
por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA
En 2007 nadie imaginó que una sencilla sesión de fotos para un calendario benéfico acabaría convertida en una de las imágenes más comentadas del fútbol. Lionel Messi, entonces una joven promesa del Barcelona, sostenía en brazos a un bebé llamado Lamine Yamal mientras lo bañaba frente a la cámara. Era una escena cotidiana, tierna y sin mayor trascendencia. Hoy parece un símbolo universal.
Ahora, con Messi y Lamine frente a frente en la final del Mundial de 2026, la fotografía ha adquirido una fuerza casi mítica. Millones la interpretan como una señal del destino y alimentan relatos sobre profecías, herencias deportivas y un relevo anunciado muchos años antes. Sin embargo, la realidad resulta aún más interesante.
La imagen nunca predijo el futuro. Fuimos nosotros quienes reinterpretamos el pasado después de conocer el desenlace. Cuando sabemos cómo termina una historia, sentimos que todo lo anterior conducía de manera inevitable hacia ese final. La memoria reorganiza los acontecimientos como si siempre hubieran seguido el mismo camino.
Si Lamine hubiera elegido otra profesión, si una lesión hubiera detenido su carrera o si Messi no hubiera asistido a aquella sesión, la fotografía seguiría olvidada en un archivo. La imagen sería exactamente la misma. Lo único que cambiaría sería nuestra forma de verla.
Esa tendencia ha fascinado a filósofos durante siglos. Hegel imaginó que la historia respondía a un orden racional que solo se comprende con el tiempo. En cambio, pensadores como Maquiavelo recordaron que la fortuna y el azar desempeñan un papel mucho mayor del que solemos aceptar. Más recientemente, Paul Ricoeur explicó que las personas convierten los hechos en relatos porque necesitan dar sentido a su experiencia y encontrar una coherencia que la realidad, por sí sola, rara vez ofrece.
El fútbol ofrece el escenario perfecto para ese impulso. La fotografía reúne todos los elementos de una gran historia porque un campeón sostiene en brazos a quien muchos consideran el gran talento del futuro. Su verdadero encanto nace precisamente de la casualidad. Nadie presente aquel día podía sospechar el valor que adquiriría con el tiempo. El pasado permanece igual. Lo que cambia es nuestra mirada. Las imágenes no contienen un destino escrito. Contienen posibilidades. El futuro les da voz y nosotros aprendemos a escucharlas cuando ya conocemos el final de la historia.
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