle una broma. Sabían que Don Quijote creía que era un gran caballero. Así que comenzaron a inventar historias para hacerlo continuar con sus aventuras. Pero Don Quijote seguía creyendo. Y Sancho seguía caminando detrás de él.

Durante el camino, los dos aprendieron mucho. Don Quijote enseñó a Sancho a soñar. Sancho enseñó a Don Quijote a mirar la realidad. Y aunque discutían muchas veces... También se ayudaban. Con el tiempo, Sancho llegó a querer mucho a su amigo. Y Don Quijote también comprendió que Sancho era mucho más que su escudero. Era su compañero. Su amigo. Y la persona que nunca lo abandonaba.

Pero finalmente llegó el momento de regresar a casa. Don Quijote había vivido muchas aventuras. Había conocido lugares extraños. Había luchado contra enemigos imaginarios. Y había descubierto que el mundo no siempre era como aparecía en los libros.

Un día se encontró con otro caballero. Era el Caballero de la Blanca Luna. Los dos se enfrentaron. Don Quijote luchó con todas sus fuerzas. Pero esta vez perdió. Y tuvo que cumplir una promesa: ¡Regresar a su casa! Así que Don Quijote y Sancho emprendieron el camino de regreso. Ya no había gigantes. Ya no había grandes ejércitos. Solo había caminos, campos y muchas cosas que recordar.

Cuando llegaron a casa, Don Quijote estaba muy cansado. Y entonces ocurrió algo inesperado. Alonso Quijano comenzó a darse cuenta de que muchas de las cosas que había imaginado no eran reales. Comprendió que los molinos eran molinos. Que las ovejas eran ovejas. Y que él no era un caballero de los libros. Era Alonso Quijano.

Su familia y sus amigos estuvieron a su lado. Y Sancho también. Don Quijote había cambiado. Pero antes de despedirse de este mundo, recordó todas las aventuras que había vivido. Y recordó especialmente a su gran amigo. Sancho.

Don Quijote no había encontrado gigantes. Ni castillos encantados. Ni grandes ejércitos. Pero sí había encontrado algo mucho más importante. Un amigo que estuvo a su lado hasta el final. Y tal vez esa fue su verdadera aventura.

A veces necesitamos soñar para atrevernos a hacer cosas increíbles. Pero también necesitamos a alguien que nos acompañe, nos ayude a levantarnos cuando caemos... Y nos recuerde que, incluso cuando el mundo parece extraño, nunca estamos solos.

FIN

jueves, 1 de octubre de 2026

Apocalipsis, Roma y el poder de decir que no

 
 por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

Imagina que vives en el Imperio romano hace casi 2.000 años. Roma tiene mucho poder. Sus soldados están en muchas regiones. Sus caminos conectan diferentes lugares. Sus monedas se usan en los mercados. Los emperadores aparecen en monedas, estatuas y monumentos. La religión también forma parte de la vida diaria. En algunos lugares, las personas participan en ceremonias para honrar al emperador.

Ahora imagina que eres cristiano y que algunas de esas prácticas van en contra de lo que crees. No quieres adorar al emperador. Tampoco quieres participar en ciertos rituales solo porque todos los demás lo hacen. Pero sigues viviendo dentro del Imperio romano. Tienes que trabajar, comprar comida, vender cosas y relacionarte con otras personas.

Entonces tienes que tomar una decisión. ¿Qué haces cuando la sociedad te pide hacer algo que va en contra de tus creencias?

El Libro del Apocalipsis ofrece una respuesta. Los cristianos deben mantenerse firmes en lo que creen. Entre sus monstruos, ángeles y desastres, Apocalipsis habla de personas que vivían bajo el poder de Roma. Esas personas tenían que decidir cómo seguir siendo fieles a Dios mientras vivían en una sociedad que esperaba que siguieran las reglas de Roma. Juan, el autor del libro, les dice que resistan y que no abandonen sus creencias para hacer la vida más fácil.

Juan escribió a siete comunidades cristianas que vivían en ciudades de una región romana llamada Asia. Esta región estaba aproximadamente donde hoy se encuentra el oeste de Turquía. Estas comunidades no vivían escondidas. Sus miembros trabajaban, compraban productos, vendían cosas y tenían vecinos que no eran cristianos. Por eso, ser cristiano podía crear problemas.

El gobierno romano no siempre estaba buscando cristianos para matarlos. Hubo momentos de persecución, pero no ocurrió una persecución igual en todo el imperio durante todo el tiempo. La presión podía ser más común y menos evidente. Una persona podía tener problemas en su trabajo. Podía ser rechazada por otras personas. Podía tener dificultades para participar en ciertas actividades de la ciudad. También podía sentir que tenía que participar en ceremonias religiosas para mantener su trabajo o sus relaciones con otras personas.

Entonces aparecía una pregunta importante. ¿Cuánto puedes cambiar tus creencias para encajar en la sociedad? Esta pregunta nos ayuda a entender el mensaje de Apocalipsis.

