Un lector curioso ha aprendido a desconfiar de las "casas literarias" demasiado familiares. Después de ver Cien años de soledad, esta vez con el lápiz en la mano, encuentra en la novela una arquitectura que le recuerda a Máximo Gorki y a Los Artamónov de 1929. Allí también un patriarca levanta un mundo desde la nada, los descendientes reciben un apellido cargado de historia y una familia termina cayendo junto con el universo que construyó.
La comparación resulta incómoda, quizá porque obliga a mirar una novela célebre desde una esquina menos reverente. El lector reconoce en Macondo ciertos mecanismos conocidos. Una familia fundadora, generaciones que repiten nombres y destinos, la llegada de una modernidad extranjera y una comunidad que termina arrastrada por la historia. Todo eso forma parte de un viejo engranaje literario empleado por Gorki anteriormente.
Pero cuando llega el idioma, la memoria del lector cambia de dirección. Allí aparece la verdadera singularidad del libro. Las mariposas amarillas, la sangre que encuentra su camino hasta una madre y la manta que asciende al cielo pertenecen a un territorio que Gorki jamás pudo imaginar. El español de García Márquez convierte lo cotidiano en una experiencia casi física, como si las palabras hubieran pasado por el río y luego hubieran quedado secándose bajo el sol.
Por eso este lector no termina su juicio con una sentencia de rechazo. Termina escuchando. Puede reconocer los cimientos de una antigua "casa literaria" y, aun así, quedarse mirando sus ventanas.
Quizá esa sea la prueba más duradera de un gran libro. Cuando la historia se ha cerrado y sus personajes se han perdido, queda una voz capaz de hacer que la lluvia siga cayendo en la imaginación mucho después de cerrar el libro.
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