sábado, 3 de octubre de 2026

Don Quijote de la Mancha, contado a los niños

 
 por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

A todo el mundo le gustan las historias de caballeros, aventuras, gigantes, princesas y viajes por lugares desconocidos. Y hace mucho, mucho tiempo, en un lugar de La Mancha, vivía un hombre llamado Alonso Quijano. Alonso era un hombre tranquilo. Pero tenía una gran afición. ¡Le encantaba leer historias de caballeros! Leía sobre guerreros valientes que luchaban contra monstruos, gigantes y malvados enemigos. Leía tanto que, poco a poco, comenzó a imaginar que aquellas historias podían hacerse realidad.

Y un día decidió convertirse en caballero. Se puso una vieja armadura. Buscó un caballo flaco y viejo al que llamó Rocinante. Y eligió un nuevo nombre para él mismo: ¡Don Quijote de la Mancha! También necesitaba una dama a quien dedicar todas sus aventuras. Entonces pensó en una mujer llamada Aldonza Lorenzo. Pero Don Quijote decidió llamarla de una manera mucho más elegante: ¡Dulcinea del Toboso! Aunque Dulcinea no sabía nada de todo aquello.

Don Quijote estaba convencido de que debía salir al mundo para ayudar a los débiles y luchar contra el mal. Así que montó sobre Rocinante... ¡Y comenzó su aventura! Durante su primer viaje llegó a una posada. Pero Don Quijote estaba seguro de que no era una posada. ¡Era un castillo! El posadero se convirtió en su imaginación en un gran señor. Y después de muchas confusiones, Don Quijote consiguió que lo nombraran caballero. Entonces regresó a casa. Pero no tardó mucho en volver a salir.

Esta vez tuvo una idea. Necesitaba un escudero. Y encontró al hombre perfecto. Se llamaba Sancho Panza. Sancho era un campesino sencillo, práctico y muy amigo de la comida. Don Quijote le prometió que, después de sus aventuras, podría convertirse en gobernador de una isla. Sancho aceptó. Y así comenzó una de las amistades más famosas de todos los tiempos.

Don Quijote veía aventuras por todas partes. Sancho, en cambio, casi siempre veía las cosas como realmente eran. Un día llegaron a un campo. Don Quijote miró hacia el horizonte. Y vio algo terrible. ¡Gigantes! Eran enormes y tenían brazos larguísimos. Sancho miró mejor. —¡No son gigantes! ¡Son molinos de viento! Pero Don Quijote ya había decidido luchar. —¡No tengas miedo, Sancho! Y salió corriendo con Rocinante. ¡A toda velocidad! Don Quijote atacó uno de los molinos. Pero una de sus aspas golpeó la lanza... ¡Y lo lanzó por los aires!

Don Quijote terminó en el suelo. Sancho corrió a ayudarlo. —¿Ve? ¡Le dije que eran molinos! Pero Don Quijote no se rindió. Pensó que algún mago había transformado a los gigantes en molinos para impedirle ganar. Y siguió adelante. Después encontraron un grupo de ovejas. Don Quijote las miró desde lejos. ¡Y creyó que eran dos grandes ejércitos preparándose para una batalla! Sancho intentó explicarle la verdad. Pero Don Quijote ya estaba preparado para luchar. Una vez más, terminó en problemas. Y otra vez Sancho tuvo que ayudarlo.

Así pasaron los días. Don Quijote veía castillos donde había posadas. Gigantes donde había molinos. Ejércitos donde había ovejas. Y grandes aventuras donde otras personas solo veían cosas normales. Pero no todas sus aventuras fueron divertidas. Algunas personas se burlaban de él. Otras intentaban engañarlo. Y muchas veces Don Quijote terminaba golpeado, cansado y cubierto de polvo. Sin embargo, Sancho siempre estaba allí. Porque aunque no entendía las ideas de su amigo... ¡Nunca dejó de acompañarlo!

En uno de sus viajes, Don Quijote conoció a personas que querían hacerle una broma. Sabían que Don Quijote creía que era un gran caballero. Así que comenzaron a inventar historias para hacerlo continuar con sus aventuras. Pero Don Quijote seguía creyendo. Y Sancho seguía caminando detrás de él.

Durante el camino, los dos aprendieron mucho. Don Quijote enseñó a Sancho a soñar. Sancho enseñó a Don Quijote a mirar la realidad. Y aunque discutían muchas veces... También se ayudaban. Con el tiempo, Sancho llegó a querer mucho a su amigo. Y Don Quijote también comprendió que Sancho era mucho más que su escudero. Era su compañero. Su amigo. Y la persona que nunca lo abandonaba.

Pero finalmente llegó el momento de regresar a casa. Don Quijote había vivido muchas aventuras. Había conocido lugares extraños. Había luchado contra enemigos imaginarios. Y había descubierto que el mundo no siempre era como aparecía en los libros.

Un día se encontró con otro caballero. Era el Caballero de la Blanca Luna. Los dos se enfrentaron. Don Quijote luchó con todas sus fuerzas. Pero esta vez perdió. Y tuvo que cumplir una promesa: ¡Regresar a su casa! Así que Don Quijote y Sancho emprendieron el camino de regreso. Ya no había gigantes. Ya no había grandes ejércitos. Solo había caminos, campos y muchas cosas que recordar.

Cuando llegaron a casa, Don Quijote estaba muy cansado. Y entonces ocurrió algo inesperado. Alonso Quijano comenzó a darse cuenta de que muchas de las cosas que había imaginado no eran reales. Comprendió que los molinos eran molinos. Que las ovejas eran ovejas. Y que él no era un caballero de los libros. Era Alonso Quijano.

Su familia y sus amigos estuvieron a su lado. Y Sancho también. Don Quijote había cambiado. Pero antes de despedirse de este mundo, recordó todas las aventuras que había vivido. Y recordó especialmente a su gran amigo. Sancho.

Don Quijote no había encontrado gigantes. Ni castillos encantados. Ni grandes ejércitos. Pero sí había encontrado algo mucho más importante. Un amigo que estuvo a su lado hasta el final. Y tal vez esa fue su verdadera aventura.

A veces necesitamos soñar para atrevernos a hacer cosas increíbles. Pero también necesitamos a alguien que nos acompañe, nos ayude a levantarnos cuando caemos... Y nos recuerde que, incluso cuando el mundo parece extraño, nunca estamos solos.

FIN

jueves, 1 de octubre de 2026

Apocalipsis, Roma y el poder de decir que no

 
 por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

Imagina que vives en el Imperio romano hace casi 2.000 años. Roma tiene mucho poder. Sus soldados están en muchas regiones. Sus caminos conectan diferentes lugares. Sus monedas se usan en los mercados. Los emperadores aparecen en monedas, estatuas y monumentos. La religión también forma parte de la vida diaria. En algunos lugares, las personas participan en ceremonias para honrar al emperador.

Ahora imagina que eres cristiano y que algunas de esas prácticas van en contra de lo que crees. No quieres adorar al emperador. Tampoco quieres participar en ciertos rituales solo porque todos los demás lo hacen. Pero sigues viviendo dentro del Imperio romano. Tienes que trabajar, comprar comida, vender cosas y relacionarte con otras personas.

Entonces tienes que tomar una decisión. ¿Qué haces cuando la sociedad te pide hacer algo que va en contra de tus creencias?

El Libro del Apocalipsis ofrece una respuesta. Los cristianos deben mantenerse firmes en lo que creen. Entre sus monstruos, ángeles y desastres, Apocalipsis habla de personas que vivían bajo el poder de Roma. Esas personas tenían que decidir cómo seguir siendo fieles a Dios mientras vivían en una sociedad que esperaba que siguieran las reglas de Roma. Juan, el autor del libro, les dice que resistan y que no abandonen sus creencias para hacer la vida más fácil.

Juan escribió a siete comunidades cristianas que vivían en ciudades de una región romana llamada Asia. Esta región estaba aproximadamente donde hoy se encuentra el oeste de Turquía. Estas comunidades no vivían escondidas. Sus miembros trabajaban, compraban productos, vendían cosas y tenían vecinos que no eran cristianos. Por eso, ser cristiano podía crear problemas.

El gobierno romano no siempre estaba buscando cristianos para matarlos. Hubo momentos de persecución, pero no ocurrió una persecución igual en todo el imperio durante todo el tiempo. La presión podía ser más común y menos evidente. Una persona podía tener problemas en su trabajo. Podía ser rechazada por otras personas. Podía tener dificultades para participar en ciertas actividades de la ciudad. También podía sentir que tenía que participar en ceremonias religiosas para mantener su trabajo o sus relaciones con otras personas.

Entonces aparecía una pregunta importante. ¿Cuánto puedes cambiar tus creencias para encajar en la sociedad? Esta pregunta nos ayuda a entender el mensaje de Apocalipsis.

El Imperio recibe otro nombre

Juan se refiere a Roma con el nombre de Babilonia. Para nosotros, esto puede parecer extraño. Para los lectores de Juan tenía mucho sentido.

Babilonia era una antigua ciudad que había conquistado otros pueblos. En la tradición judía, también representaba un gobierno poderoso que podía abusar de otras personas. Juan usa esa antigua imagen para hablar de Roma. En Apocalipsis, Babilonia representa a Roma.

Hay algunas pistas que ayudan a entenderlo. La ciudad está relacionada con siete montañas. Roma era famosa por sus siete colinas. Babilonia también aparece como una ciudad muy rica. Tiene poder sobre otros gobernantes. Los comerciantes ganan mucho dinero gracias a ella. Muchos productos llegan a sus mercados.

Babilonia representa el sistema de poder de Roma, su ejército, su comercio, religión, etc. Juan también critica la manera en que Roma obtiene su riqueza.

En Apocalipsis 18 se mencionan muchos productos caros. Hay metales preciosos, ropa fina, especias, vino y otros artículos de lujo. Los comerciantes se ponen muy tristes cuando Babilonia cae. Su tristeza se debe a que ya no pueden vender sus productos.

Después aparece una idea todavía más fuerte. Entre las cosas que Babilonia compra y vende aparecen seres humanos. Juan está mostrando un problema muy serio. En ese sistema, las personas pueden ser tratadas como objetos.

Esto lleva a una pregunta que todavía podemos hacer hoy. ¿Qué pasa cuando las personas ricas se benefician del sufrimiento de personas que tienen menos poder?

En Apocalipsis 18:4, una voz del cielo invita al pueblo de Dios a salir de Babilonia para que se separe de sus pecados y evite sus plagas. Los cristianos seguían viviendo en sus ciudades, trabajando y comprando, así que esta invitación los llevaba a examinar con cuidado cada práctica que sostenía ese sistema.

