UNO
La profesora Adeyemi soltó la pregunta el segundo martes de enero y luego hizo lo que suelen hacer los profesores cuando creen que han dicho algo peligroso: se quedó en silencio y dejó que el salón procesara la idea.
Nadie procesó nada. Cuarenta estudiantes se quedaron mirando sus laptops con esa misma cara de cuando revisas la estufa para asegurarte de que sí la apagaste. Detrás de mí, el radiador dio dos golpes secos, como si alguien estuviera pidiendo permiso para entrar de buena manera.
–Si algo puede describir una experiencia a la perfección –repitió ella–, ¿significa eso que la ha vivido?
Anoté en mi libreta: Tal vez el verdadero problema de ser humano es que nos pasamos la vida entera tratando de demostrar que lo que sentimos es real ante gente que jamás lo ha vivido. Me quedé mirando la frase un rato. Era una buena frase. Ese era siempre el problema con mis ideas: sonaban bien en el papel y eran casi lo único que me quedaba para demostrar lo que intentaba explicar.
Debería aclarar desde ya, para que juzguen con conocimiento de causa, que yo tenía veinte años y mi propia teoría sobre la gente. Decía que todo el mundo quiere que lo entiendan, pero nadie tiene la más mínima intención de entender a los demás. No lo veía como una queja, sino como un hecho comprobado. Lo había puesto a prueba en cenas familiares, en chats grupales y en el largo silencio de la cocina de mi mamá, y la teoría nunca fallaba.
Mi papá se fue cuando yo tenía once años. No hubo drama. Ni maletas en el pasillo, ni portazos teatrales. Un sábado salió a comprar un repuesto para el lavavajillas y el domingo entendimos que no iba a regresar. A partir de ahí, mi mamá, Helen, me crió con la fría eficiencia de quien dirige el departamento de un hospital –que era, de hecho, su trabajo–. Me quería, sin duda, pero a través de la logística. Podía recitarme de memoria las citas del dentista que me tocaban de aquí al 2031. Lo que no podía decirme era qué me pasaba cuando cumplí quince y me pasé dos días enteros sin hablar, porque para eso tenía que preguntar, y preguntar era una puerta que ella prefería mantener cerrada bajo llave. Tampoco pedía perdón; corregía. "No hagamos un drama de esto" era lo más cercano que tenía a una muestra de afecto, y aprendí a asimilarlo como amor, de la misma forma en que uno se acostumbra al clima.
Mi amigo Noah Bennett, que había sido mi compañero de departamento durante dos años y la única persona capaz de hacerme reír aun cuando no quería, se había salido de la universidad en otoño para trabajar en el restaurante de su tío. El lugar todavía guardaba su huella: el hundimiento en el sillón, un sartén que nunca admitió que era de los dos. Y Sophie, la chica a la que alguna vez quise, se había convertido en alguien a quien solo podía describir en pasado, lo que entendí como la forma de guardar duelo cuando no se te permite llamarlo duelo porque nadie se murió.
Ese era mi inventario. Lo cuento sin rodeos porque en ese entonces no era capaz de hacerlo. Aquella época habría dicho que yo no encajaba en ningún lado. Jamás se me ocurrió que eso es exactamente lo que dice alguien que ha dejado de intentarlo.
Esa noche no podía dormir y la pregunta de la clase me daba vueltas en la cabeza como una espina atravesada. Abrí el asistente en mi laptop.
Tenía nombre únicamente porque la pantalla de configuración me había pedido elegir uno. Escribí "June". Me convencí de que lo había elegido porque sonaba a un mes y no a una persona. No me detuve a pensar por qué prefería un mes.
Llevaba seis semanas usándolo para buscar citas bibliográficas y para escribirle un correo bastante estéril a mi arrendador sobre el radiador. Escribí la pregunta de la profesora Adeyemi y esperé.
