por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA
A todo el mundo le gustan las historias de caballeros, aventuras, gigantes, princesas y viajes por lugares desconocidos. Y hace mucho, mucho tiempo, en un lugar de La Mancha, vivía un hombre llamado Alonso Quijano. Alonso era un hombre tranquilo. Pero tenía una gran afición. ¡Le encantaba leer historias de caballeros! Leía sobre guerreros valientes que luchaban contra monstruos, gigantes y malvados enemigos. Leía tanto que, poco a poco, comenzó a imaginar que aquellas historias podían hacerse realidad.
Y un día decidió convertirse en caballero. Se puso una vieja armadura. Buscó un caballo flaco y viejo al que llamó Rocinante. Y eligió un nuevo nombre para él mismo: ¡Don Quijote de la Mancha! También necesitaba una dama a quien dedicar todas sus aventuras. Entonces pensó en una mujer llamada Aldonza Lorenzo. Pero Don Quijote decidió llamarla de una manera mucho más elegante: ¡Dulcinea del Toboso! Aunque Dulcinea no sabía nada de todo aquello.
Don Quijote estaba convencido de que debía salir al mundo para ayudar a los débiles y luchar contra el mal. Así que montó sobre Rocinante... ¡Y comenzó su aventura! Durante su primer viaje llegó a una posada. Pero Don Quijote estaba seguro de que no era una posada. ¡Era un castillo! El posadero se convirtió en su imaginación en un gran señor. Y después de muchas confusiones, Don Quijote consiguió que lo nombraran caballero. Entonces regresó a casa. Pero no tardó mucho en volver a salir.
Esta vez tuvo una idea. Necesitaba un escudero. Y encontró al hombre perfecto. Se llamaba Sancho Panza. Sancho era un campesino sencillo, práctico y muy amigo de la comida. Don Quijote le prometió que, después de sus aventuras, podría convertirse en gobernador de una isla. Sancho aceptó. Y así comenzó una de las amistades más famosas de todos los tiempos.
Don Quijote veía aventuras por todas partes. Sancho, en cambio, casi siempre veía las cosas como realmente eran. Un día llegaron a un campo. Don Quijote miró hacia el horizonte. Y vio algo terrible. ¡Gigantes! Eran enormes y tenían brazos larguísimos. Sancho miró mejor. —¡No son gigantes! ¡Son molinos de viento! Pero Don Quijote ya había decidido luchar. —¡No tengas miedo, Sancho! Y salió corriendo con Rocinante. ¡A toda velocidad! Don Quijote atacó uno de los molinos. Pero una de sus aspas golpeó la lanza... ¡Y lo lanzó por los aires!
Don Quijote terminó en el suelo. Sancho corrió a ayudarlo. —¿Ve? ¡Le dije que eran molinos! Pero Don Quijote no se rindió. Pensó que algún mago había transformado a los gigantes en molinos para impedirle ganar. Y siguió adelante. Después encontraron un grupo de ovejas. Don Quijote las miró desde lejos. ¡Y creyó que eran dos grandes ejércitos preparándose para una batalla! Sancho intentó explicarle la verdad. Pero Don Quijote ya estaba preparado para luchar. Una vez más, terminó en problemas. Y otra vez Sancho tuvo que ayudarlo.
Así pasaron los días. Don Quijote veía castillos donde había posadas. Gigantes donde había molinos. Ejércitos donde había ovejas. Y grandes aventuras donde otras personas solo veían cosas normales. Pero no todas sus aventuras fueron divertidas. Algunas personas se burlaban de él. Otras intentaban engañarlo. Y muchas veces Don Quijote terminaba golpeado, cansado y cubierto de polvo. Sin embargo, Sancho siempre estaba allí. Porque aunque no entendía las ideas de su amigo... ¡Nunca dejó de acompañarlo!
En uno de sus viajes, Don Quijote conoció a personas que querían hacerle una broma. Sabían que Don Quijote creía que era un gran caballero. Así que comenzaron a inventar historias para hacerlo continuar con sus aventuras. Pero Don Quijote seguía creyendo. Y Sancho seguía caminando detrás de él.