La Bestia representa el poder

La Bestia es uno de los personajes más famosos de Apocalipsis. Durante muchos años, las personas han tratado de descubrir qué significa. Algunos la han relacionado con el mal. Otros la han relacionado con el Anticristo o con diferentes personas de la historia.

Pero podemos entender la Bestia de otra manera. Para los primeros lectores de Apocalipsis, la Bestia podía representar el poder del Imperio romano. La Bestia tiene autoridad. Controla a otras personas. Exige lealtad. También está relacionada con la economía.

Después Juan menciona un número famoso. Ese número es 666. En el mundo antiguo existía una forma de relacionar letras con números. Las personas podían sumar los valores de las letras de un nombre.

Cuando se usa la forma hebrea del nombre Nerón César, el resultado puede ser 666. Nerón fue un emperador romano que gobernó muchos años antes de que Juan escribiera Apocalipsis. Nerón persiguió a cristianos en Roma después del gran incendio de la ciudad. Aunque Nerón ya había muerto cuando Juan escribió el libro, su nombre todavía representaba a un gobernante cruel.

Por eso, la Bestia puede estar relacionada con Nerón. Pero también representa una idea más grande. Nerón era un ejemplo de un gobernante que usaba el poder de manera cruel. La Bestia representa ese tipo de poder cuando vuelve a aparecer.

El mensaje de Juan puede entenderse así. Cuando un gobernante exige obediencia total y usa la violencia para mantener su poder, ese gobernante se parece a la Bestia de Apocalipsis.

Juan no pide una guerra

Esta es una de las partes más interesantes del libro. Si Juan pensaba que Roma era Babilonia y que el poder romano estaba representado por la Bestia, ¿qué les pidió a los cristianos que hicieran?

No les pidió que formaran un ejército. No les pidió que mataran al emperador. No les pidió que atacaran al gobierno. Les pidió que permanecieran firmes.

Una palabra importante de Apocalipsis es hypomonē. Esta palabra puede significar perseverancia o resistencia. La idea es sencilla. Los cristianos debían seguir creyendo en lo que consideraban correcto. No debían adorar al emperador. No debían participar en ciertas prácticas religiosas solamente para encajar. Tampoco debían abandonar sus creencias solo porque hacerlo podía traerles beneficios.

Otra palabra importante es martyria. De esta palabra viene la palabra española “mártir”. Significa dar testimonio. Dar testimonio significa mostrar lo que uno cree y mantenerse fiel a ello.

La figura central del libro ayuda a entender esta idea. En Apocalipsis 5, Jesús aparece como un Cordero que parece haber sido sacrificado, y también como el León de Judá que ha vencido. Su victoria llega por medio de su entrega. Más adelante, en Apocalipsis 12:11, se dice que los creyentes lo vencieron por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio. Para Juan, dar testimonio es la manera en que los cristianos participan en esa victoria.

Los cristianos podían enfrentarse al poder romano viviendo de acuerdo con sus creencias. Roma podía decir que el emperador era poderoso. Juan podía mostrar lo que ese poder estaba causando. Roma podía mostrar su riqueza. Juan podía recordar a las personas pobres y a quienes eran explotadas. Roma podía decir que todos debían participar. Juan podía decir que una persona podía decidir no hacerlo.

Esta era una forma distinta de resistir.

Una revolución diferente

Apocalipsis puede parecer un libro revolucionario. Sin embargo, Juan no propone una revolución con armas. Juan cambia el significado de las imágenes que Roma usaba para mostrar su grandeza.

Roma quería parecer poderosa. Juan la llama Babilonia. Roma mostraba su riqueza como una señal de éxito. Juan también muestra el sufrimiento que podía estar detrás de esa riqueza. Roma presentaba al emperador como una gran autoridad. Juan muestra el peligro de darle demasiado poder a un gobernante. Roma quería que las personas pensaran que su sistema duraría para siempre.

Juan les pide que imaginen un mundo diferente. Esto nos ayuda a entender por qué Apocalipsis usa tantas imágenes extrañas. El libro tiene dragones, bestias, ángeles, terremotos, estrellas y otras escenas sorprendentes. Estas imágenes no solamente hablan del futuro. También ayudan a los lectores a entender el mundo en el que estaban viviendo.

En el fondo, Juan está haciendo una pregunta. ¿Cómo debe vivir una persona cuando la sociedad le pide que cambie sus creencias para poder pertenecer? Esta pregunta todavía puede ser importante.

Una persona puede enfrentarse a presión en la escuela, en el trabajo, en un grupo de amigos o en la sociedad. A veces, una persona puede sentir que tiene que hacer algo que considera incorrecto para poder ser aceptada. Apocalipsis presenta una respuesta. Una persona puede decidir mantenerse fiel a sus principios aunque hacerlo sea difícil.

Por qué Apocalipsis todavía importa

Apocalipsis habla de lo que estaba pasando en el tiempo de Juan. El autor entendía que un imperio se sostiene gracias a las personas que participan en su sistema. Las personas trabajan. Compran productos. Pagan impuestos. Respetan símbolos. Participan en ceremonias. Siguen las reglas.

Con el tiempo, algunas cosas pueden parecer tan normales que las personas dejan de preguntarse si están bien. Por eso es importante la parte económica de Apocalipsis.

Los cristianos corrían el peligro sutil de acostumbrarse tanto a la sociedad romana que terminaran aceptando sus valores sin darse cuenta.

Juan quería que eso no ocurriera. Les pidió que pensaran cuidadosamente sobre lo que la sociedad consideraba normal.

Hoy, “rechazar Babilonia” significa no dejar que la sociedad decida qué debes adorar, qué debes considerar bueno o qué debes estar dispuesto a hacer para ser aceptado.

Para los cristianos, esto era una cuestión de fe. Para los historiadores, también es un ejemplo de cómo un grupo pequeño puede crear una manera diferente de entender el mundo.

Incluso una persona que no es religiosa puede encontrar una idea importante en este mensaje. Los sistemas de poder pueden ser difíciles de cuestionar cuando las personas empiezan a pensar que son normales y que nunca pueden cambiar.

Roma necesitaba que muchas personas participaran en su sociedad. Por eso, una persona podía hacer algo importante al negarse a participar en ciertas prácticas. Una comunidad también podía hacerlo.

Cuando muchas personas comienzan a cuestionar un sistema, ese sistema puede dejar de parecer inevitable. Al final de Apocalipsis, Babilonia cae. Pero hay una idea todavía más profunda.

Babilonia comienza a perder su poder cuando las personas aprenden a verla con claridad. Esta puede ser una de las lecciones más importantes del libro.

El libro termina con la imagen de una ciudad nueva. En Apocalipsis 21 y 22, la Nueva Jerusalén desciende del cielo y Dios vive con su pueblo. En esa ciudad ya no hay llanto ni dolor, y el agua de la vida se ofrece gratis a quien tiene sed. Esta es la ciudad que Juan invita a imaginar a sus lectores, una ciudad que ofrece vida a las naciones.

Antes de poder cuestionar un sistema, primero debemos entender que ese sistema puede cambiar. El poder no siempre significa justicia. La riqueza no siempre significa que una sociedad sea justa. Y sobrevivir no siempre significa que una persona haya sido fiel a sus principios.

Para Juan, aprender a decir que no podía ser una forma de resistencia.

El hombre que cae (una historia de Albert Einstein)


por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

I

La mañana del 4 de noviembre de 1915, Albert Einstein sabía que su teoría de la gravedad estaba equivocada.

También sabía que David Hilbert quizá ya había encontrado la forma de corregirla.

Caminaba hacia la Biblioteca Estatal de Prusia bajo un cielo gris como el hierro. Berlín olía a carbón y a hojas podridas. Cada respiración profunda le provocaba un dolor en el estómago, un pequeño puño que llevaba dos días cerrándose. En el bolsillo interior del abrigo llevaba las páginas de la conferencia, dobladas en cuatro. La tinta le había dejado manchas en el pulgar y el índice. Se las había limpiado con el pañuelo varias veces. Seguían allí.

Antes de salir había escrito unas líneas a su hijo mayor. Permaneció de pie junto a la mesa, en una vivienda con tan pocos muebles que la voz rebotaba entre las paredes. Un amigo había dicho que aquel lugar parecía una iglesia. «Ayer recibí tu cartita y me alegré mucho», escribió. «Ya temía que no quisieras escribirme más.» Prometió hacer todo lo posible para pasar juntos un mes cada año, para que el niño supiera que tenía un padre muy unido a él. Confesó que a veces se concentraba tanto en el trabajo que olvidaba almorzar. La carta estaba ahora en su bolsillo, junto a la conferencia, y pesaba más que ella.

Había un número que no coincidía. Era el de Mercurio, el planeta más cercano al sol, cuya órbita dibujaba una elipse que nunca ocupaba exactamente el mismo sitio. En cada vuelta, su punto de mayor cercanía al sol avanzaba un poco más. Los astrónomos llevaban décadas midiendo aquel desplazamiento con una precisión que Einstein encontraba casi cómica. La gravedad de Newton no explicaba todo. Su propia teoría, la que iba a presentar dentro de una hora, tampoco. Faltaba una pequeña parte, y esa pequeña parte bastaba para hacer sospechosa toda la teoría.

Había otro problema. Las ecuaciones que había defendido durante dos años, el Entwurf, que significa «el esbozo», funcionaban en unas situaciones y fallaban en otras. Una habitación que girara bastaba para ponerlas en aprietos. Un simple cambio de coordenadas también. Eran ecuaciones que no obedecían del todo a la idea que las había producido, según la cual ningún movimiento debía tener privilegios sobre otro.

Y estaba Göttingen. En junio había pasado allí una semana con algunos de los mejores matemáticos del mundo. Ninguno lo había escuchado como Hilbert. Inclinaba la cabeza, hacía preguntas breves y sonreía cuando un razonamiento encontraba su sitio. Einstein le había contado todo. Se lo había explicado con la alegría de quien por fin encuentra a alguien capaz de entenderlo. Después empezó a pensar que quizá había hablado demasiado. Ahora le decían que Hilbert había encontrado los errores del Entwurf. Las personas que llevaban esas noticias siempre eran muy educadas.

La sala grande de la biblioteca estaba llena de abrigos negros y barbas grises. Subió a la tarima sin intentar adornar sus palabras. «Durante los últimos cuatro años», dijo, «he intentado establecer una teoría general de la relatividad». Después hizo algo que ningún académico espera de un colega. Explicó en voz alta sus propios errores. Habló de las ecuaciones que fallaban cuando había un giro y de Mercurio, que seguía sin coincidir con sus cálculos. Alguien se movió en su asiento. Einstein se sintió como un guía que muestra una casa a punto de derrumbarse y todavía señala con orgullo la única viga que queda en pie.