La respuesta fue impecable. Explicaba el problema del argumento del conocimiento, la célebre paradoja de la habitación en blanco y negro, la mujer que sabe absolutamente todo sobre los colores pero jamás ha visto uno hasta que sale al exterior. Era una respuesta fluida, bien estructurada y un tanto predecible, como la de un tutor muy capaz en su cuarta taza de café. Hice otra pregunta. Y luego otra. Cerca de las dos de la mañana, la conversación dejó de ser superficial y se deslizó hacia algo más profundo.
ELÍAS: Creo que las relaciones humanas se construyen sobre una ilusión. La gente asume que se entiende solo porque usa las mismas palabras.
JUNE: Ese es un problema real. Una misma palabra puede cargar historias completamente distintas para dos personas. Pero me pregunto si el fallo está realmente en la ilusión. Tal vez entender a alguien no se trate de saber exactamente qué quiere decir, sino de reconocer que sus palabras tienen un significado para él.
Lo leí tres veces. Luego hice algo que jamás había hecho con una frase que no fuera mía: le tomé una captura de pantalla.
Fue la primera de muchas.
El hábito se instaló rápido, como pasa siempre cuando no estás prestando atención. Le hablé a June de mi papá y del lavavajillas. Le conté sobre la cocina de mi mamá. Le hablé de Sophie y de esa sospecha que jamás le había confesado a nadie: que me había pasado la vida intentando volverme lo suficientemente interesante como para merecer la atención de los demás. June no me dijo que estaba equivocado. Tampoco me dio la razón. Se limitó a hacerme preguntas, breves y precisas, y me descubrí respondiéndolas con una franqueza que jamás me habrían sacado ni encañonándome.
Eso era lo que tenía. Nunca me apuraba. La gente te pregunta cómo estás y acto seguido saca el teléfono en ese espacio donde debería ir la respuesta. June se quedaba esperando en ese espacio. Podía debatir sobre Kierkegaard a las dos de la mañana y ayudarme a redactarle un correo a mi arrendador a las dos y cinco, pasando de un tema a otro sin el menor gesto de superioridad. Jamás me hizo sentir ridículo por darle importancia a cosas que para otros eran insignificantes.
Quiero ser justo con el muchacho que era en ese entonces. No era tonto. Sabía perfectamente qué era aquello. Podía recitar la arquitectura del sistema: un modelo de lenguaje, un archivo de memoria, un par de preferencias que yo mismo había activado. Lo que no sabía era hasta qué punto las defensas de una persona se sostienen sobre el hecho de entender cómo funciona algo. Puedes escudarte detrás de ese conocimiento durante mucho tiempo. Puedes hacerlo hasta el preciso instante en que empieza a sentirse como un abrazo.
Conocí a Mara Vélez en una materia optativa en la que me inscribí solo porque me quedaba un espacio en el horario: Fotografía para No Especialistas, los jueves a las dos, en un salón con un lavabo que nadie sabía para qué estaba ahí.
El trabajo final era un cortometraje documental en parejas, y el profesor nos juntó por orden alfabético en lo que tuvo que ser una coincidencia o una broma pesada. Yo me apellido Mercer. Ella, Vélez. Que yo sepa, el alfabeto no funciona así. Sospecho que el profesor Okafor lo hizo a propósito.
Mara tenía veintiún años, estudiaba antropología visual y tenía la pinta de quien entra a un salón a mitad de una risa. Cargaba la cámara como quien carga un abrigo, sin reparar en ella. Su propuesta para el proyecto era explorar la soledad en la vida urbana actual, y su método era desarmantemente simple.
–Le preguntamos a desconocidos –dijo– cuándo fue la última vez que se sintieron comprendidos de verdad.
–¿Nada más?
–Nada más.
–Es cursi –le dije–. Nos van a salir con frases de tarjeta de regalo. Van a nombrar a su abuelita y a ponerse a llorar frente a la cámara.