El Imperio recibe otro nombre

Juan se refiere a Roma con el nombre de Babilonia. Para nosotros, esto puede parecer extraño. Para los lectores de Juan tenía mucho sentido.

Babilonia era una antigua ciudad que había conquistado otros pueblos. En la tradición judía, también representaba un gobierno poderoso que podía abusar de otras personas. Juan usa esa antigua imagen para hablar de Roma. En Apocalipsis, Babilonia representa a Roma.

Hay algunas pistas que ayudan a entenderlo. La ciudad está relacionada con siete montañas. Roma era famosa por sus siete colinas. Babilonia también aparece como una ciudad muy rica. Tiene poder sobre otros gobernantes. Los comerciantes ganan mucho dinero gracias a ella. Muchos productos llegan a sus mercados.

Babilonia representa el sistema de poder de Roma, su ejército, su comercio, religión, etc. Juan también critica la manera en que Roma obtiene su riqueza.

En Apocalipsis 18 se mencionan muchos productos caros. Hay metales preciosos, ropa fina, especias, vino y otros artículos de lujo. Los comerciantes se ponen muy tristes cuando Babilonia cae. Su tristeza se debe a que ya no pueden vender sus productos.

Después aparece una idea todavía más fuerte. Entre las cosas que Babilonia compra y vende aparecen seres humanos. Juan está mostrando un problema muy serio. En ese sistema, las personas pueden ser tratadas como objetos.

Esto lleva a una pregunta que todavía podemos hacer hoy. ¿Qué pasa cuando las personas ricas se benefician del sufrimiento de personas que tienen menos poder?

En Apocalipsis 18:4, una voz del cielo invita al pueblo de Dios a salir de Babilonia para que se separe de sus pecados y evite sus plagas. Los cristianos seguían viviendo en sus ciudades, trabajando y comprando, así que esta invitación los llevaba a examinar con cuidado cada práctica que sostenía ese sistema.

La Bestia representa el poder

La Bestia es uno de los personajes más famosos de Apocalipsis. Durante muchos años, las personas han tratado de descubrir qué significa. Algunos la han relacionado con el mal. Otros la han relacionado con el Anticristo o con diferentes personas de la historia.

Pero podemos entender la Bestia de otra manera. Para los primeros lectores de Apocalipsis, la Bestia podía representar el poder del Imperio romano. La Bestia tiene autoridad. Controla a otras personas. Exige lealtad. También está relacionada con la economía.

Después Juan menciona un número famoso. Ese número es 666. En el mundo antiguo existía una forma de relacionar letras con números. Las personas podían sumar los valores de las letras de un nombre.

Cuando se usa la forma hebrea del nombre Nerón César, el resultado puede ser 666. Nerón fue un emperador romano que gobernó muchos años antes de que Juan escribiera Apocalipsis. Nerón persiguió a cristianos en Roma después del gran incendio de la ciudad. Aunque Nerón ya había muerto cuando Juan escribió el libro, su nombre todavía representaba a un gobernante cruel.

Por eso, la Bestia puede estar relacionada con Nerón. Pero también representa una idea más grande. Nerón era un ejemplo de un gobernante que usaba el poder de manera cruel. La Bestia representa ese tipo de poder cuando vuelve a aparecer.

El mensaje de Juan puede entenderse así. Cuando un gobernante exige obediencia total y usa la violencia para mantener su poder, ese gobernante se parece a la Bestia de Apocalipsis.

Juan no pide una guerra

Esta es una de las partes más interesantes del libro. Si Juan pensaba que Roma era Babilonia y que el poder romano estaba representado por la Bestia, ¿qué les pidió a los cristianos que hicieran?

No les pidió que formaran un ejército. No les pidió que mataran al emperador. No les pidió que atacaran al gobierno. Les pidió que permanecieran firmes.

Una palabra importante de Apocalipsis es hypomonē. Esta palabra puede significar perseverancia o resistencia. La idea es sencilla. Los cristianos debían seguir creyendo en lo que consideraban correcto. No debían adorar al emperador. No debían participar en ciertas prácticas religiosas solamente para encajar. Tampoco debían abandonar sus creencias solo porque hacerlo podía traerles beneficios.

Otra palabra importante es martyria. De esta palabra viene la palabra española “mártir”. Significa dar testimonio. Dar testimonio significa mostrar lo que uno cree y mantenerse fiel a ello.

La figura central del libro ayuda a entender esta idea. En Apocalipsis 5, Jesús aparece como un Cordero que parece haber sido sacrificado, y también como el León de Judá que ha vencido. Su victoria llega por medio de su entrega. Más adelante, en Apocalipsis 12:11, se dice que los creyentes lo vencieron por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio. Para Juan, dar testimonio es la manera en que los cristianos participan en esa victoria.

Los cristianos podían enfrentarse al poder romano viviendo de acuerdo con sus creencias. Roma podía decir que el emperador era poderoso. Juan podía mostrar lo que ese poder estaba causando. Roma podía mostrar su riqueza. Juan podía recordar a las personas pobres y a quienes eran explotadas. Roma podía decir que todos debían participar. Juan podía decir que una persona podía decidir no hacerlo.