Mientras hablaba tuvo la sensación extraña de que la tarima no terminaba de sostenerlo. Pensó que era el hambre. El día anterior tampoco había almorzado.

Le quedaban tres jueves.

II

En algún momento de la segunda página, su voz siguió hablando por sí sola y él regresó a Berna.

Era finales de 1907. Había un taburete alto, un escritorio inclinado y una solicitud de patente para una máquina de corriente alterna que le parecía mal escrita. Tenía la pluma en el aire, buscando la palabra exacta para expresar su desprecio, cuando una idea lo sorprendió.

Si una persona cae libremente, no siente su propio peso.

Cerró los ojos y vio al hombre. Se desprendía del borde de un tejado y caía. Años después se contaría que había sido un pintor real, que Einstein lo había visto desde una ventana y que había gritado de alegría. Nunca ocurrió. Solo lo imaginó. En su imaginación el hombre caía con el sombrero a su lado, bajando al mismo ritmo. Las monedas que escapaban de su bolsillo flotaban junto a su mano, como si el aire hubiera decidido guardarlas. El hombre abría los dedos y soltaba una llave. La llave no se alejaba. Nada le decía que estaba cayendo. Si cerraba los ojos, y Einstein sintió un cosquilleo en la nuca, podía pensar que estaba quieto en un lugar donde no existía ninguna fuerza.

Después puso paredes alrededor de la escena. Era un cuarto sin ventanas que caía, y dentro estaba el mismo hombre sin peso. Ningún experimento habría podido decirle si el cuarto caía hacia la Tierra o flotaba en el espacio vacío, donde nada atrae a nada.

Entonces cambió la escena. El cuarto estaba ahora en la oscuridad, lejos de cualquier estrella o planeta, y un cable invisible lo empujaba hacia arriba con una fuerza constante. El hombre sentía los pies contra el suelo. Soltaba la llave y la llave caía. Soltaba una moneda y la moneda caía con ella. Todo lo que sucedía en la Tierra sucedía también allí. Ningún instrumento habría podido distinguir entre la gravedad y la aceleración.

Lo que parecían dos cosas era una sola.

La consecuencia apareció enseguida, con esa facilidad que tienen las ideas cuando encuentran su sitio. Si el cuarto subía, un rayo de luz que entrara por un pequeño agujero en la pared llegaría a la pared opuesta un poco más abajo, porque mientras la luz cruzaba el cuarto el suelo habría seguido subiendo. Desde dentro, el rayo parecería curvarse. Si aceleración y gravedad eran lo mismo, la luz también debía curvarse dentro de un campo gravitatorio. El espacio por donde viajaba podía ser afectado.

Aquella noche se lo contó a Mileva, que tenía en el regazo al niño de tres años, dormido. Ella escuchó hasta el final con la mirada baja. Después preguntó si había comido. Él empezó a reírse y, mientras lo hacía, descubrió que no recordaba haber comido.

La llamaría la idea más feliz de su vida. Hablar de una caída le pareció una broma de la naturaleza. Después dejó de pensar en ella.

Alguien tosió en la sala. Einstein descubrió que tenía las manos apoyadas en el atril y que sentía haber guardado silencio durante mucho tiempo, aunque apenas habían pasado unos segundos. Terminó la frase. Al final hubo aplausos educados. Un colega le estrechó la mano y habló de su valentía. Einstein sonrió. Los colegas hablan de valentía cuando ya están pensando en el entierro.

III

Siete días después volvió a subir a la tarima con ecuaciones nuevas. Había puesto condiciones a las coordenadas y, con ellas, sus fórmulas se acercaban a la generalidad que exigía el principio. Las leyes de la naturaleza debían conservar su forma para quien gira, para quien cae y para quien observa desde cualquier lugar. Cuando bajó comprendió que el avance había sido pequeño. Estaba cerca. Lo sentía en los dedos, como cuando uno sabe que hay una puerta al otro lado de una pared y todavía no encuentra la manija.

No olvidaba la carta que había enviado a Göttingen la semana anterior. Había pedido que la enviaran sin demora, junto con el texto de la primera conferencia, y aseguraba que él mismo había descubierto los errores del Entwurf. Sentía cierta vergüenza. No la suficiente para callar. También había enviado la segunda conferencia, con una pregunta que intentó presentar como una curiosidad ligera sobre el trabajo de Hilbert. «Mi propia curiosidad me estorba el trabajo», añadió. Era la frase más sincera de toda la carta.

La respuesta llegó en una hoja con el membrete de la universidad. La leyó de pie, todavía con el abrigo puesto.

Hilbert escribía que tenía «una solución a su gran problema». Continuaba con la amabilidad de un anfitrión. «Puesto que tanto le interesa, quisiera exponerle mi teoría con todo detalle el próximo martes. Mi esposa y yo nos alegraríamos de que se hospedara con nosotros.» Después de la firma había una posdata, escrita con otra tinta, como si alguien hubiera regresado a la hoja. «Por lo que entiendo de su nuevo trabajo, la solución que usted da es enteramente distinta de la mía.»

Einstein imaginó el comedor de Göttingen, la sopa caliente que serviría la esposa y el mantel libre de objetos donde podrían colocar las páginas bajo la lámpara. No había nada en aquella carta que un hombre honrado pudiera reprochar. Por eso le dio miedo.

Hilbert era matemático, y aquello tenía un peso especial. Einstein tenía el instinto del físico, esa sensación que le decía qué debía ser cierto. Hilbert dominaba el lenguaje en que se escribe lo cierto. Tres años antes, Einstein había descubierto, con una sorpresa que todavía le costaba admitir, que las matemáticas servían para algo más que describir las leyes de la naturaleza. También podían ayudar a encontrarlas. Y el hombre que mejor dominaba aquel lenguaje acababa de escribirle una posdata.

«Distinta» podía querer decir equivocada. También podía querer decir más avanzada.

El miedo a equivocarse adquirió una forma más pequeña y más incómoda. Einstein descubrió que temía llegar segundo.

El lunes 15 de noviembre se sentó a escribir cuatro cartas. Cuando terminó la tercera comprendió que cada una había sido escrita por un hombre diferente.

Sobre la mesa se acumulaban las cartas de Mileva, con sus peticiones de dinero y sus condiciones para las visitas de los niños. Él le había respondido antes con una dureza que todavía le quemaba en la lengua. «Considero tal exigencia fuera de toda discusión», había escrito. «Considero vergonzosos tus constantes intentos de apoderarte de todo lo que poseo.» Algunos amigos lo presionaban para que se divorciara y se casara con Elsa. Otros le advertían que no permitiera que Elsa se acercara a los niños. Por medio de un amigo común, Mileva había pedido que él no los invitara a Berlín, donde podían descubrir demasiadas cosas. Einstein había dicho que vivía solo, en un apartamento que parecía casi una iglesia. El amigo respondió que era lógico, porque allí dentro actuaban poderes divinos. Le pareció gracioso. Después le dolió.

Escribió primero a Hans Albert. Sugirió que en Navidad viajaría a Suiza y que quizá lo mejor sería estar solos en algún lugar, en una posada de montaña con una estufa y nieve en las ventanas. «¿Qué piensas?», preguntó. Dejó la pluma durante un momento. Era un niño de diez años que quizá ya no reconocía el sonido de su voz. Le pareció la pregunta más arriesgada de su vida y, aun así, la había escrito con la misma letra de siempre.

A Mileva le agradeció que estuviera dispuesta a cuidar su relación con los niños. Fue amable y no le costó hacerlo. Esa facilidad lo preocupó. A un amigo le contó que había cambiado la teoría de la gravedad al descubrir un error en sus pruebas y que iría con gusto a Suiza a finales de año para ver a su querido muchacho.

La cuarta carta fue la más corta y la que más veces volvió a escribir. «Las insinuaciones de sus mensajes despiertan en mí las mayores expectativas. Aun así debo abstenerme de viajar a Göttingen. Estoy agotado y me atormentan dolores de estómago. Si es posible, envíeme una prueba de su estudio para mitigar mi impaciencia.»

Volvió a leer la última línea. Había una petición que ninguna cortesía conseguía esconder. Mándeme lo que sabe. Buscó dentro de sí la vergüenza y encontró prisa.

IV

Entre el lunes y el miércoles no hubo días. Solo hubo una mesa.

La cubrió de hojas y encima puso las ecuaciones corregidas. Después las probó con Mercurio, como quien prueba una llave en una cerradura cuyo mecanismo desconoce. Primero tenía que calcular el campo del sol, aproximación tras aproximación, hasta encontrar el pequeño término que Newton no había podido ver. Después debía seguir al planeta durante una vuelta completa y medir cuánto avanzaba su punto más cercano al sol.

Los astrónomos habían establecido la cifra después de siglos de paciencia. Quinientos setenta y cuatro segundos de arco por siglo. Los tirones de Venus, la Tierra y los demás planetas explicaban quinientos treinta y uno. Quedaban cuarenta y tres. Era un ángulo que ningún ojo distinguiría durante una vida. Aun así alguien había inventado un planeta completo, Vulcano, para explicar aquel número. Nadie había logrado encontrarlo.

El primer cálculo le dio dieciocho.

Era el número antiguo, el que había producido el Entwurf dos años antes. Lo miró con el enojo de quien reconoce la voz de alguien a quien le debe dinero. Tachó la página con una línea larga. Buscó el error en las nuevas ecuaciones y no lo encontró. Durante un momento pensó que eso era peor. Un error puede corregirse. Una ecuación correcta que entrega la respuesta equivocada deja el edificio suspendido en el aire.

Repitió el cálculo. Una coma mal puesta cambió un cuarto de un resultado por la mitad de otro. Volvió a hacerlo. Aparecieron más tachones. Las hojas se llenaron de líneas y números escritos sobre otros números. Las movía del escritorio a la cocina y de la cocina otra vez al escritorio, como si el resultado dependiera de la habitación. El café se enfrió en una taza que dejó una mancha marrón sobre el papel. A las tres de la madrugada pasó por la calle un tranvía de carga y la vajilla tintineó. El sonido se metió en sus números hasta que pareció escucharlos sumar. El estómago le ardía. Mordió un pedazo de pan que llevaba allí desde quién sabe cuándo y volvió a dejarlo en el plato.

Cada hora tenía su pequeño sonido. Un paso en la escalera y pensaba en el cartero. Un timbre lejano y pensaba en un telegrama de Göttingen anunciando que el problema estaba resuelto y firmado.

Entre un cálculo y otro se sorprendió murmurando algo sobre el cuarto que gira. Las ecuaciones antiguas funcionaban para la cabina que subía en línea recta y fallaban en la que giraba. Las nuevas tenían que funcionar para todas, para la que cae, para la que sube y para la que gira, porque ninguna debía tener el privilegio de estar quieta. Escribía y tachaba con una letra cada vez más pequeña, como si el cansancio la estuviera encogiendo.