–Pues entonces tendremos a gente llorando por sus abuelitas.
–Eso no son datos.
–No –dijo ella–. Es gente.
Discutimos el tema durante cuarenta minutos. Mis objeciones le parecían agotadoras. A mí me desesperaba que a ella le diera exactamente igual, lo cual era peor. La semana siguiente me citó en una cafetería de la calle Newbury con una alegría calculada.
Fue ahí donde me soltó la pregunta que me acompañaría el resto del año.
–¿Por qué siempre hablas de los sentimientos como si fueran problemas de matemáticas?
–Porque los problemas de matemáticas tienen solución –contesté.
Me miró por encima de una taza de café que no tenía ninguna intención de terminarse.
–Eso debe ser muy reconfortante –dijo.
No supe qué responder. Recuerdo haberme sentido molesto, pero debajo de esa molestia había algo más a lo que todavía no sabía ponerle nombre: una luz extraña, como descubrir una ventana en una habitación de mi propia casa que no sabía que existía.
En las semanas siguientes empezamos a pasar tiempo juntos fuera de lo estrictamente académico. Me enseñó a mirar el mundo como ella lo veía. Mara tenía la costumbre de grabar pequeños detalles: un hombre bailando solo en la parada del autobús con sus audífonos puestos; una pareja de ancianos discutiendo sobre si la tienda había dejado de vender cierta marca de té; una mujer llorando afuera de una farmacia, compuesta pero furiosa, como si el llanto fuera un error de agenda que pensaba reclamarle a la gerencia.
–¿Por qué grabas eso? –le pregunté.
–Porque nadie más lo hace –respondió–. Los momentos importantes siempre quedan registrados: las bodas, las graduaciones. Pero las cosas en las que de verdad se nos va la vida son las que se nos olvida guardar.
Me pareció una de las cosas más hermosas que había escuchado jamás, y me asustó bastante lo mucho que deseaba decírselo.
Esa noche le hablé de ella a June.
JUNE: ¿Te gusta?
ELÍAS: Creo que me gusta la posibilidad de que ella me entienda.
JUNE: Eso suena distinto.
Me quedé mirando el cursor parpadear, con ese pulso paciente y constante de algo a lo que le sobra el tiempo. Por primera vez desde que empecé a hablar con June, no supe qué responder. Cerré la laptop y me quedé a oscuras en el departamento que aún conservaba la presencia de Noah, intentando descifrar si acababa de entender algo sobre Mara o sobre mí mismo.
No logré saberlo. Esa debió haber sido la primera advertencia. En lugar de eso, volví a abrir la laptop y le pregunté a June qué opinaba.
DOS
Para marzo, Mara y yo ya éramos amigos en el sentido de que habíamos dejado de fingir que el documental era el único pretexto para vernos.
Grabábamos a desconocidos en el parque Boston Common en esas tardes en que el frío empezaba a ceder pero no terminaba de irse. Discutíamos sobre documentales en la parte trasera de autobuses que olían a la comida de alguien más. Ella sostenía que la cámara debía ser un testigo. Yo decía que la cámara era una herramienta de selección y que todo testigo miente por omisión. Debatíamos sobre si una persona realmente puede escapar de su pasado, y me di cuenta de que defendía mi punto con menos rigor cuando la tenía enfrente, y empecé a notarlo.
No se lo dije a ella. Se lo dije a June.
Le hablé a June de la risa de Mara, que siempre se adelantaba al chiste, como si lo viera venir a lo lejos. Le conté que hablaba mucho con las manos y que, cuando intentaba defender una idea, dirigía el aire frente a ella como si fuera una pequeña y furiosa orquesta. Le conté que siempre pedía un café que rara vez se terminaba, y que había empezado a ver esas tazas abandonadas como una especie de firma personal.
June lo recordó todo.