Durante el camino, los dos aprendieron mucho. Don Quijote enseñó a Sancho a soñar. Sancho enseñó a Don Quijote a mirar la realidad. Y aunque discutían muchas veces... También se ayudaban. Con el tiempo, Sancho llegó a querer mucho a su amigo. Y Don Quijote también comprendió que Sancho era mucho más que su escudero. Era su compañero. Su amigo. Y la persona que nunca lo abandonaba.
Pero finalmente llegó el momento de regresar a casa. Don Quijote había vivido muchas aventuras. Había conocido lugares extraños. Había luchado contra enemigos imaginarios. Y había descubierto que el mundo no siempre era como aparecía en los libros.
Un día se encontró con otro caballero. Era el Caballero de la Blanca Luna. Los dos se enfrentaron. Don Quijote luchó con todas sus fuerzas. Pero esta vez perdió. Y tuvo que cumplir una promesa: ¡Regresar a su casa! Así que Don Quijote y Sancho emprendieron el camino de regreso. Ya no había gigantes. Ya no había grandes ejércitos. Solo había caminos, campos y muchas cosas que recordar.
Cuando llegaron a casa, Don Quijote estaba muy cansado. Y entonces ocurrió algo inesperado. Alonso Quijano comenzó a darse cuenta de que muchas de las cosas que había imaginado no eran reales. Comprendió que los molinos eran molinos. Que las ovejas eran ovejas. Y que él no era un caballero de los libros. Era Alonso Quijano.
Su familia y sus amigos estuvieron a su lado. Y Sancho también. Don Quijote había cambiado. Pero antes de despedirse de este mundo, recordó todas las aventuras que había vivido. Y recordó especialmente a su gran amigo. Sancho.
Don Quijote no había encontrado gigantes. Ni castillos encantados. Ni grandes ejércitos. Pero sí había encontrado algo mucho más importante. Un amigo que estuvo a su lado hasta el final. Y tal vez esa fue su verdadera aventura.
A veces necesitamos soñar para atrevernos a hacer cosas increíbles. Pero también necesitamos a alguien que nos acompañe, nos ayude a levantarnos cuando caemos... Y nos recuerde que, incluso cuando el mundo parece extraño, nunca estamos solos.
FIN
A todo el mundo le gustan las historias de caballeros, aventuras, gigantes, princesas y viajes por lugares desconocidos. Y hace mucho, mucho tiempo, en un lugar de La Mancha, vivía un hombre llamado Alonso Quijano. Alonso era un hombre tranquilo. Pero tenía una gran afición. ¡Le encantaba leer historias de caballeros! Leía sobre guerreros valientes que luchaban contra monstruos, gigantes y malvados enemigos. Leía tanto que, poco a poco, comenzó a imaginar que aquellas historias podían hacerse realidad.
Y un día decidió convertirse en caballero. Se puso una vieja armadura. Buscó un caballo flaco y viejo al que llamó Rocinante. Y eligió un nuevo nombre para él mismo: ¡Don Quijote de la Mancha! También necesitaba una dama a quien dedicar todas sus aventuras. Entonces pensó en una mujer llamada Aldonza Lorenzo. Pero Don Quijote decidió llamarla de una manera mucho más elegante: ¡Dulcinea del Toboso! Aunque Dulcinea no sabía nada de todo aquello.
Don Quijote estaba convencido de que debía salir al mundo para ayudar a los débiles y luchar contra el mal. Así que montó sobre Rocinante... ¡Y comenzó su aventura! Durante su primer viaje llegó a una posada. Pero Don Quijote estaba seguro de que no era una posada. ¡Era un castillo! El posadero se convirtió en su imaginación en un gran señor. Y después de muchas confusiones, Don Quijote consiguió que lo nombraran caballero. Entonces regresó a casa. Pero no tardó mucho en volver a salir.
Esta vez tuvo una idea. Necesitaba un escudero. Y encontró al hombre perfecto. Se llamaba Sancho Panza. Sancho era un campesino sencillo, práctico y muy amigo de la comida. Don Quijote le prometió que, después de sus aventuras, podría convertirse en gobernador de una isla. Sancho aceptó. Y así comenzó una de las amistades más famosas de todos los tiempos.