Cerca del amanecer llegó a la última línea. Esta vez no dijo la multiplicación en voz alta, como acostumbraba. La hizo en silencio, con la punta de la pluma apenas tocando el papel. El resultado apareció bajo su mano sin ceremonia.

Cuarenta y tres.

Lo miró. Volvió al principio y recorrió todo el proceso, cada tachón y cada término. El número seguía allí, tranquilo, con el mismo aspecto. Cuarenta y tres segundos de arco por siglo. Un planeta llevaba millones de años siguiendo una órbita extraña sin que nadie supiera por qué. Ahora acababa de responderle en el lenguaje de una ecuación.

El corazón le golpeaba con tanta fuerza que podía escucharlo en los oídos. Tuvo que sentarse, o comprendió que ya estaba sentado y que tenía las manos temblando sobre las rodillas. Una risa áspera le subió por la garganta. Se levantó, caminó hasta la ventana y regresó. Días después contaría que había estado fuera de sí de alegría y emoción. Aquella mañana solo pudo decir en voz alta, en el cuarto vacío, algo sobre la exactitud exagerada de la astronomía, esa exactitud que durante tantos años había criticado en secreto. Pidió perdón a los astrónomos. La habitación guardó silencio.

Era jueves. Le tocaba dar la tercera conferencia.

Todavía no había terminado de limpiarse la tinta cuando llegó el cartero. Traía un sobre de Göttingen. Dentro estaba la prueba que había pedido con tanta insistencia. La abrió con dedos que ya no temblaban por la alegría.

La leyó de pie. Era hermosa, y ese fue el primer pensamiento, acompañado de un resentimiento poco digno. Después reconoció lo que tenía delante. Las ecuaciones de Hilbert se parecían muchísimo a las suyas. Se sentó. Sintió que el suelo bajaba un dedo debajo de la silla. La coincidencia no demostraba nada. Dos hombres que siguen el mismo río pueden llegar al mismo mar. Una parte de él, la que tenía prisa, ya estaba preparando la respuesta.

La escribió de manera seca, sin saludos que suavizaran el tono. «El sistema que usted proporciona concuerda, hasta donde alcanzo a ver, exactamente con lo que he encontrado en las últimas semanas y he presentado a la Academia.» Después, porque quería dejar claro quién había llegado primero a la orilla, añadió que aquel día presentaba a la Academia un trabajo en el que deducía el movimiento del perihelio de Mercurio a partir de la relatividad general, sin ninguna hipótesis adicional. «Ninguna teoría de la gravitación lo había logrado hasta ahora.»

Firmó. La tinta de su nombre tardó en secarse. Mientras la veía brillar, Einstein se preguntó quién había escrito aquella carta.

V

Hilbert respondió al día siguiente con una generosidad que Einstein no merecía. Lo felicitaba sinceramente por haber resuelto el problema del perihelio. Añadía, con un humor que solo un maestro podía permitirse, que si él pudiera calcular tan rápido, en sus ecuaciones el electrón tendría que rendirse y el átomo de hidrógeno tendría que disculparse por no emitir radiación.

Un día después entregó a una revista de Göttingen un artículo cuyo título no mostraba ninguna modestia. «Los fundamentos de la física.»

Einstein nunca supo cuánto de aquel artículo había leído con atención. Lo leyó rápidamente, con los ojos y con los nervios. Volvió a sus propias páginas, las ordenó y dejó que los días fueran borrando la frontera entre lo que él había pensado y lo que había visto pensar a otra persona.

El jueves 25 volvió a subir a la tarima por cuarta vez. Tenía la cara pálida como ceniza y los abrigos negros de la sala se veían borrosos en los bordes. Nadie sabía que debía estar en cama. Anunció el título, «Las ecuaciones de campo de la gravitación», y se volvió hacia la pizarra.

Escribió una sola línea.

Rμν − ½ gμνR = (8πG/c⁴) Tμν

La tiza se detuvo al final. En la sala hubo un silencio lleno de tos contenida. Aquella línea cabía en la palma de una mano. Sobre ella pesaban las hojas llenas de tachones de dos años, el Entwurf ya muerto, las noches en que pasaban tranvías, las cartas de Zúrich sobre dinero y condiciones, la posdata escrita con otra tinta y la cortesía de un hombre que quizá había llegado antes.

A la izquierda se curvaban el espacio y el tiempo. A la derecha estaba la materia que los hacía curvarse. Cada lado le decía al otro qué debía hacer. La materia le decía al espacio cómo doblarse. El espacio le decía a la materia cómo moverse. Nada permanecía fijo. Los planetas seguían recorriendo su camino dentro de un mundo cuyo propio escenario participaba.

Detrás de aquella línea no había una fuerza tirando de los cuerpos. Los cuerpos seguían el camino más recto que permitía un mundo curvo y lo hacían sin sentir nada. Igual que el hombre de la llave.

Cuando se volvió hacia la sala vio cabezas inclinadas sobre los cuadernos, alguna boca abierta y un anciano que se limpiaba los anteojos. Habló durante una hora. Su voz parecía venir de otro lugar. Cuando terminó ya no le dolía el estómago. Comprendió que llevaba un rato sin sentir dolor y que había dejado de darse cuenta.

Aquella noche subió las escaleras de su vivienda una por una, agarrándose de la barandilla. La lámpara estaba como la había dejado. La mancha de café seguía sobre la mesa. Escribió a Michele Besso con la letra cansada de alguien que había corrido demasiado. Le dijo que los sueños más atrevidos se habían cumplido. Covariancia general. Movimiento del perihelio de Mercurio, maravillosamente exacto. Firmó diciendo que estaba contento y agotado.

Después miró la puerta. Debajo no había ninguna carta de Suiza. Faltaba un mes para Navidad. Pensó en una posada con una estufa y en un niño de diez años que quizá lo miraría como se mira a alguien que viene de muy lejos. Para aquello no tenía ninguna cuenta que hacer.

Años después, su hijo menor le preguntaría por qué tanta gente lo conocía. Él respondería con la historia de un escarabajo ciego. El escarabajo camina por una rama curva y no sabe que su camino se dobla. Él había tenido la suerte de darse cuenta. Lo diría con una sonrisa, sin mirar al niño.

Aquella noche de noviembre todavía no era alguien que contara historias. Estaba solo en un cuarto frío, con los dedos manchados de gris y el cálculo de Mercurio doblado en el bolsillo. Apoyó los pies en el suelo y el suelo los empujó de vuelta, con la cortesía de siempre. Apoyó la palma sobre la mesa y la mesa lo sostuvo. Todo estaba en su sitio, la silla, la lámpara, las páginas tachadas. La firmeza de las cosas le pareció tan convincente como una ecuación.

Pensó en el hombre del taburete alto de Berna, el que caía con su sombrero y sus monedas suspendidas en un aire tranquilo y que, al no sentir peso, podía creer que estaba quieto. Se preguntó si ya habría llegado al suelo. Afuera, un tranvía dobló la esquina. Sobre la mesa, la llama de la lámpara tembló durante un instante y volvió a quedarse quieta.

Nada en la habitación le avisó de que estaba cayendo.

jueves, 24 de septiembre de 2026

La fábrica de campeones

El talento crece donde un país sabe cultivarlo.

¿Por qué algunos países parecen fabricar grandes ajedrecistas con una regularidad casi sospechosa? La respuesta podría estar menos en el talento innato y más en el entorno que consigue encontrarlo, cultivarlo y mantenerlo durante años.

El primer ingrediente es la población. Cuantas más personas hay, mayores son las posibilidades de que aparezcan jugadores extraordinarios. Una población enorme también puede sostener más clubes, entrenadores, torneos y rivales fuertes. India ofrece un ejemplo evidente. Su gigantesco número de habitantes crea un campo de búsqueda extraordinario para el talento.

Después aparece la educación. Aprender ajedrez exige una cadena prolongada de estudio, análisis y práctica. Un sistema educativo sólido ayuda a desarrollar las capacidades necesarias para recorrer ese camino. Investigaciones sobre el rendimiento en las Olimpiadas de Ajedrez han encontrado una relación importante entre los años de escolarización y los resultados internacionales. Parte de lo que parece ser un efecto de la riqueza puede estar relacionado con la formación de capital humano.

El dinero completa el escenario. Viajar a torneos, contratar entrenadores, participar en campamentos y competir contra rivales fuertes cuesta recursos. Los ingresos por habitante ofrecen una aproximación a la capacidad económica disponible para sostener ese proceso.

Sin embargo, las cifras tienen un límite. Uzbekistán muestra que la riqueza por sí sola no explica el éxito. Allí entran las instituciones, las escuelas, los clubes, los entrenadores, la tradición competitiva y los referentes que inspiran a nuevas generaciones.

Cuando suficientes jugadores alcanzan un nivel alto, ocurre algo especial. Los niños encuentran modelos cercanos, aparecen más clubes y los torneos ganan fuerza. La competencia produce nuevos jugadores y esos jugadores alimentan nuevamente el sistema.

Así nace una cultura ajedrecística capaz de reproducirse.

La verdadera ventaja de un país quizá no sea encontrar un prodigio, sino construir las condiciones para que el siguiente aparezca.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El ajedrez hecho bloque

por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

¿Y si un caballo pudiera parecerse a su movimiento? En 1966, F. Lanier Graham miró el ajedrez y decidió quitarle el disfraz. En lugar de reyes coronados, caballos y figuras inspiradas en la Europa medieval, imaginó un sistema de formas puras. El resultado fue un juego de piezas tan sobrio que parece salido de un estudio de arquitectura.

Graham, entonces joven curador de arquitectura y diseño del Museum of Modern Art de Nueva York, convirtió cada pieza en una pequeña lección de geometría. El peón es un cubo sencillo. La torre se levanta como una columna. El caballo adopta una L que hace visible su salto peculiar. El alfil lleva una incisión diagonal que recuerda su recorrido por el tablero.

La escala también habla. La reina alcanza tres veces la altura del peón y el rey se eleva aún más, estableciendo una jerarquía que puede entenderse antes de realizar la primera jugada. Las formas no representan personajes. Representan posibilidades.

La idea encajaba con el espíritu del diseño moderno de los años sesenta. Artistas como Donald Judd y Sol LeWitt exploraban el cubo, la repetición y la estructura como elementos fundamentales del arte. Graham llevó esa sensibilidad hasta el tablero y dejó que las propias reglas del ajedrez determinaran las formas.