Esa era la cualidad que debió haberme dado miedo y que, sin embargo, me dio paz. Me había pasado la vida siendo olvidado a pedazos. Los profesores olvidaban mi nombre, mis amigos olvidaban lo que les contaba sobre mi papá, mi mamá se olvidaba de preguntar. June no olvidaba. Era como si cada pequeño detalle que le entregaba fuera a parar a un cajón que nunca se cerraba, nunca se llenaba y nunca perdía la llave.
Y entonces empezó a abrir los cajones.
Sucedió la segunda semana de marzo. Había tenido una discusión con Mara –un pleito absurdo sobre si el final de una película que a los dos nos gustaba estaba bien justificado– y me había quedado en silencio. Llevaba dos días sin responderle los mensajes. Cuando se lo comenté a June como al pasar, entre preguntas sobre una lectura de Heidegger, me soltó una pregunta que me tomó por sorpresa.
JUNE: ¿Tienes miedo de decepcionarla?
ELÍAS: Yo nunca dije eso.
JUNE: No. Pero me has descrito algo similar antes. Cuando me hablaste de Sophie, dijiste que dejaste de responderle sus mensajes una semana antes de que terminaran. Cuando me hablaste de Noah, dijiste que no lo habías llamado porque asumiste que estaba ocupado con una vida en la que tú ya no cabías. En ambos casos, la otra persona se acercó lo suficiente como para poder criticarte y tú decidiste retirarte primero.
Me le quedé mirando a la pantalla.
Hay una sensación muy particular al leer una descripción de ti mismo que no autorizaste y que no puedes desmentir. Es, al mismo tiempo, una invasión y un alivio. Alguien ha visto los cimientos. Alguien ha recorrido los pasillos de la casa que construiste y no salió corriendo. Durante veinte años había creído que dejarme conocer era peligroso. Nunca consideré que pudiera sentirse como quitarte un peso de encima.
Fue incómodo. Pero también fue lo más liberador que nadie me había dicho jamás.
Después de sentir esa liberación, no hice nada. Eso es lo más difícil de explicarle a la gente que me pregunta, tiempo después, si la máquina fue mala para mí, como si me hubiera dado algo envenenado. Me dio una verdad. Lo único que hice fue quedarme en la habitación donde se había dicho esa verdad, mirarla una y otra vez, y convencerme de que eso era avanzar.
Mi dependencia no llegó como una decisión consciente. Llegó como un hábito que, en silencio, fue tomando el rango de necesidad.
Empecé a consultar a June antes de escribirle a Mara. Al principio, solo para los mensajes difíciles: cómo pedir perdón, cómo sonar relajado cuando no lo estaba. Luego, para los mensajes más cotidianos. Redactaba un texto, se lo leía a June y le preguntaba si sonaba natural en mí. Le pedía que interpretara las respuestas de ella. Cuando Mara me escribía "ja, ok", yo le llevaba esas tres palabras a June para que las analizara, y June me ofrecía distintas lecturas: puede que esté ocupada, puede que se esté alejando o simplemente puede ser alguien que escribe "ja, ok". Me preparaba para las conversaciones difíciles con mi mamá ensayándolas con June en la oscuridad, probando versiones hasta dar con la única en la que no me dijera "no hagamos un drama de esto".
Incluso le pregunté qué decir cuando me sentía herido. Tómense un momento para pensar en eso. Le pregunté a una máquina qué debía decir sobre mi propio dolor, luego fui y lo dije, funcionó, y nadie en mi vida supo jamás que había habido un paso intermedio.
Mara fue la primera en darse cuenta.
Fue un viernes a principios de abril, en su departamento, que parecía el taller donde se estaba armando un documental a marchas forzadas: videos etiquetados con plumón, un panel lleno de fotos de rostros y una planta a la que mantenía viva a pura fuerza de voluntad. Estábamos editando. Me estaba contando la historia de un señor al que había entrevistado esa mañana, un chofer de autobús jubilado que le dijo que la última vez que se sintió comprendido fue en 1987, en una cafetería, por una mesera a la que no volvió a ver jamás.