Esta era una forma distinta de resistir.

Una revolución diferente

Apocalipsis puede parecer un libro revolucionario. Sin embargo, Juan no propone una revolución con armas. Juan cambia el significado de las imágenes que Roma usaba para mostrar su grandeza.

Roma quería parecer poderosa. Juan la llama Babilonia. Roma mostraba su riqueza como una señal de éxito. Juan también muestra el sufrimiento que podía estar detrás de esa riqueza. Roma presentaba al emperador como una gran autoridad. Juan muestra el peligro de darle demasiado poder a un gobernante. Roma quería que las personas pensaran que su sistema duraría para siempre.

Juan les pide que imaginen un mundo diferente. Esto nos ayuda a entender por qué Apocalipsis usa tantas imágenes extrañas. El libro tiene dragones, bestias, ángeles, terremotos, estrellas y otras escenas sorprendentes. Estas imágenes no solamente hablan del futuro. También ayudan a los lectores a entender el mundo en el que estaban viviendo.

En el fondo, Juan está haciendo una pregunta. ¿Cómo debe vivir una persona cuando la sociedad le pide que cambie sus creencias para poder pertenecer? Esta pregunta todavía puede ser importante.

Una persona puede enfrentarse a presión en la escuela, en el trabajo, en un grupo de amigos o en la sociedad. A veces, una persona puede sentir que tiene que hacer algo que considera incorrecto para poder ser aceptada. Apocalipsis presenta una respuesta. Una persona puede decidir mantenerse fiel a sus principios aunque hacerlo sea difícil.

Por qué Apocalipsis todavía importa

Apocalipsis habla de lo que estaba pasando en el tiempo de Juan. El autor entendía que un imperio se sostiene gracias a las personas que participan en su sistema. Las personas trabajan. Compran productos. Pagan impuestos. Respetan símbolos. Participan en ceremonias. Siguen las reglas.

Con el tiempo, algunas cosas pueden parecer tan normales que las personas dejan de preguntarse si están bien. Por eso es importante la parte económica de Apocalipsis.

Los cristianos corrían el peligro sutil de acostumbrarse tanto a la sociedad romana que terminaran aceptando sus valores sin darse cuenta.

Juan quería que eso no ocurriera. Les pidió que pensaran cuidadosamente sobre lo que la sociedad consideraba normal.

Hoy, “rechazar Babilonia” significa no dejar que la sociedad decida qué debes adorar, qué debes considerar bueno o qué debes estar dispuesto a hacer para ser aceptado.

Para los cristianos, esto era una cuestión de fe. Para los historiadores, también es un ejemplo de cómo un grupo pequeño puede crear una manera diferente de entender el mundo.

Incluso una persona que no es religiosa puede encontrar una idea importante en este mensaje. Los sistemas de poder pueden ser difíciles de cuestionar cuando las personas empiezan a pensar que son normales y que nunca pueden cambiar.

Roma necesitaba que muchas personas participaran en su sociedad. Por eso, una persona podía hacer algo importante al negarse a participar en ciertas prácticas. Una comunidad también podía hacerlo.

Cuando muchas personas comienzan a cuestionar un sistema, ese sistema puede dejar de parecer inevitable. Al final de Apocalipsis, Babilonia cae. Pero hay una idea todavía más profunda.

Babilonia comienza a perder su poder cuando las personas aprenden a verla con claridad. Esta puede ser una de las lecciones más importantes del libro.

El libro termina con la imagen de una ciudad nueva. En Apocalipsis 21 y 22, la Nueva Jerusalén desciende del cielo y Dios vive con su pueblo. En esa ciudad ya no hay llanto ni dolor, y el agua de la vida se ofrece gratis a quien tiene sed. Esta es la ciudad que Juan invita a imaginar a sus lectores, una ciudad que ofrece vida a las naciones.

Antes de poder cuestionar un sistema, primero debemos entender que ese sistema puede cambiar. El poder no siempre significa justicia. La riqueza no siempre significa que una sociedad sea justa. Y sobrevivir no siempre significa que una persona haya sido fiel a sus principios.

Para Juan, aprender a decir que no podía ser una forma de resistencia.

El hombre que cae (una historia de Albert Einstein)


por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

I

La mañana del 4 de noviembre de 1915, Albert Einstein sabía que su teoría de la gravedad estaba equivocada.

También sabía que David Hilbert quizá ya había encontrado la forma de corregirla.

Caminaba hacia la Biblioteca Estatal de Prusia bajo un cielo gris como el hierro. Berlín olía a carbón y a hojas podridas. Cada respiración profunda le provocaba un dolor en el estómago, un pequeño puño que llevaba dos días cerrándose. En el bolsillo interior del abrigo llevaba las páginas de la conferencia, dobladas en cuatro. La tinta le había dejado manchas en el pulgar y el índice. Se las había limpiado con el pañuelo varias veces. Seguían allí.