Ahí aparece la verdadera sorpresa. Cuando la partida termina, las treinta y dos piezas pueden encajarse hasta formar un bloque rectangular compacto. El ejército desaparece dentro de una estructura silenciosa. Guardar el juego se convierte en otra pequeña partida de lógica.

El conjunto, realizado con madera de nogal y limba, pertenece hoy a la colección del MoMA. Su atractivo sigue siendo inmediato porque hace visible algo que normalmente permanece escondido. Cada movimiento tiene una forma. Cada pieza contiene una regla.

Cuando el tablero queda vacío y las piezas vuelven a convertirse en un solo bloque, el juego parece guardar dentro de sí su propia memoria.

viernes, 17 de julio de 2026

La fotografía de Messi y Lamine Yamal que esperó a la historia

La foto que cambió con el tiempo

por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

En 2007 nadie imaginó que una sencilla sesión de fotos para un calendario benéfico acabaría convertida en una de las imágenes más comentadas del fútbol. Lionel Messi, entonces una joven promesa del Barcelona, sostenía en brazos a un bebé llamado Lamine Yamal mientras lo bañaba frente a la cámara. Era una escena cotidiana, tierna y sin mayor trascendencia. Hoy parece un símbolo universal.

Ahora, con Messi y Lamine frente a frente en la final del Mundial de 2026, la fotografía ha adquirido una fuerza casi mítica. Millones la interpretan como una señal del destino y alimentan relatos sobre profecías, herencias deportivas y un relevo anunciado muchos años antes. Sin embargo, la realidad resulta aún más interesante.

La imagen nunca predijo el futuro. Fuimos nosotros quienes reinterpretamos el pasado después de conocer el desenlace. Cuando sabemos cómo termina una historia, sentimos que todo lo anterior conducía de manera inevitable hacia ese final. La memoria reorganiza los acontecimientos como si siempre hubieran seguido el mismo camino.

Si Lamine hubiera elegido otra profesión, si una lesión hubiera detenido su carrera o si Messi no hubiera asistido a aquella sesión, la fotografía seguiría olvidada en un archivo. La imagen sería exactamente la misma. Lo único que cambiaría sería nuestra forma de verla.

Esa tendencia ha fascinado a filósofos durante siglos. Hegel imaginó que la historia respondía a un orden racional que solo se comprende con el tiempo. En cambio, pensadores como Maquiavelo recordaron que la fortuna y el azar desempeñan un papel mucho mayor del que solemos aceptar. Más recientemente, Paul Ricoeur explicó que las personas convierten los hechos en relatos porque necesitan dar sentido a su experiencia y encontrar una coherencia que la realidad, por sí sola, rara vez ofrece.

El fútbol ofrece el escenario perfecto para ese impulso. La fotografía reúne todos los elementos de una gran historia porque un campeón sostiene en brazos a quien muchos consideran el gran talento del futuro. Su verdadero encanto nace precisamente de la casualidad. Nadie presente aquel día podía sospechar el valor que adquiriría con el tiempo. El pasado permanece igual. Lo que cambia es nuestra mirada. Las imágenes no contienen un destino escrito. Contienen posibilidades. El futuro les da voz y nosotros aprendemos a escucharlas cuando ya conocemos el final de la historia.

sábado, 4 de julio de 2026

Cabo Verde y el partido imposible

Cabo Verde y el partido imposiblepor JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

A todo el mundo le gusta apoyar al que nadie cree que puede ganar. Porque a veces, los héroes aparecen donde menos lo esperamos.

Y en el Mundial de 2026, había un pequeño país llamado Cabo Verde. Sus islas estaban muy lejos de los grandes estadios del mundo. Tenía muchos menos habitantes que otros países... y muy pocos pensaban que llegaría tan lejos.

Pero partido tras partido, Cabo Verde sorprendió a todos. Empató con equipos muy fuertes, luchó hasta el final y consiguió algo que parecía imposible. ¡Se clasificó a la fase final!

Entonces llegó el mayor desafío de todos. Del otro lado de la cancha estaba Argentina. La campeona del mundo. El equipo de Lionel Messi.

Muchos decían que el partido terminaría muy rápido. Pero Cabo Verde no había llegado hasta allí para rendirse.

Cuando comenzó el partido, Argentina atacó con mucha fuerza. Y poco después... ¡Messi marcó un gol! El estadio estalló de emoción. Parecía que todo iba a salir como todos esperaban.

Pero Cabo Verde siguió corriendo. Siguió luchando. Y siguió creyendo.

En el segundo tiempo llegó su recompensa. ¡Gol de Cabo Verde! Ahora el marcador estaba empatado. Los jugadores se abrazaban. Los aficionados no podían creer lo que estaban viendo. El campeón del mundo estaba en problemas.

Los minutos pasaban... Y ninguno de los dos equipos quería darse por vencido. Así que el partido tuvo que ir al tiempo extra.

Argentina volvió a ponerse adelante. Pero Cabo Verde respondió otra vez. ¡Con un gol increíble! Todos los que miraban el partido se levantaron de sus asientos.

Ahora sí... Cualquier cosa podía pasar. Los dos equipos estaban cansados. Habían corrido muchísimo. Faltaban muy pocos minutos.

Entonces, en una jugada dentro del área... Argentina encontró el gol que necesitaba. Esta vez, Cabo Verde ya no pudo empatar.

El árbitro hizo sonar el silbato final. Argentina ganó el partido por 3 a 2 y siguió en el Mundial.

Los jugadores de Cabo Verde estaban tristes. Habían quedado eliminados. Pero algo muy especial había ocurrido. Habían hecho sufrir al campeón del mundo hasta el último minuto.

Todo el planeta habló de su valentía. Muchos aficionados, incluso de otros países, los despidieron con un gran aplauso.

Porque habían demostrado que el corazón de un equipo no se mide por el tamaño de su país... sino por las ganas de luchar hasta el final.

FIN

lunes, 29 de junio de 2026

Marcelo Bielsa y el mito del revolucionario

Marcelo Bielsa y el mito del revolucionario

El fútbol tiene una costumbre curiosa: muchas veces confunde la influencia con la victoria.

Pocas figuras representan mejor esa contradicción que Marcelo Bielsa. Basta con mencionar su nombre delante de entrenadores de élite para que aparezca la admiración. Pep Guardiola lo considera una de las mayores influencias de su forma de entender el juego. Mauricio Pochettino habla de él como un maestro. En el fútbol de Jürgen Klopp también se percibe esa misma obsesión por la intensidad y la presión colectiva.

Y, sin embargo, el palmarés de Bielsa es sorprendentemente modesto.

Fue campeón de liga en Argentina con Newell's Old Boys y Vélez Sarsfield. Conquistó la medalla de oro olímpica con la selección argentina en 2004. Devolvió al Leeds United a la Premier League después de dieciséis años atrapado en la segunda división inglesa. Transformó a la selección chilena y redefinió su identidad futbolística. Y llevó al Athletic Club a dos finales europeas desplegando un fútbol tan atrevido como emocionante.

Son logros importantes. Pero no alcanzan para sostener el currículum del mejor entrenador de su generación.

Compáralo con sus contemporáneos. Carlo Ancelotti acumuló títulos de la Champions League con una regularidad asombrosa. Arsène Wenger revolucionó el fútbol inglés mientras conquistaba la Premier League. Louis van Gaal fue campeón en varios países. Carlos Bianchi construyó equipos legendarios que derrotaron una y otra vez a los mejores clubes de Europa. Luiz Felipe Scolari ganó un Mundial. Vicente del Bosque levantó tanto una Copa del Mundo como una Eurocopa.

Si el fútbol se midiera únicamente por los trofeos, Bielsa ni siquiera estaría en esa conversación.

Entonces, ¿por qué sí lo está?

La respuesta más habitual es que Bielsa "cambió el fútbol". Y es cierto... siempre que tengamos claro qué fue exactamente lo que cambió.

Él no inventó la presión. Viktor Maslov ya desarrollaba sistemas de presión coordinada décadas antes. Rinus Michels y Johan Cruyff convirtieron la presión colectiva en una pieza esencial del Fútbol Total. Y el Milan de Arrigo Sacchi había llevado la presión agresiva y el rigor posicional a un nivel extraordinario mucho antes de que Bielsa alcanzara reconocimiento mundial.

Bielsa heredó esas ideas.

Lo que hizo fue llevarlas hasta sus últimas consecuencias, con una convicción casi religiosa.

Su fútbol exigía una presión hombre a hombre incansable en todo el campo. El ataque vertical sustituía a la posesión paciente. Cada movimiento estaba ensayado. Cada línea de pase, prevista de antemano. Cada futbolista era una pieza de una maquinaria perfectamente sincronizada, diseñada para aplastar al rival a través de la intensidad más que del talento individual.

No fue tanto una invención como una radicalización.

El problema es que Bielsa nunca resolvió el gran desafío de ingeniería que escondía su modelo.

Su sistema funcionaba de manera espectacular... pero a ráfagas.

Los jugadores crecían de forma notable. Plantillas modestas competían de tú a tú con rivales mucho más poderosos. Clubes que nunca habían tenido una identidad futbolística clara encontraban por fin una forma reconocible de jugar.

Pero después llegaba el desgaste.

La exigencia física era enorme. La rigidez táctica acababa siendo predecible. Los rivales encontraban la manera de contrarrestarlo. Las temporadas se iban apagando. El mismo patrón se repitió en Bilbao, Marsella y Leeds: un ascenso brillante, una fatiga progresiva y, finalmente, el derrumbe.

Ahí es donde los grandes pragmáticos marcaron la diferencia.

Guardiola tomó la presión de Bielsa, pero redujo su coste. Convirtió la posesión en una forma de defenderse: era el balón el que corría por el equipo. Klopp transformó aquella presión incansable en trampas zonales perfectamente coordinadas, en lugar de una persecución hombre a hombre constante. Y Ancelotti hizo justo lo contrario que Bielsa: adaptó sus sistemas a las características de sus plantillas, en vez de exigir que las plantillas se adaptaran a una única idea.

Incluso los grandes ganadores de Sudamérica eligieron el camino opuesto.

Carlos Bianchi nunca buscó dominar los partidos por una cuestión estética. Su Boca Juniors asfixiaba al rival, anulaba sus fortalezas y esperaba el momento exacto para golpear. El Brasil campeón del mundo de Luiz Felipe Scolari en 2002 combinaba una estructura defensiva muy sólida con libertad absoluta para Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho. Potenciaba el talento en lugar de obligarlo a encajar dentro de una ideología.

No eran menos inteligentes que Bielsa.

Eran menos dogmáticos.

Quizá por eso ellos llenaron las vitrinas de trofeos, mientras Bielsa llenaba el fútbol de discípulos.