Don Quijote veía aventuras por todas partes. Sancho, en cambio, casi siempre veía las cosas como realmente eran. Un día llegaron a un campo. Don Quijote miró hacia el horizonte. Y vio algo terrible. ¡Gigantes! Eran enormes y tenían brazos larguísimos. Sancho miró mejor. —¡No son gigantes! ¡Son molinos de viento! Pero Don Quijote ya había decidido luchar. —¡No tengas miedo, Sancho! Y salió corriendo con Rocinante. ¡A toda velocidad! Don Quijote atacó uno de los molinos. Pero una de sus aspas golpeó la lanza... ¡Y lo lanzó por los aires!
Don Quijote terminó en el suelo. Sancho corrió a ayudarlo. —¿Ve? ¡Le dije que eran molinos! Pero Don Quijote no se rindió. Pensó que algún mago había transformado a los gigantes en molinos para impedirle ganar. Y siguió adelante. Después encontraron un grupo de ovejas. Don Quijote las miró desde lejos. ¡Y creyó que eran dos grandes ejércitos preparándose para una batalla! Sancho intentó explicarle la verdad. Pero Don Quijote ya estaba preparado para luchar. Una vez más, terminó en problemas. Y otra vez Sancho tuvo que ayudarlo.
Así pasaron los días. Don Quijote veía castillos donde había posadas. Gigantes donde había molinos. Ejércitos donde había ovejas. Y grandes aventuras donde otras personas solo veían cosas normales. Pero no todas sus aventuras fueron divertidas. Algunas personas se burlaban de él. Otras intentaban engañarlo. Y muchas veces Don Quijote terminaba golpeado, cansado y cubierto de polvo. Sin embargo, Sancho siempre estaba allí. Porque aunque no entendía las ideas de su amigo... ¡Nunca dejó de acompañarlo!
En uno de sus viajes, Don Quijote conoció a personas que querían hacerle una broma. Sabían que Don Quijote creía que era un gran caballero. Así que comenzaron a inventar historias para hacerlo continuar con sus aventuras. Pero Don Quijote seguía creyendo. Y Sancho seguía caminando detrás de él.
Durante el camino, los dos aprendieron mucho. Don Quijote enseñó a Sancho a soñar. Sancho enseñó a Don Quijote a mirar la realidad. Y aunque discutían muchas veces... También se ayudaban. Con el tiempo, Sancho llegó a querer mucho a su amigo. Y Don Quijote también comprendió que Sancho era mucho más que su escudero. Era su compañero. Su amigo. Y la persona que nunca lo abandonaba.
Pero finalmente llegó el momento de regresar a casa. Don Quijote había vivido muchas aventuras. Había conocido lugares extraños. Había luchado contra enemigos imaginarios. Y había descubierto que el mundo no siempre era como aparecía en los libros.
Un día se encontró con otro caballero. Era el Caballero de la Blanca Luna. Los dos se enfrentaron. Don Quijote luchó con todas sus fuerzas. Pero esta vez perdió. Y tuvo que cumplir una promesa: ¡Regresar a su casa! Así que Don Quijote y Sancho emprendieron el camino de regreso. Ya no había gigantes. Ya no había grandes ejércitos. Solo había caminos, campos y muchas cosas que recordar.
Cuando llegaron a casa, Don Quijote estaba muy cansado. Y entonces ocurrió algo inesperado. Alonso Quijano comenzó a darse cuenta de que muchas de las cosas que había imaginado no eran reales. Comprendió que los molinos eran molinos. Que las ovejas eran ovejas. Y que él no era un caballero de los libros. Era Alonso Quijano.
Su familia y sus amigos estuvieron a su lado. Y Sancho también. Don Quijote había cambiado. Pero antes de despedirse de este mundo, recordó todas las aventuras que había vivido. Y recordó especialmente a su gran amigo. Sancho.
Don Quijote no había encontrado gigantes. Ni castillos encantados. Ni grandes ejércitos. Pero sí había encontrado algo mucho más importante. Un amigo que estuvo a su lado hasta el final. Y tal vez esa fue su verdadera aventura.
A veces necesitamos soñar para atrevernos a hacer cosas increíbles. Pero también necesitamos a alguien que nos acompañe, nos ayude a levantarnos cuando caemos... Y nos recuerde que, incluso cuando el mundo parece extraño, nunca estamos solos.
FIN