Antes de salir había escrito unas líneas a su hijo mayor. Permaneció de pie junto a la mesa, en una vivienda con tan pocos muebles que la voz rebotaba entre las paredes. Un amigo había dicho que aquel lugar parecía una iglesia. «Ayer recibí tu cartita y me alegré mucho», escribió. «Ya temía que no quisieras escribirme más.» Prometió hacer todo lo posible para pasar juntos un mes cada año, para que el niño supiera que tenía un padre muy unido a él. Confesó que a veces se concentraba tanto en el trabajo que olvidaba almorzar. La carta estaba ahora en su bolsillo, junto a la conferencia, y pesaba más que ella.

Había un número que no coincidía. Era el de Mercurio, el planeta más cercano al sol, cuya órbita dibujaba una elipse que nunca ocupaba exactamente el mismo sitio. En cada vuelta, su punto de mayor cercanía al sol avanzaba un poco más. Los astrónomos llevaban décadas midiendo aquel desplazamiento con una precisión que Einstein encontraba casi cómica. La gravedad de Newton no explicaba todo. Su propia teoría, la que iba a presentar dentro de una hora, tampoco. Faltaba una pequeña parte, y esa pequeña parte bastaba para hacer sospechosa toda la teoría.

Había otro problema. Las ecuaciones que había defendido durante dos años, el Entwurf, que significa «el esbozo», funcionaban en unas situaciones y fallaban en otras. Una habitación que girara bastaba para ponerlas en aprietos. Un simple cambio de coordenadas también. Eran ecuaciones que no obedecían del todo a la idea que las había producido, según la cual ningún movimiento debía tener privilegios sobre otro.

Y estaba Göttingen. En junio había pasado allí una semana con algunos de los mejores matemáticos del mundo. Ninguno lo había escuchado como Hilbert. Inclinaba la cabeza, hacía preguntas breves y sonreía cuando un razonamiento encontraba su sitio. Einstein le había contado todo. Se lo había explicado con la alegría de quien por fin encuentra a alguien capaz de entenderlo. Después empezó a pensar que quizá había hablado demasiado. Ahora le decían que Hilbert había encontrado los errores del Entwurf. Las personas que llevaban esas noticias siempre eran muy educadas.

La sala grande de la biblioteca estaba llena de abrigos negros y barbas grises. Subió a la tarima sin intentar adornar sus palabras. «Durante los últimos cuatro años», dijo, «he intentado establecer una teoría general de la relatividad». Después hizo algo que ningún académico espera de un colega. Explicó en voz alta sus propios errores. Habló de las ecuaciones que fallaban cuando había un giro y de Mercurio, que seguía sin coincidir con sus cálculos. Alguien se movió en su asiento. Einstein se sintió como un guía que muestra una casa a punto de derrumbarse y todavía señala con orgullo la única viga que queda en pie.

Mientras hablaba tuvo la sensación extraña de que la tarima no terminaba de sostenerlo. Pensó que era el hambre. El día anterior tampoco había almorzado.

Le quedaban tres jueves.

II

En algún momento de la segunda página, su voz siguió hablando por sí sola y él regresó a Berna.

Era finales de 1907. Había un taburete alto, un escritorio inclinado y una solicitud de patente para una máquina de corriente alterna que le parecía mal escrita. Tenía la pluma en el aire, buscando la palabra exacta para expresar su desprecio, cuando una idea lo sorprendió.

Si una persona cae libremente, no siente su propio peso.

Cerró los ojos y vio al hombre. Se desprendía del borde de un tejado y caía. Años después se contaría que había sido un pintor real, que Einstein lo había visto desde una ventana y que había gritado de alegría. Nunca ocurrió. Solo lo imaginó. En su imaginación el hombre caía con el sombrero a su lado, bajando al mismo ritmo. Las monedas que escapaban de su bolsillo flotaban junto a su mano, como si el aire hubiera decidido guardarlas. El hombre abría los dedos y soltaba una llave. La llave no se alejaba. Nada le decía que estaba cayendo. Si cerraba los ojos, y Einstein sintió un cosquilleo en la nuca, podía pensar que estaba quieto en un lugar donde no existía ninguna fuerza.

Después puso paredes alrededor de la escena. Era un cuarto sin ventanas que caía, y dentro estaba el mismo hombre sin peso. Ningún experimento habría podido decirle si el cuarto caía hacia la Tierra o flotaba en el espacio vacío, donde nada atrae a nada.

Entonces cambió la escena. El cuarto estaba ahora en la oscuridad, lejos de cualquier estrella o planeta, y un cable invisible lo empujaba hacia arriba con una fuerza constante. El hombre sentía los pies contra el suelo. Soltaba la llave y la llave caía. Soltaba una moneda y la moneda caía con ella. Todo lo que sucedía en la Tierra sucedía también allí. Ningún instrumento habría podido distinguir entre la gravedad y la aceleración.

Lo que parecían dos cosas era una sola.

