domingo, 4 de octubre de 2026

El nombre que no cabía en la fotografía

 
 por JOSÉ SAMUEL MÉRIDA

En Cusco, los hombres se reían antes de que él llegara. A veces esperaban a que estuviera cerca. Entonces levantaban la cabeza, se codeaban, decían algo entre dientes. Los niños eran más sinceros: corrían detrás de él y le preguntaban si podía tocar las nubes.

Juan de la Cruz Sihuana había aprendido a no contestar.

Venía de Llusco, de una tierra donde los hombres medían sus fuerzas contra la pendiente y donde nadie tenía tiempo para burlarse de la altura de otro. Allí había trabajado la tierra, conocido el hambre, el frío y el cansancio. Tenía más de cincuenta años, una mujer y ninguna criatura. No sabía si eso era una desgracia o simplemente otra de las formas en que la vida había decidido quedarse incompleta.

Medía dos metros y diez centímetros. En el campo, su cuerpo servía para levantar cargas, alcanzar ramas, abrir surcos. En la ciudad no servía para nada. Era demasiado visible.

Una mañana de 1925, en el mercado de Cusco, un hombre se le acercó y le habló en quechua. Eso fue lo primero que Juan recordaría de Martín Chambi: que no tuvo que mirarle la boca para entenderlo. Hablaron de las lluvias, de los caminos, de los precios. Después, Chambi lo invitó a su estudio de la calle Marqués.

Juan aceptó.

El estudio olía a madera y productos químicos. Había una cámara enorme, sostenida por un trípode. Chambi le pidió que permaneciera quieto. Juan obedeció. Había aprendido que, en ciertos lugares, la dignidad consistía en no preguntar demasiado.

Primero lo fotografió solo. Después entró un muchacho llamado Víctor Mendívil, vestido con traje oscuro y corbatín. Chambi lo colocó junto a Juan y le pidió que apoyara una mano sobre su hombro. El muchacho obedeció. Juan sintió aquella mano como una cosa liviana. Miró al frente. No sonrió.

Detrás de la cámara, Chambi preparó el obturador.

Hubo un pequeño ruido.

Nadie le explicó que aquella fracción de segundo iba a durar más que su vida.

Juan quería viajar a Lima. Esperaba encontrar trabajo, ganar dinero, regresar con algo que justificara tantos años de esfuerzo. No quería ser rico. Quería que su mujer pudiera comprar harina sin calcular cuántos días faltaban para la próxima cosecha.

Un periodista lo entrevistó. Le preguntó por su matrimonio, por el campo, por su estatura. Juan respondió lo que pudo. La entrevista apareció en una revista de Lima, acompañada de sus fotografías. En las calles de Cusco algunos continuaron riéndose.

La fama era una forma de hambre que no se podía comer. La gente lo miraba, pero nadie le ofrecía trabajo. Sus ojos recorrían su cuerpo como si él les debiera una explicación.

Una tarde, su mujer le preguntó si en Lima también se reían de él. Juan dijo que no lo sabía. No le dijo que empezaba a tener miedo de ir.

Después, Juan desapareció de la manera ordinaria en que desaparecen los campesinos, sin monumentos, sin noticias, sin que nadie tenga la obligación de recordar el día exacto. La fotografía, en cambio, sobrevivió.

Tras la muerte de Chambi, en 1973, sus negativos comenzaron a salir de los archivos. La imagen de los dos hombres viajó por museos, libros y exposiciones. Atravesó fronteras y llegó a países cuyos idiomas Juan nunca habría entendido.

Le pusieron un nombre nuevo.

El gigante de Paruro.

Los visitantes se detenían frente a la fotografía. Observaban las sandalias, el poncho, los pantalones remendados. Medían con los ojos la distancia entre los dos hombres.

Juan ya no tenía mujer, ni deudas, ni hambre, ni una casa a la que regresar. Tampoco conservaba sus recuerdos. Nadie podía ver en aquella imagen el frío de las alturas ni el silencio de una habitación cuando la lluvia impedía salir a trabajar.

Era un gigante.

Y los gigantes, al parecer, no tienen derecho a una vida pequeña.

En 2001, el investigador Herman Schwarz encontró en periódicos antiguos las fotografías y la entrevista publicadas en 1925. Allí estaban la fecha, la procedencia y el nombre.

Juan de la Cruz Sihuana.

Llusco.

Chumbivilcas.

No Paruro. No 1929.

El error había viajado por el mundo con una eficacia que el hombre jamás habría conseguido por sí solo. La verdad, en cambio, había permanecido doblada entre las páginas de un periódico.

Cuando se corrigió el nombre, la fotografía no cambió. Juan siguió teniendo dos metros y diez centímetros. La mano del muchacho continuó descansando sobre su hombro. Las sandalias siguieron siendo las mismas.

Nada cambió en la imagen.

Algo, sin embargo, había regresado.

No su vida. Eso no podía devolvérselo nadie. Había regresado el lugar de donde venía, la tierra que había trabajado, el año que le pertenecía. Con ellos volvía, al menos, el derecho a no ser confundido.

A veces pienso en lo que habría sentido Juan si hubiera podido entrar en uno de aquellos museos y encontrarse colgado de una pared. Si habría reconocido su rostro bajo las luces, si habría sentido orgullo o vergüenza. Quizá habría buscado primero al muchacho del traje. Quizá habría vuelto a ponerle la mano en el hombro.

Hay algo que me inquieta más.

En 1925, cuando la fotografía apareció en los periódicos de Lima, su nombre estaba allí. También su procedencia. No había misterio, ni leyenda, ni necesidad de adivinar. Alguien había escrito el nombre de Juan de la Cruz Sihuana y señalado su procedencia, Llusco, Chumbivilcas.

El nombre había estado a la vista desde el principio.

Durante décadas, los museos lo llamaron de otra manera. Los libros repitieron el error. Los catálogos lo reprodujeron con la seguridad de quien no necesita preguntar. La fotografía viajó miles de kilómetros y fue contemplada por millones de ojos. Bastó con que nadie volviera a leer el pie de imprenta para que un hombre perdiera su lugar en el mundo.

En 2001, Herman Schwarz no descubrió quién era aquel gigante. Descubrió que alguien ya lo había dicho.

Entonces comprendí que la verdadera historia no estaba en la fotografía, sino debajo de ella, en aquellas letras pequeñas que nadie se había detenido a leer.

Juan de la Cruz Sihuana.

Llusco.

Chumbivilcas.

No era un gigante de Paruro ni una curiosidad de 1929. Era un hombre que había vivido, trabajado, amado y deseado marcharse a Lima. Su existencia había sido más grande que el espacio que le concedieron en la historia.

La fotografía sigue mostrando a dos hombres. Uno lleva traje y corbatín; el otro, un poncho gastado. El campesino apoya un brazo sobre el hombro del muchacho. Mientras el hombre alto mira hacia la cámara, el joven vuelve el rostro hacia él.

Ahora, cuando contemplo la imagen, ya no me pregunto cuánto medía Juan.

Me pregunto cuántas personas pasaron frente a él sin leer su nombre.

Y cuántas, después de haberlo leído, siguieron llamándolo gigante.

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