El fútbol suele romantizar a los idealistas que nunca renuncian a sus principios. Hay algo profundamente atractivo en ese entrenador que prefiere perder antes que traicionar su manera de entender el juego. Bielsa terminó convirtiéndose en el santo patrono de esa filosofía: un hombre que, según él mismo confesó, temía más ganar sin convencer que perder siendo fiel a sus ideas.

Pero la historia parece apuntar hacia una conclusión más incómoda.

El verdadero genio de Bielsa no estuvo en construir la obra terminada, sino en revelar una posibilidad que aún estaba incompleta.

Demostró que la presión extrema, la organización colectiva y una preparación obsesiva podían redefinir el fútbol moderno. Lo que nunca consiguió demostrar fue cómo hacer que ese modelo resistiera durante años la exigencia de la élite, y no solo durante unos meses.

Fueron otros quienes terminaron la obra.

Guardiola añadió el control.

Klopp aportó la sostenibilidad.

Ancelotti incorporó la capacidad de adaptación.

En la tecnología rara vez recordamos al inventor como la persona que cambió el mundo. Solemos recordar al ingeniero que consiguió que esa invención funcionara de verdad.

Bielsa construyó el prototipo.

Sus discípulos construyeron la dinastía.

Eso no hace más pequeña su herencia.

La pone en perspectiva.

Marcelo Bielsa no fue el entrenador más ganador de la historia del fútbol. Puede que ni siquiera fuera el mejor técnico de su generación.

Fue algo mucho más raro: un arquitecto brillante cuyo plano alcanzó mucho más éxito en manos de otros que en las suyas propias.

*****

El Halcón y el Castor

Presumía un Halcón de haber descubierto el modo más veloz de cruzar el valle.

—¡Mirad! —gritaba desde las alturas—. Nadie llega tan pronto como yo.

Y, en efecto, descendía como un rayo. Las demás aves, admiradas, procuraban imitar su vuelo; mas, al poco trecho, unas caían rendidas, otras se herían contra las peñas y las más desistían del intento.

A la orilla del río vivía un Castor, silencioso y poco dado a discursos. Observó durante largo tiempo los vuelos del Halcón y dijo para sí:

—El camino es excelente; lo que falta es que pueda andarse todos los días.

Entonces levantó un puente de troncos, firme aunque menos veloz. Por él cruzaron ciervos, liebres, zorros y aun las mismas aves cuando el viento les era contrario.

Pasaron los años.

El Halcón seguía siendo celebrado por haber mostrado el paso.

Pero fue el puente del Castor el que llenó de vida el valle.

Moraleja

Descubrir un buen camino merece aplauso; hacerlo transitable merece la historia. La mejor idea vale poco si no aprende a durar.

lunes, 22 de junio de 2026

Messi o Ronaldo, una pregunta más política de lo que parece

La preferencia entre Messi y Ronaldo refleja valores políticos personales.

¿Eres del equipo Messi o del equipo Ronaldo? Parece una pregunta inocente, perfecta para una conversación entre amigos o una discusión futbolera en redes sociales. Sin embargo, una investigación de la Universidad de Singapur sugiere que la respuesta podría revelar mucho más que tus gustos deportivos.

Durante más de veinte años, Lionel Messi y Cristiano Ronaldo protagonizaron una de las rivalidades más fascinantes de la historia del deporte. Sus goles, récords y títulos dividieron a millones de aficionados en todo el mundo. Pero ahora los científicos creen que esa división no depende únicamente del fútbol.

Un estudio realizado con más de diez mil personas de veintiséis países descubrió que la preferencia por uno u otro jugador está estrechamente relacionada con la forma en que las personas entienden la sociedad y el poder. En otras palabras, la elección entre Messi y Ronaldo puede reflejar valores políticos y psicológicos profundos.

Los participantes con ideas más liberales mostraron una tendencia clara a preferir a Messi. El astro argentino suele ser percibido como una figura discreta, enfocada en el trabajo colectivo y menos interesada en el protagonismo personal. Esa imagen parece conectar con quienes valoran la cooperación y los enfoques más igualitarios.

Por otro lado, las personas con posturas más conservadoras se inclinaron con mayor frecuencia por Ronaldo. El portugués proyecta una imagen asociada al esfuerzo individual, la ambición y la superación personal. Su marca pública está construida alrededor de la excelencia, la disciplina y el liderazgo, atributos que generan una fuerte identificación en este grupo.

La investigación también encontró otros elementos llamativos. Las personas con una visión más favorable hacia liderazgos fuertes y quienes poseen una autoestima elevada mostraron una mayor simpatía por Ronaldo. Además, el consumo frecuente de vídeos cortos en plataformas digitales parece reforzar esa preferencia. No resulta extraño si se considera que estos formatos suelen premiar el espectáculo, la exhibición personal y los momentos impactantes.

Lo más sorprendente es que esta conexión entre política y cultura popular aparece sobre todo entre los jóvenes. En generaciones mayores, la relación prácticamente desaparece. Para muchos adultos jóvenes, las preferencias culturales ya no son simples entretenimientos, sino una extensión de su identidad.

La conclusión es fascinante. La gran rivalidad futbolística del siglo XXI se ha convertido en una ventana para entender cómo pensamos. Así que la próxima vez que alguien te pregunte quién es mejor, quizá no solo estés hablando de fútbol. Tal vez también estés revelando, sin darte cuenta, cómo ves el mundo.

martes, 9 de junio de 2026

El Mundial más caliente

El calor extremo amenaza con convertirse en el gran protagonista del Mundial de 2026.

Las mayores estrellas del fútbol llegarán a Norteamérica para disputar el Mundial de 2026. Habrá estadios repletos, audiencias millonarias y momentos destinados a la historia. Sin embargo, existe un adversario que ya amenaza con robar protagonismo antes de que ruede el balón.

El calor.

Quienes recuerdan el Mundial de Estados Unidos de 1994 todavía hablan de jornadas sofocantes. La final entre Brasil e Italia se disputó bajo un sol abrasador en California y muchos jugadores describieron aquella experiencia como una auténtica prueba de resistencia. Hoy, las previsiones apuntan a un escenario todavía más exigente.

Investigadores especializados en clima advierten que el calentamiento global está aumentando la probabilidad de temperaturas peligrosas durante el torneo. Según sus estimaciones, varios partidos podrían disputarse en condiciones que representan un riesgo para la salud de los futbolistas.

La preocupación va mucho más allá de los grados que aparecen en una pantalla. Los expertos utilizan una medición que combina temperatura, humedad, radiación solar y circulación del aire para calcular el estrés que soporta el cuerpo humano. Cuando la humedad aumenta, el sudor pierde eficacia para enfriar el organismo y cada carrera exige un esfuerzo mucho mayor.

Las consecuencias son inmediatas. El corazón trabaja más rápido, los músculos se cansan antes y la sensación de agotamiento aparece con mayor facilidad. En situaciones extremas, el cuerpo puede llegar a un punto en el que simplemente deja de responder al ritmo que exige la competición.

Los propios jugadores han comenzado a expresar su inquietud. Decenas de futbolistas profesionales han solicitado protocolos más estrictos para proteger a quienes participan en los encuentros. Las peticiones incluyen pausas de hidratación más largas, mejores sistemas de enfriamiento y una revisión de los criterios utilizados para decidir si un partido debe retrasarse.

La cuestión también afecta al espectáculo. Cuando el termómetro se dispara, el ritmo del juego cambia. Las carreras explosivas disminuyen, la presión constante resulta más difícil de sostener y la energía se administra con mucho más cuidado. El fútbol sigue ahí, aunque adopta una versión más lenta y calculada.

Los aficionados tampoco escapan al desafío. Miles de personas pasarán horas bajo altas temperaturas mientras esperan el inicio de los encuentros. Los especialistas recomiendan facilitar el acceso al agua y reforzar las medidas de prevención para evitar casos de deshidratación o golpes de calor dentro de los estadios.

El debate ya no pertenece únicamente al ámbito deportivo. El Mundial se ha convertido en un reflejo de una realidad más amplia. El cambio climático está modificando actividades que durante décadas parecían inmunes a las transformaciones del entorno.

El torneo de 2026 promete grandes historias, figuras legendarias y estadios vibrando al unísono. También servirá como recordatorio de que el fútbol comparte el mismo planeta que todos nosotros. Y en esta ocasión, el rival más difícil de controlar podría llegar desde el cielo mucho antes que el pitido inicial.

lunes, 11 de mayo de 2026

¡Es el Mundial de Futbol, Charlie Brown!

¡Es el Mundial de Futbol, Charlie Brown!

por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

La primera señal de que se venía el Mundial de Futbol fue la bulla.

Dondequiera que fuera Charlie Brown, siempre había alguien hablando de futbol y casi gritando.

En la escuela, los niños intercambiaban estampitas de jugadores famosos.

En el recreo, todos discutían sobre qué país iba a salir campeón.

Hasta la niña pelirroja llevaba una bufanda con pelotitas de futbol.

Charlie Brown suspiró.

“No entiendo el futbol,” dijo.

“Tú no entiendes nada, Charlie Brown”, respondió Lucy van Pelt.

Lucy estaba parada junto a una mesa plegable con un cartel de cartón que decía:

PREDICCIONES MUNDIALISTAS DE LUCY

5 CENTAVOS

“Ya pueden preguntarme quién va a ganar el torneo,” anunció con orgullo.

Charlie Brown le dio una moneda.

“¿Quién va a ganar?”

Lucy cerró los ojos, pensativa.

“El que meta más goles.”

Charlie Brown parpadeó.

“Eso no es una gran predicción.”

Lucy guardó la moneda en el bolsillo.

“Gracias por su preferencia.”

Cerca de ahí, Linus van Pelt estaba sentado bajo un árbol leyendo un libro de geografía universal.

“El Mundial es muy importante,” explicó Linus. “Durante un mes, todo el mundo se une.”

“¿Para discutir?” preguntó Charlie Brown.

“Para tener esperanza,” dijo Linus.

Charlie Brown se quedó pensando.

La esperanza casi siempre lo ponía nervioso.

* * *

Esa tarde, el vecindario decidió organizar su propio torneo mundialista.

Cada niño eligió un país.

Y todos se lo tomaron demasiado en serio.

Peppermint Patty llevaba un silbato y daba órdenes aunque nadie se las pidiera.

Marcie cargaba un portapapeles.

Lucy discutía con los árbitros antes de que empezaran los partidos.

Y Snoopy usaba una bufanda a rayas mientras fingía que periodistas lo seguían a todas partes.

“Damas y caballeros,” imaginaba Snoopy que decía un narrador, “¡ha llegado el mejor futbolista de todos los tiempos!”

Snoopy saludó a la multitud imaginaria.

Y acto seguido tropezó con su plato de comida.

Charlie Brown observaba todo en silencio.