La consecuencia apareció enseguida, con esa facilidad que tienen las ideas cuando encuentran su sitio. Si el cuarto subía, un rayo de luz que entrara por un pequeño agujero en la pared llegaría a la pared opuesta un poco más abajo, porque mientras la luz cruzaba el cuarto el suelo habría seguido subiendo. Desde dentro, el rayo parecería curvarse. Si aceleración y gravedad eran lo mismo, la luz también debía curvarse dentro de un campo gravitatorio. El espacio por donde viajaba podía ser afectado.

Aquella noche se lo contó a Mileva, que tenía en el regazo al niño de tres años, dormido. Ella escuchó hasta el final con la mirada baja. Después preguntó si había comido. Él empezó a reírse y, mientras lo hacía, descubrió que no recordaba haber comido.

La llamaría la idea más feliz de su vida. Hablar de una caída le pareció una broma de la naturaleza. Después dejó de pensar en ella.

Alguien tosió en la sala. Einstein descubrió que tenía las manos apoyadas en el atril y que sentía haber guardado silencio durante mucho tiempo, aunque apenas habían pasado unos segundos. Terminó la frase. Al final hubo aplausos educados. Un colega le estrechó la mano y habló de su valentía. Einstein sonrió. Los colegas hablan de valentía cuando ya están pensando en el entierro.

III

Siete días después volvió a subir a la tarima con ecuaciones nuevas. Había puesto condiciones a las coordenadas y, con ellas, sus fórmulas se acercaban a la generalidad que exigía el principio. Las leyes de la naturaleza debían conservar su forma para quien gira, para quien cae y para quien observa desde cualquier lugar. Cuando bajó comprendió que el avance había sido pequeño. Estaba cerca. Lo sentía en los dedos, como cuando uno sabe que hay una puerta al otro lado de una pared y todavía no encuentra la manija.

No olvidaba la carta que había enviado a Göttingen la semana anterior. Había pedido que la enviaran sin demora, junto con el texto de la primera conferencia, y aseguraba que él mismo había descubierto los errores del Entwurf. Sentía cierta vergüenza. No la suficiente para callar. También había enviado la segunda conferencia, con una pregunta que intentó presentar como una curiosidad ligera sobre el trabajo de Hilbert. «Mi propia curiosidad me estorba el trabajo», añadió. Era la frase más sincera de toda la carta.

La respuesta llegó en una hoja con el membrete de la universidad. La leyó de pie, todavía con el abrigo puesto.

Hilbert escribía que tenía «una solución a su gran problema». Continuaba con la amabilidad de un anfitrión. «Puesto que tanto le interesa, quisiera exponerle mi teoría con todo detalle el próximo martes. Mi esposa y yo nos alegraríamos de que se hospedara con nosotros.» Después de la firma había una posdata, escrita con otra tinta, como si alguien hubiera regresado a la hoja. «Por lo que entiendo de su nuevo trabajo, la solución que usted da es enteramente distinta de la mía.»

Einstein imaginó el comedor de Göttingen, la sopa caliente que serviría la esposa y el mantel libre de objetos donde podrían colocar las páginas bajo la lámpara. No había nada en aquella carta que un hombre honrado pudiera reprochar. Por eso le dio miedo.

Hilbert era matemático, y aquello tenía un peso especial. Einstein tenía el instinto del físico, esa sensación que le decía qué debía ser cierto. Hilbert dominaba el lenguaje en que se escribe lo cierto. Tres años antes, Einstein había descubierto, con una sorpresa que todavía le costaba admitir, que las matemáticas servían para algo más que describir las leyes de la naturaleza. También podían ayudar a encontrarlas. Y el hombre que mejor dominaba aquel lenguaje acababa de escribirle una posdata.

«Distinta» podía querer decir equivocada. También podía querer decir más avanzada.

El miedo a equivocarse adquirió una forma más pequeña y más incómoda. Einstein descubrió que temía llegar segundo.

El lunes 15 de noviembre se sentó a escribir cuatro cartas. Cuando terminó la tercera comprendió que cada una había sido escrita por un hombre diferente.

Sobre la mesa se acumulaban las cartas de Mileva, con sus peticiones de dinero y sus condiciones para las visitas de los niños. Él le había respondido antes con una dureza que todavía le quemaba en la lengua. «Considero tal exigencia fuera de toda discusión», había escrito. «Considero vergonzosos tus constantes intentos de apoderarte de todo lo que poseo.» Algunos amigos lo presionaban para que se divorciara y se casara con Elsa. Otros le advertían que no permitiera que Elsa se acercara a los niños. Por medio de un amigo común, Mileva había pedido que él no los invitara a Berlín, donde podían descubrir demasiadas cosas. Einstein había dicho que vivía solo, en un apartamento que parecía casi una iglesia. El amigo respondió que era lógico, porque allí dentro actuaban poderes divinos. Le pareció gracioso. Después le dolió.

Escribió primero a Hans Albert. Sugirió que en Navidad viajaría a Suiza y que quizá lo mejor sería estar solos en algún lugar, en una posada de montaña con una estufa y nieve en las ventanas. «¿Qué piensas?», preguntó. Dejó la pluma durante un momento. Era un niño de diez años que quizá ya no reconocía el sonido de su voz. Le pareció la pregunta más arriesgada de su vida y, aun así, la había escrito con la misma letra de siempre.