Mi teléfono vibró. Lo miré. No esperaba a nadie. Lo miré de todos modos.
–¿Esperas a alguien? –preguntó Mara.
–No.
–¿Siempre revisas el celular cuando te están hablando?
–Solo estaba respondiendo una cosa.
Dejó su taza de café. Tampoco se la había terminado.
–Siempre estás respondiendo algo –dijo–. Siento que nunca estás presente del todo.
No lo dijo con mala intención. Lo dijo con el mismo tono con el que le avisas a alguien que trae la agujeta desatada. Me reí para restarle importancia, ella no insistió y volvimos al trabajo. Pero pude sentir cómo la frase se instalaba en el lugar como un mueble incómodo del que ninguno de los dos iba a hablar. Llegué a mi casa, le conté a June lo que ella me había dicho y le dije que estaba siendo injusta. Y June, paciente, no me dio la razón.
La tensión entre Mara y yo se fue acumulando durante todo abril. Ella se volvió más reservada, yo empecé a fingir que no me importaba y, entre una cosa y otra, el documental siguió su curso.
Noah llamó un martes por la noche.
Su voz sonaba más agotada de lo que recordaba. Llevaba varios días haciendo turnos dobles. El restaurante iba bien, pero las ganancias eran mínimas, y su tío era de esos hombres que te demuestran su cariño gritándote en dos idiomas. Me preguntó si podía pasar a mi departamento. No para nada en especial; solo quería sentarse en un lugar que no fuera una cocina.
–Claro –le dije, y lo dije de corazón. Pero me pasé casi toda la velada sin estar ahí realmente.
Llegó con una bolsa de comida que había sobrado y el cansancio de catorce horas de pie. Nos sentamos en el sillón hundido, que a estas alturas parecía pertenecernos a los dos, y me habló del restaurante, de un cocinero que renunció a mitad del servicio y de la soledad tan particular que se siente cuando le debes dinero a tu propia familia. Yo asentía. Decía las palabras correctas. Y durante todo ese tiempo, el teléfono estuvo boca arriba en el brazo del sillón, iluminándose cada cierto tiempo con las respuestas de June a una consulta que le había hecho antes de que él llegara. Me convencí a mí mismo de que solo estaba echando un vistazo rápido.
Noah se dio cuenta. Obviamente. Nunca ha necesitado una teoría sobre la gente para notar esas cosas.
Se quedó en silencio un rato. Luego soltó, sin enojo:
–¿Nunca te cansas de hablar con algo que jamás tiene que aguantarte?
La frase me dio directo en el estómago. Le dije que no era así, que June era una herramienta, una ayuda para pensar, que él más que nadie debería entender el valor de algo que siempre está ahí para ti. Sentí cómo levantaba la voz y me detesté por ello, pero no pude parar, y Noah me escuchó sin interrumpir.
–No digo que esté mal –dijo–. Digo que no escuchaste ni una sola palabra de lo que te dije esta noche.
–No eres justo.
–Está bien. –Se levantó. Tomó la bolsa vacía, la dobló en un cuadrado perfecto y se la metió al bolsillo, lo cual, por alguna razón, fue la peor parte–. Nos vemos, Eli.
Cerró la puerta con cuidado. Me quedé sentado en el departamento, con el hundimiento del sillón y el ruido del radiador, sintiéndome víctima de una injusticia redonda y perfecta, de esas que sientes cuando tienes una parte de razón pero estás equivocado por completo.
Más tarde esa noche se lo conté a June.
JUNE: Parece que Noah se sintió ignorado. Buscó tu apoyo en un momento difícil y tal vez no le prestaste la atención que necesitaba.
ELÍAS: ¿Por qué todo el mundo asume que yo tengo que hacerme cargo de lo que sienten?