“Creo que mejor solo voy a mirar,” dijo.

Pero eso resultó imposible.

“¡Charlie Brown!” gritó Peppermint Patty. “¡Necesitamos un entrenador!”

“¿Un entrenador?” tragó saliva Charlie Brown.

“Eres perfecto para eso.”

Eso lo preocupó al instante.

* * *

El primer entrenamiento salió terrible.

Nadie pasaba la pelota.

Todos le echaban la culpa a todos.

Lucy no dejaba de gritar, “¡Claramente yo soy la estrella del equipo!”

“El futbol es un deporte de equipo,” les recordó Charlie Brown.

Lucy cruzó los brazos.

“Eso lo dice la gente cuando no tiene estrellas en su alineación.”

Mientras tanto, Snoopy imaginaba que jugaba en un estadio gigantesco.

Miles de aficionados coreaban su nombre.

Driblaba a diez defensores.

Saltaba por el aire para hacer una chilena espectacular—

—y terminaba estrellándose contra un bote de basura.

Charlie Brown suspiró.

Ser entrenador era más difícil de lo que esperaba.

Aunque, para ser honestos, todo era más difícil de lo que esperaba.

* * *

A medida que avanzaba el torneo, todo el vecindario se emocionaba más y más.

Los niños colgaban banderas hechas a mano en sus bicicletas.

Intercambiaban pronósticos durante el almuerzo.

Hasta los adultos se asomaban por las ventanas para preguntar cómo iban los partidos.

Por las noches, Charlie Brown veía los partidos reales del Mundial en televisión junto a Linus.

Las multitudes parecían enormes.

Los estadios brillaban como ciudades iluminadas.

“¿Cómo hacen los jugadores para soportar tanta presión?” preguntó Charlie Brown.

Linus lo pensó un momento.

“Creo que se convencen de que perder sería insoportable.”

Charlie Brown miró fijamente la televisión.

“Eso no suena muy útil.”

“No,” admitió Linus. “Pero sí bastante realista.”

* * *

Sorprendentemente, el equipo de Charlie Brown seguía ganando.

No porque estuvieran organizados.

Ni porque fueran especialmente buenos.

Más bien porque los otros equipos discutían todavía más.

Aun así, cada victoria emocionaba más a todos.

“¡VAMOS A LLEGAR HASTA LA FINAL!” gritó Peppermint Patty.

“Estamos acabados,” murmuró Charlie Brown.

Pronto solo quedó un partido:

La final.

Todo el vecindario se reunió alrededor de la cancha.

Los niños llevaron boquitas.

Alguien puso música dramática en una radio.

Lucy apareció con lentes de sol y se presentó como “una celebridad internacional del futbol”.

Charlie Brown se sentía fatal.

“Deberías sentirte orgulloso, Charlie Brown,” dijo Linus amablemente.

“Eso normalmente significa que algo horrible está por pasar,” respondió Charlie Brown.

* * *

El partido empezó.

Fue un caos absoluto.

Los jugadores corrían por todos lados.

Nadie mantenía su posición.

Snoopy se lanzaba dramáticamente al suelo aunque la pelota estuviera lejísimos.

El marcador siguió empatado hasta el último minuto.

Entonces Peppermint Patty pateó la pelota hacia Charlie Brown.

—¡TÍRALA, CHUCK!

De pronto, todo quedó en silencio.

Charlie Brown estaba solo frente al arco con la pelota.

Un solo disparo podía ganar el campeonato.

Los niños contuvieron la respiración.

Hasta Lucy dejó de hablar.

Charlie Brown miró el arco.

Miró la pelota.

Pensó en cada partido de béisbol que había perdido.

En cada cometa atrapada en un árbol.

En cada balón de futbol americano que Lucy le había quitado en el último segundo.

Tal vez esta vez sería diferente.

Tal vez.

Charlie Brown corrió hacia adelante y pateó con todas sus fuerzas.

La pelota salió volando hermosamente por el aire.

Más alto.

Y más alto.

Muy por encima del arco.

Muy por encima de la cancha.

Hasta desaparecer en el patio de alguien.

Silencio.

Nadie se movió.

Y entonces, a lo lejos, estallaron fuegos artificiales por la celebración de un partido real del Mundial en televisión.

Charlie Brown bajó la cabeza.

“Lo sabía,” dijo en voz baja.

Lucy soltó un suspiro dramático.

Peppermint Patty se dejó caer de espaldas sobre el pasto.

Snoopy se cubrió los ojos con las patas.

Solo Linus permaneció tranquilo.

“Eso,” dijo pensativo “fue una patada muy filosófica.”

“Fallé por como diez metros,” respondió Charlie Brown.

“Sí,” dijo Linus. “Pero de una manera significativa.”

* * *

Más tarde esa noche, la cancha estaba vacía.

Las decoraciones del torneo se movían suavemente con el viento.

Charlie Brown estaba sentado solo en la banca.

Las primeras estrellas comenzaban a aparecer en el cielo.

Todavía podía escuchar los gritos lejanos de la gente viendo el Mundial en sus televisores.

“De verdad pensé que teníamos oportunidad,” se dijo a sí mismo.

“La tuviste.”

Charlie Brown levantó la vista.

Los otros niños habían vuelto.

Peppermint Patty llevaba la pelota de futbol.

Marcie traía gajos de naranja que ya nadie quería.

Lucy había dejado de quejarse… al menos por casi tres minutos completos.

Hasta Snoopy estaba sentado en silencio junto a la banca.

“Volvimos para jugar,” dijo Peppermint Patty.

“Pero el torneo ya terminó,” respondió Charlie Brown.

“¿Y qué?” se encogió de hombros ella.

Linus se sentó a su lado.

“¿Sabes?” dijo. “Lo curioso de las personas es que siempre lo vuelven a intentar.”

“¿Incluso después de decepcionarse?” preguntó Charlie Brown.

“Especialmente después de decepcionarse.”

Peppermint Patty hizo rodar la pelota hacia él.

“¿Quieres intentar otro tiro, Chuck?”

Charlie Brown miró la pelota.

“Probablemente vuelva a fallar.”

“Naturalmente,” dijo Lucy.

Charlie Brown suspiró.

Y luego sonrió un poquito.

Se levantó despacio, acomodó la pelota sobre el pasto y dio unos pasos hacia atrás.

Los demás esperaron.

Esta vez no había multitudes.

Ni una final.

Ni presión.

Solo amigos bajo el cielo de la noche.

Charlie Brown corrió hacia adelante y pateó.

La pelota rodó toda chueca por la cancha.

A nadie le importó.

Los niños corrieron detrás de ella de todos modos, riéndose mientras la oscuridad iba cayendo y una suave música de piano flotaba en el aire fresco de la noche.

domingo, 3 de mayo de 2026

El negocio detrás del balón

El mercado secundario de entradas es una forma legal para que los aficionados consigan boletos si no han tenido éxito por los canales oficiales.

A menos de un mes del inicio del Mundial masculino de 2026, el verdadero partido ya comenzó lejos de las canchas. No hay árbitros, camisetas ni himnos nacionales. Hay hojas de cálculo, grupos secretos de WhatsApp y millones de dólares moviéndose a velocidad récord. El torneo más esperado del planeta también se perfila como uno de los mayores campos de batalla para los revendedores de boletos.

Ellos prefieren llamarse brokers. Rechazan palabras como revendedores o especuladores. Según cuentan, su trabajo no es muy distinto al de una agencia de viajes. Compran entradas, calculan riesgos y apuestan a que los precios cambien. A veces ganan fortunas. Otras veces pierden cantidades brutales de dinero.

Uno de estos corredores mostró cómo funciona el negocio desde dentro. En su computadora aparecían miles de entradas vendidas para los 104 partidos del Mundial. Algunas operaciones parecen sacadas de Wall Street. Compró boletos para el debut de Estados Unidos por 1.300 dólares y los revendió por 2.200. Solo en ese partido ganó cerca de 45.000 dólares.

La estrategia comienza mucho antes del pitazo inicial. Muchos brokers vendieron entradas incluso antes de tenerlas en sus manos. Apostaban a que podrían conseguirlas después a mejor precio. En ese universo se habla de posiciones largas y cortas como si se tratara de acciones bursátiles y no de asientos en un estadio.

El gran secreto está en la cantidad de boletos disponibles. Algunos corredores aseguran que todavía quedan entre 500.000 y más de un millón de entradas sin vender. FIFA lo niega rotundamente y sostiene que la demanda ha sido enorme. Sin embargo, los brokers insisten en que hay señales claras de preocupación.

Una de ellas son los descuentos ocultos. Circula entre revendedores una hoja de cálculo con precios reducidos para decenas de partidos, incluida la final en Nueva Jersey. Según cuentan, ciertas entradas oficiales de 33.000 dólares ya aparecen en plataformas secundarias por apenas 8.000.

La lógica es simple. Mejor vender barato que dejar asientos vacíos. El temor de muchos es repetir imágenes incómodas como las del reciente Mundial de Clubes en Estados Unidos, donde algunos estadios lucieron semivacíos pese a campañas gigantescas de promoción.

También existe otro problema. Viajar al Mundial será caro. Hoteles, vuelos, transporte y trámites migratorios elevan el costo para los aficionados. Muchos esperan hasta último momento con la esperanza de conseguir precios más bajos. Y eso puede convertirse en una trampa peligrosa.

Los brokers conocen perfectamente esa ansiedad. Pasan horas observando mapas digitales de estadios para detectar tendencias y oportunidades. Algunos incluso manejan líneas de crédito gigantescas para financiar compras masivas. Uno confesó tener 18 tarjetas de crédito activas con límites de hasta 350.000 dólares.

Pero no todo es dinero fácil. Hay historias de corredores que terminaron en bancarrota por prometer entradas imposibles de conseguir. En eventos recientes como la final de la Copa América entre Argentina y Colombia, varios perdieron millones intentando cumplir pedidos desesperados.

Mientras tanto, el fútbol sigue vendiéndose como una fiesta global. Y probablemente lo será. Pero detrás de cada asiento disponible existe otra competencia menos visible, donde los verdaderos protagonistas no usan botines sino calculadoras.

viernes, 1 de mayo de 2026

La fiebre del álbum

La estampa #00 podría convertirse en una favorita sentimental tras anunciarse que Panini perderá la licencia de la FIFA después del Mundial de 2030.

Hay dos tipos de personas durante un Mundial. Las que ven los partidos y las que viven pegadas a sobres brillantes buscando una estampa imposible. Para millones de fanáticos, completar el álbum oficial de Panini sigue siendo una obsesión casi sagrada. Y este año, el desafío alcanzó un nuevo nivel de locura.