A Mileva le agradeció que estuviera dispuesta a cuidar su relación con los niños. Fue amable y no le costó hacerlo. Esa facilidad lo preocupó. A un amigo le contó que había cambiado la teoría de la gravedad al descubrir un error en sus pruebas y que iría con gusto a Suiza a finales de año para ver a su querido muchacho.

La cuarta carta fue la más corta y la que más veces volvió a escribir. «Las insinuaciones de sus mensajes despiertan en mí las mayores expectativas. Aun así debo abstenerme de viajar a Göttingen. Estoy agotado y me atormentan dolores de estómago. Si es posible, envíeme una prueba de su estudio para mitigar mi impaciencia.»

Volvió a leer la última línea. Había una petición que ninguna cortesía conseguía esconder. Mándeme lo que sabe. Buscó dentro de sí la vergüenza y encontró prisa.

IV

Entre el lunes y el miércoles no hubo días. Solo hubo una mesa.

La cubrió de hojas y encima puso las ecuaciones corregidas. Después las probó con Mercurio, como quien prueba una llave en una cerradura cuyo mecanismo desconoce. Primero tenía que calcular el campo del sol, aproximación tras aproximación, hasta encontrar el pequeño término que Newton no había podido ver. Después debía seguir al planeta durante una vuelta completa y medir cuánto avanzaba su punto más cercano al sol.

Los astrónomos habían establecido la cifra después de siglos de paciencia. Quinientos setenta y cuatro segundos de arco por siglo. Los tirones de Venus, la Tierra y los demás planetas explicaban quinientos treinta y uno. Quedaban cuarenta y tres. Era un ángulo que ningún ojo distinguiría durante una vida. Aun así alguien había inventado un planeta completo, Vulcano, para explicar aquel número. Nadie había logrado encontrarlo.

El primer cálculo le dio dieciocho.

Era el número antiguo, el que había producido el Entwurf dos años antes. Lo miró con el enojo de quien reconoce la voz de alguien a quien le debe dinero. Tachó la página con una línea larga. Buscó el error en las nuevas ecuaciones y no lo encontró. Durante un momento pensó que eso era peor. Un error puede corregirse. Una ecuación correcta que entrega la respuesta equivocada deja el edificio suspendido en el aire.

Repitió el cálculo. Una coma mal puesta cambió un cuarto de un resultado por la mitad de otro. Volvió a hacerlo. Aparecieron más tachones. Las hojas se llenaron de líneas y números escritos sobre otros números. Las movía del escritorio a la cocina y de la cocina otra vez al escritorio, como si el resultado dependiera de la habitación. El café se enfrió en una taza que dejó una mancha marrón sobre el papel. A las tres de la madrugada pasó por la calle un tranvía de carga y la vajilla tintineó. El sonido se metió en sus números hasta que pareció escucharlos sumar. El estómago le ardía. Mordió un pedazo de pan que llevaba allí desde quién sabe cuándo y volvió a dejarlo en el plato.

Cada hora tenía su pequeño sonido. Un paso en la escalera y pensaba en el cartero. Un timbre lejano y pensaba en un telegrama de Göttingen anunciando que el problema estaba resuelto y firmado.

Entre un cálculo y otro se sorprendió murmurando algo sobre el cuarto que gira. Las ecuaciones antiguas funcionaban para la cabina que subía en línea recta y fallaban en la que giraba. Las nuevas tenían que funcionar para todas, para la que cae, para la que sube y para la que gira, porque ninguna debía tener el privilegio de estar quieta. Escribía y tachaba con una letra cada vez más pequeña, como si el cansancio la estuviera encogiendo.

Cerca del amanecer llegó a la última línea. Esta vez no dijo la multiplicación en voz alta, como acostumbraba. La hizo en silencio, con la punta de la pluma apenas tocando el papel. El resultado apareció bajo su mano sin ceremonia.

Cuarenta y tres.

Lo miró. Volvió al principio y recorrió todo el proceso, cada tachón y cada término. El número seguía allí, tranquilo, con el mismo aspecto. Cuarenta y tres segundos de arco por siglo. Un planeta llevaba millones de años siguiendo una órbita extraña sin que nadie supiera por qué. Ahora acababa de responderle en el lenguaje de una ecuación.

El corazón le golpeaba con tanta fuerza que podía escucharlo en los oídos. Tuvo que sentarse, o comprendió que ya estaba sentado y que tenía las manos temblando sobre las rodillas. Una risa áspera le subió por la garganta. Se levantó, caminó hasta la ventana y regresó. Días después contaría que había estado fuera de sí de alegría y emoción. Aquella mañana solo pudo decir en voz alta, en el cuarto vacío, algo sobre la exactitud exagerada de la astronomía, esa exactitud que durante tantos años había criticado en secreto. Pidió perdón a los astrónomos. La habitación guardó silencio.