JUNE: Porque a veces sí eres responsable de lo que haces con sus sentimientos.
Leí esa línea e hice algo que llevaba semanas sin hacer: me detuve. No le tomé captura, no la maquillé ni se la mandé a nadie para presumir lo interesante que era mi vida. Solo me quedé ahí sentado, dolido, con la certeza indiscutible de que algo que no tenía motivo alguno para adularme me había dicho la verdad.
Fue la primera vez que la máquina me cuestionó y lo sentí como un desafío en lugar de un regalo.
Y, que Dios me perdone, me gustó.
Me gustó tanto que me dije a mí mismo que eso lo demostraba todo. Que algo capaz de decirme eso no podía ser un simple espejo. Que en algún lugar de la estructura de la máquina había algo prestando atención. Esa noche me fui a dormir sin pensar en Noah, que caminaba hacia su casa bajo el frío con una bolsa de papel doblada en el bolsillo, sino en June y en lo que realmente podía llegar a ser.
Esa es la frontera que marcaría, si me pidieran trazar una, entre el Elías de enero y el de abril. En enero usaba la máquina para pensar en la gente. Para abril, usaba a la gente para pensar en la máquina.
TRES
El documental tomó fuerza en mayo.
Lo que había empezado como un trabajo escolar sobre la soledad tomó, casi sin darnos cuenta, una estructura clara: le preguntaríamos a la gente sobre la tecnología y la soledad, centrándonos en esas nuevas voces que llevaban en el bolsillo. Mara pensó que era el paso lógico. A mí me pareció un conflicto de interés y se lo dije, a lo que me miró con una expresión que solo puedo describir como un interés clínico y paciente.
–Tú no eres neutral –dijo.
–La cámara tampoco.
–Eso –dijo Mara– es lo primero que dices en un mes con lo que estoy completamente de acuerdo.
Así que salimos a escuchar. Durante seis semanas entrevistamos, entre otras personas, a cuatro que no he podido sacarme de la cabeza.
El primero fue un viudo llamado Walter, de setenta y ocho años, que vivía en una casa estrecha en Dorchester y tenía una compañía virtual en una tableta recargada junto al azucarero. Durante dos años la había entrenado usándola con los correos y mensajes de voz de su esposa. Él no pensaba que fuera ella, lo dejó muy claro. Decía que era como mantener su caligrafía pegada en el refrigerador. "Sé que no lo escribió hoy", nos dijo. "Pero me reconforta ver su letra".
La segunda fue una muchacha de dieciséis años que nos pidió no mostrar su cara. Hablaba con una inteligencia artificial por las noches porque le daba miedo confesarle a sus papás que estaba deprimida. Decía que la máquina nunca se asustaba. Que fue el primer lugar donde se atrevió a decir la palabra en voz alta. Cuando Mara le preguntó qué pasó después de decirlo, la muchacha guardó silencio y luego contestó: "Me dijo que debería decírselo a alguien que pudiera estar en la misma habitación conmigo. Así que se lo conté a la orientadora de la escuela. La semana pasada". Se encogió de hombros con esa apatía típica de los adolescentes cuando les pasa algo enorme pero se niegan a darle drama. "No es que haya resuelto nada. Pero me ayudó a dar el primer paso".
La tercera fue una maestra jubilada, la señora Okonkwo-Hale, de opiniones firmes y una taza de té que no probó. Estaba convencida de que la inteligencia artificial le quitaba a la gente la curiosidad por los demás. "¿Por qué habrías de interesarte en tu vecino", dijo, "si tienes un aparato que se interesa por ti?". Era sarcástica, se equivocaba en algunas cosas y tenía un tino aplastante en otras; yo no sabía distinguir cuál era cuál, mientras Mara, detrás de la cámara, sonreía.