La edición del Mundial 2026 no solo celebra el torneo más grande de la historia con 48 selecciones. También rompió un récord poco amigable para los bolsillos. El álbum necesita 980 estampas para completarse, además de otras 12 especiales distribuidas gracias a una alianza con Coca Cola. En total, casi mil pequeñas piezas de papel capaces de convertir adultos responsables en cazadores compulsivos de sobres.

La matemática duele. Cada paquete cuesta dos dólares y ahora trae siete estampas en lugar de cinco. Parece una mejora hasta que alguien hace cuentas y descubre que completar el álbum podría costar entre 1.000 y 2.000 dólares. Y eso suponiendo que la suerte acompañe. Porque el verdadero enemigo no son las estampas difíciles. Son los repetidos.

Por eso vuelve el ritual más importante del coleccionismo futbolero. El intercambio. Amigos, hermanos, compañeros de oficina y desconocidos en internet vuelven a pronunciar la frase universal de los álbumes. “Tengo, tengo, me falta”. Facebook, eBay y aplicaciones móviles se transforman en mercados paralelos donde una simple estampa de Japón puede valer más que una cena elegante.

Pero este Mundial no se conforma con ser caro. También quiere ser brillante. Panini lanzó versiones especiales con bordes de colores, acabados metálicos y diseños extravagantes llamados Crumple. Entre todas ellas destaca una auténtica joya. Las estampas únicas con borde negro. Una de Lionel Messi vendida tras Qatar 2022 alcanzó los 139.000 dólares en subasta. Sí, una sola estampa puede costar más que un apartamento pequeño.

La fiebre por encontrar tesoros convirtió la apertura de sobres en una mezcla entre Navidad y casino. Algunos fanáticos ya no buscan completar el álbum. Buscan riqueza instantánea. Una estampa especial de Messi puede venderse por cientos o miles de dólares antes incluso de despegar el adhesivo.

Y luego está el desafío final. Las famosas estampas de Coca Cola. Desde hace años, Panini esconde jugadores especiales debajo de las etiquetas de botellas en ciertos países. Ahora esa tradición llegó con fuerza a Estados Unidos y provocó escenas casi absurdas en supermercados vaciados por coleccionistas desesperados revisando refrescos bajo la luz como detectives forenses.

Los álbumes también evolucionaron. Existen versiones de lujo con tapa dura, ediciones limitadas por país anfitrión y diseños exclusivos que ya son piezas de colección. Algunos ejemplares se venden por cientos de dólares incluso vacíos.

Curiosamente, muchas estampas muestran jugadores que ni siquiera disputarán el Mundial. Lesiones, decisiones técnicas y sorpresas de última hora dejaron fuera a varias estrellas que ya habían sido impresas. Neymar no aparece. Otros sí, aunque jamás pisarán el torneo.

Y quizás eso explica el encanto eterno de Panini. El álbum nunca es perfecto. Siempre tiene errores, rarezas y anécdotas. Es un pequeño caos lleno de pegamento, nostalgia y esperanza.

Después de todo, completar el álbum no se trata solo de fútbol. Se trata de perseguir algo imposible junto a millones de personas que sienten exactamente la misma emoción al abrir un sobre brillante.

domingo, 29 de marzo de 2026

El Gallo que Quiso Saberlo Todo (Epistemic trespassing)

En una colina vivía un célebre Gallo, famoso en todo el valle por anunciar el alba con tal precisión que hasta los relojes del pueblo parecían imitarle. No había mañana en que su canto fallase, y por ello todos le tenían por sabio.

Un día, hinchado de fama, pensó el Gallo:
—Si acierto siempre cuándo nace el sol, también sabré de las lluvias, de las cosechas y aun de las enfermedades.

Bajó entonces al valle y comenzó a dictar consejos:
a los labradores, cuándo sembrar;
a los médicos, cómo curar;
y a los marineros, cuándo zarpar.

Al principio, muchos le escucharon, pues decían:
—Quien tan bien conoce el cielo al alba, mucho sabrá del resto.

Mas quiso la fortuna que, siguiendo sus dictámenes, unos perdieran la siembra, otros erraran remedios, y no pocos se vieran en peligro en el río crecido.

Acudieron entonces al Búho, viejo y silencioso, que raras veces hablaba. Y este dijo:
—No yerra el Gallo al cantar el día, mas yerra al creerse dueño de todo el tiempo.

Avergonzado, el Gallo volvió a su colina y no cantó sino al amanecer, donde siempre había sido certero.

Y desde entonces, cuando alguno presume de saberlo todo, dicen en el valle:

Quien acierta en una hora, no por eso entiende el mundo entero.

sábado, 31 de enero de 2026

An Exhortation to Faithfulness and Justice

by JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

1 I write to you, beloved brothers and sisters, with deep compassion and concern for your steadfastness in the faith, especially as you contend with the challenges and responsibilities involved in the pursuit of justice, equality, and human dignity in the present world.
2 For we are called to be the light of the world and the salt of the earth, bearing witness in all our dealings to the love and justice of our Lord.

3 Do you not know that our God is a God of compassion, who shows no partiality, and who has created all people in his image?
4 As it is written, “There is no longer Jew or Greek, there is no longer slave or free, there is no longer male and female; for all of you are one in Christ Jesus” (Galatians 3:28).
5 The Lord has shown us the way of love and mercy, commanding us to love our neighbors as ourselves and to do to others as we would have them do to us.

6 Therefore, brothers and sisters, let us be diligent in our pursuit of justice and equity, reflecting the heart of God in our relations with one another.
7 For the Lord is gracious and merciful, slow to anger and abounding in steadfast love (Psalm 145:8).
8 He has commanded us to care for the least among us, to defend the cause of the poor and the oppressed, and to break every yoke of injustice.

9 In this spirit, let us strive to form a community that embodies God’s concern for justice.
10 Let us speak for those who have no voice, standing with those who are marginalized and oppressed, and resisting every form of discrimination and inequity.
11 As it is written, “Learn to do good; seek justice, rescue the oppressed, defend the orphan, plead for the widow” (Isaiah 1:17).

12 Beloved, let us not grow weary in doing what is right, for we will reap at harvest time, if we do not give up (Galatians 6:9).
13 Let us draw strength from the Lord and from the power of his might, knowing that our labor in the Lord is not in vain.
14 For we are what he has made us, created in Christ Jesus for good works, which God prepared beforehand to be our way of life (Ephesians 2:10).

15 Moreover, let us practice inclusiveness and empathy in all our efforts.
16 Let us open our hearts and minds to the varied experiences and perspectives of others, especially those who have long been silenced or pushed to the margins.
17 Bear one another’s burdens, and in this way you will fulfill the law of Christ (Galatians 6:2); be kind to one another, tenderhearted, forgiving one another, as God in Christ has forgiven you (Ephesians 4:32).

18 In our pursuit of justice, let us also seek the wisdom from above, which is first pure, then peaceable, gentle, willing to yield, full of mercy and good fruits, without a trace of partiality or hypocrisy (James 3:17).
19 Blessed are the peacemakers, for they will be called children of God (Matthew 5:9).

20 Finally, brothers and sisters, be strong in the Lord and in the strength of his power.
21 Put on the whole armor of God, so that you may be able to stand against the wiles of the devil. For our struggle is not against enemies of blood and flesh, but against the rulers, against the authorities, against the cosmic powers of this present darkness, against the spiritual forces of evil in the heavenly places.

22 Now may the God of peace, who brought back from the dead our Lord Jesus, the great shepherd of the sheep, by the blood of the eternal covenant,
23 make you complete in everything good so that you may do his will, working among us that which is pleasing in his sight, through Jesus Christ, to whom be the glory forever and ever. Amen.

lunes, 26 de enero de 2026

Cuando la ciudad se convierte en pared

Honnold escalando la torre el domingo, mientras una persona en el interior mira 
por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

El domingo pasado, Alex Honnold volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: desafiar lo imposible. El escalador estadounidense, famoso por el documental Free Solo, ascendió sin cuerda el Taipei 101, un rascacielos de 508 metros que durante años fue el más alto del mundo. No era una montaña, no había silencio ni naturaleza alrededor, solo cristal, acero, tráfico y miles de ojos mirando hacia arriba. La hazaña fue tan espectacular que Netflix la retransmitió en directo.

Escalar un rascacielos no es simplemente trasladar la escalada tradicional a un entorno urbano. Según quienes practican esta disciplina extrema, se trata casi de otro deporte. Existe un club diminuto, de apenas una decena de personas en todo el mundo, que se atreve a subir edificios de cientos de metros solo con su cuerpo. Y casi todos comparten algo más que músculos de acero y nervios de titanio, viven al margen de la ley.

La escalada de rascacielos suele ser ilegal. Alain Robert, conocido como el Hombre Araña francés, ha escalado alrededor de 200 edificios desde los años noventa y ha sido detenido más de 170 veces. Para él, la experiencia se parece a una película de acción con policías persiguiendo al villano mientras este se eleva por la fachada. Honnold es una excepción. Consiguió permiso oficial para su ascenso en Taiwán, algo rarísimo en este mundo clandestino.

El entorno urbano cambia por completo la experiencia. En lugar del paisaje sereno de lugares como El Capitán en Yosemite, los escaladores se enfrentan al ruido, a las multitudes y a la posibilidad real de que la policía los detenga a mitad de camino. Titouan Leduc, un joven francés que escaló la Torre Varso en Varsovia, lo resume con una imagen potente sentirse como King Kong en la ciudad.

El cuerpo también sufre de otra manera. En la roca, cada movimiento es distinto y plantea un nuevo problema. En un edificio, en cambio, todo es repetición. Ventana tras ventana, barra tras barra, el mismo gesto una y otra vez durante cientos de metros. Dan Goodwin, que en 1986 escaló la Torre CN de Toronto, explica que la verdadera prueba es la resistencia. No es hacer una dominada, es hacer cien. Al terminar, tenía ampollas, el hombro en llamas y el miedo todavía latiendo en el pecho.

Robert incluso creó su propio sistema de dificultad. Para él, los agarres importan más que la altura. La Torre Eiffel le pareció fácil, casi como una escalera. El Taipei 101 mereció un seis. El Burj Khalifa y la Torre Willis un nueve. Y el desafío máximo fue un edificio de oficinas en París donde toda su vida dependía literalmente de la punta de los dedos atrapados en una ranura de cristal.

No todos ven estas hazañas con entusiasmo. Algunos escaladores temen que la retransmisión de Honnold inspire imitaciones peligrosas. El mensaje de los veteranos es claro sin un nivel excepcional, intentarlo es jugar a la ruleta rusa. Pero para otros, como Robert, el riesgo es precisamente la razón de seguir subiendo. Porque, como él mismo dice, solo se siente verdaderamente vivo cuando está al borde del vacío.