Era jueves. Le tocaba dar la tercera conferencia.

Todavía no había terminado de limpiarse la tinta cuando llegó el cartero. Traía un sobre de Göttingen. Dentro estaba la prueba que había pedido con tanta insistencia. La abrió con dedos que ya no temblaban por la alegría.

La leyó de pie. Era hermosa, y ese fue el primer pensamiento, acompañado de un resentimiento poco digno. Después reconoció lo que tenía delante. Las ecuaciones de Hilbert se parecían muchísimo a las suyas. Se sentó. Sintió que el suelo bajaba un dedo debajo de la silla. La coincidencia no demostraba nada. Dos hombres que siguen el mismo río pueden llegar al mismo mar. Una parte de él, la que tenía prisa, ya estaba preparando la respuesta.

La escribió de manera seca, sin saludos que suavizaran el tono. «El sistema que usted proporciona concuerda, hasta donde alcanzo a ver, exactamente con lo que he encontrado en las últimas semanas y he presentado a la Academia.» Después, porque quería dejar claro quién había llegado primero a la orilla, añadió que aquel día presentaba a la Academia un trabajo en el que deducía el movimiento del perihelio de Mercurio a partir de la relatividad general, sin ninguna hipótesis adicional. «Ninguna teoría de la gravitación lo había logrado hasta ahora.»

Firmó. La tinta de su nombre tardó en secarse. Mientras la veía brillar, Einstein se preguntó quién había escrito aquella carta.

V

Hilbert respondió al día siguiente con una generosidad que Einstein no merecía. Lo felicitaba sinceramente por haber resuelto el problema del perihelio. Añadía, con un humor que solo un maestro podía permitirse, que si él pudiera calcular tan rápido, en sus ecuaciones el electrón tendría que rendirse y el átomo de hidrógeno tendría que disculparse por no emitir radiación.

Un día después entregó a una revista de Göttingen un artículo cuyo título no mostraba ninguna modestia. «Los fundamentos de la física.»

Einstein nunca supo cuánto de aquel artículo había leído con atención. Lo leyó rápidamente, con los ojos y con los nervios. Volvió a sus propias páginas, las ordenó y dejó que los días fueran borrando la frontera entre lo que él había pensado y lo que había visto pensar a otra persona.

El jueves 25 volvió a subir a la tarima por cuarta vez. Tenía la cara pálida como ceniza y los abrigos negros de la sala se veían borrosos en los bordes. Nadie sabía que debía estar en cama. Anunció el título, «Las ecuaciones de campo de la gravitación», y se volvió hacia la pizarra.

Escribió una sola línea.

Rμν − ½ gμνR = (8πG/c⁴) Tμν

La tiza se detuvo al final. En la sala hubo un silencio lleno de tos contenida. Aquella línea cabía en la palma de una mano. Sobre ella pesaban las hojas llenas de tachones de dos años, el Entwurf ya muerto, las noches en que pasaban tranvías, las cartas de Zúrich sobre dinero y condiciones, la posdata escrita con otra tinta y la cortesía de un hombre que quizá había llegado antes.

A la izquierda se curvaban el espacio y el tiempo. A la derecha estaba la materia que los hacía curvarse. Cada lado le decía al otro qué debía hacer. La materia le decía al espacio cómo doblarse. El espacio le decía a la materia cómo moverse. Nada permanecía fijo. Los planetas seguían recorriendo su camino dentro de un mundo cuyo propio escenario participaba.

Detrás de aquella línea no había una fuerza tirando de los cuerpos. Los cuerpos seguían el camino más recto que permitía un mundo curvo y lo hacían sin sentir nada. Igual que el hombre de la llave.

Cuando se volvió hacia la sala vio cabezas inclinadas sobre los cuadernos, alguna boca abierta y un anciano que se limpiaba los anteojos. Habló durante una hora. Su voz parecía venir de otro lugar. Cuando terminó ya no le dolía el estómago. Comprendió que llevaba un rato sin sentir dolor y que había dejado de darse cuenta.

Aquella noche subió las escaleras de su vivienda una por una, agarrándose de la barandilla. La lámpara estaba como la había dejado. La mancha de café seguía sobre la mesa. Escribió a Michele Besso con la letra cansada de alguien que había corrido demasiado. Le dijo que los sueños más atrevidos se habían cumplido. Covariancia general. Movimiento del perihelio de Mercurio, maravillosamente exacto. Firmó diciendo que estaba contento y agotado.

Después miró la puerta. Debajo no había ninguna carta de Suiza. Faltaba un mes para Navidad. Pensó en una posada con una estufa y en un niño de diez años que quizá lo miraría como se mira a alguien que viene de muy lejos. Para aquello no tenía ninguna cuenta que hacer.

Años después, su hijo menor le preguntaría por qué tanta gente lo conocía. Él respondería con la historia de un escarabajo ciego. El escarabajo camina por una rama curva y no sabe que su camino se dobla. Él había tenido la suerte de darse cuenta. Lo diría con una sonrisa, sin mirar al niño.

Aquella noche de noviembre todavía no era alguien que contara historias. Estaba solo en un cuarto frío, con los dedos manchados de gris y el cálculo de Mercurio doblado en el bolsillo. Apoyó los pies en el suelo y el suelo los empujó de vuelta, con la cortesía de siempre. Apoyó la palma sobre la mesa y la mesa lo sostuvo. Todo estaba en su sitio, la silla, la lámpara, las páginas tachadas. La firmeza de las cosas le pareció tan convincente como una ecuación.

Pensó en el hombre del taburete alto de Berna, el que caía con su sombrero y sus monedas suspendidas en un aire tranquilo y que, al no sentir peso, podía creer que estaba quieto. Se preguntó si ya habría llegado al suelo. Afuera, un tranvía dobló la esquina. Sobre la mesa, la llama de la lámpara tembló durante un instante y volvió a quedarse quieta.

Nada en la habitación le avisó de que estaba cayendo.

jueves, 24 de septiembre de 2026

La fábrica de campeones

El talento crece donde un país sabe cultivarlo.

¿Por qué algunos países parecen fabricar grandes ajedrecistas con una regularidad casi sospechosa? La respuesta podría estar menos en el talento innato y más en el entorno que consigue encontrarlo, cultivarlo y mantenerlo durante años.

El primer ingrediente es la población. Cuantas más personas hay, mayores son las posibilidades de que aparezcan jugadores extraordinarios. Una población enorme también puede sostener más clubes, entrenadores, torneos y rivales fuertes. India ofrece un ejemplo evidente. Su gigantesco número de habitantes crea un campo de búsqueda extraordinario para el talento.

Después aparece la educación. Aprender ajedrez exige una cadena prolongada de estudio, análisis y práctica. Un sistema educativo sólido ayuda a desarrollar las capacidades necesarias para recorrer ese camino. Investigaciones sobre el rendimiento en las Olimpiadas de Ajedrez han encontrado una relación importante entre los años de escolarización y los resultados internacionales. Parte de lo que parece ser un efecto de la riqueza puede estar relacionado con la formación de capital humano.

El dinero completa el escenario. Viajar a torneos, contratar entrenadores, participar en campamentos y competir contra rivales fuertes cuesta recursos. Los ingresos por habitante ofrecen una aproximación a la capacidad económica disponible para sostener ese proceso.

Sin embargo, las cifras tienen un límite. Uzbekistán muestra que la riqueza por sí sola no explica el éxito. Allí entran las instituciones, las escuelas, los clubes, los entrenadores, la tradición competitiva y los referentes que inspiran a nuevas generaciones.

Cuando suficientes jugadores alcanzan un nivel alto, ocurre algo especial. Los niños encuentran modelos cercanos, aparecen más clubes y los torneos ganan fuerza. La competencia produce nuevos jugadores y esos jugadores alimentan nuevamente el sistema.

Así nace una cultura ajedrecística capaz de reproducirse.

La verdadera ventaja de un país quizá no sea encontrar un prodigio, sino construir las condiciones para que el siguiente aparezca.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El ajedrez hecho bloque

por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

¿Y si un caballo pudiera parecerse a su movimiento? En 1966, F. Lanier Graham miró el ajedrez y decidió quitarle el disfraz. En lugar de reyes coronados, caballos y figuras inspiradas en la Europa medieval, imaginó un sistema de formas puras. El resultado fue un juego de piezas tan sobrio que parece salido de un estudio de arquitectura.

Graham, entonces joven curador de arquitectura y diseño del Museum of Modern Art de Nueva York, convirtió cada pieza en una pequeña lección de geometría. El peón es un cubo sencillo. La torre se levanta como una columna. El caballo adopta una L que hace visible su salto peculiar. El alfil lleva una incisión diagonal que recuerda su recorrido por el tablero.

La escala también habla. La reina alcanza tres veces la altura del peón y el rey se eleva aún más, estableciendo una jerarquía que puede entenderse antes de realizar la primera jugada. Las formas no representan personajes. Representan posibilidades.

La idea encajaba con el espíritu del diseño moderno de los años sesenta. Artistas como Donald Judd y Sol LeWitt exploraban el cubo, la repetición y la estructura como elementos fundamentales del arte. Graham llevó esa sensibilidad hasta el tablero y dejó que las propias reglas del ajedrez determinaran las formas.

Ahí aparece la verdadera sorpresa. Cuando la partida termina, las treinta y dos piezas pueden encajarse hasta formar un bloque rectangular compacto. El ejército desaparece dentro de una estructura silenciosa. Guardar el juego se convierte en otra pequeña partida de lógica.

El conjunto, realizado con madera de nogal y limba, pertenece hoy a la colección del MoMA. Su atractivo sigue siendo inmediato porque hace visible algo que normalmente permanece escondido. Cada movimiento tiene una forma. Cada pieza contiene una regla.

Cuando el tablero queda vacío y las piezas vuelven a convertirse en un solo bloque, el juego parece guardar dentro de sí su propia memoria.