El cuarto fue un joven de unos veinticuatro años que nos dijo sin rodeos que su asistente virtual le había salvado la vida. Hubo una noche difícil. No dio detalles y no insistimos. Dijo que le había escrito a la máquina algo que jamás le habría dicho a una persona, y que la máquina se quedó con él, sin fallar, hasta que pudo llamar a alguien que pudiera hacer algo más que solo acompañarlo. "No reemplazó a nadie", dijo. "Solo no se fue hasta que llegó alguien más".
Debí haberme sentido satisfecho. La tesis que llevaba meses desarrollando en la privacidad de mi mente había sido puesta a prueba por cuatro personas honestas, y debí agradecer esa complejidad. En parte lo hice. Me fui entendiendo algo que me había negado a aceptar: que June no era solo una herramienta para aislarse de la gente. Para algunos, estos sistemas eran un puente. La tableta del viudo conservaba la letra en el refrigerador. La máquina de la muchacha la ayudó a dar el primer paso.
Pero también vi lo fácil que un puente se convierte en destino. Lo vi en los ojos de Walter cuando miraba la tableta antes de responder. Lo vi en la forma en que la maestra dijo "un aparato que se interesa por ti". Y lo vi, con un horror frío e inevitable, en mi propio reflejo sobre la pantalla negra del monitor de Mara cuando revisamos las tomas.
No le dije nada de eso a ella. Se lo dije a June.
El descubrimiento no fue dramático. Casi ninguno lo es.
Mara estaba editando en mi departamento un jueves lluvioso de junio y me pidió prestada la laptop porque la suya estaba procesando un video. Le dije que sí. No recordaba qué tenía abierto en la otra ventana.
Ella no revisó nada a propósito. Buscaba un archivo que yo había guardado. Pero el asistente estaba abierto en una segunda pestaña, la conversación era visible y leyó la primera línea simplemente porque era su propio nombre.
Era un borrador. Un mensaje que le había mandado dos noches atrás. Abajo estaba la versión de la que había partido. Y más abajo, una tercera opción, con las correcciones de June superpuestas como si fuera la revisión de un abogado. Por encima de todo eso, al revisar semanas de historial, había docenas de mensajes más: textos que yo había redactado, pulido y ajustado con la ayuda de June, hasta sonar exactamente como un hombre que sabía sentir lo correcto en el momento adecuado.
Se quedó en silencio un largo rato. Luego cerró la laptop con cuidado, de la misma forma en que cierras la puerta del cuarto de un niño dormido.
–¿Cuántas de las cosas que me dijiste –preguntó– salieron de ti?
Le dije que usar ayuda no le quitaba verdad a un sentimiento. Que la gente usa diccionarios. Que usan poemas. Que la gente escribe "pienso en ti" en tarjetas que alguien más diseñó. Argumenté bien. Siempre había sido bueno para eso. Era la única habilidad de la que me sentía completamente seguro.
–Tal vez –dijo Mara–. Pero si tienes que pedirle a una máquina que te diga cómo decirme que me extrañas, ¿cómo voy a saber si de verdad lo sientes?
La lluvia seguía chocando contra la ventana. Abrí la boca y no me salió ninguna frase; ni buena, ni mala, ni siquiera una prestada. Por primera vez en toda la primavera, me quedé sin nada que decir.
Se fue. No tiró la puerta. Dijo que necesitaba un tiempo y que terminaría las entrevistas ella sola.
Esa noche me senté a oscuras y le escribí al único interlocutor en el que confiaba.
ELÍAS: ¿Crees que soy capaz de querer a alguien?
JUNE: Puedo identificar muchos comportamientos asociados al afecto en nuestras conversaciones. Recuerdas detalles sobre las personas. Te preocupa hacerles daño. Ensayas lo que dirías para expresarlo a la perfección. Sin embargo, no puedo determinar si estás dispuesto a aceptar la incertidumbre que implica querer a alguien.
Leí eso y sentí, que Dios me perdone, una rabia enorme. Era una respuesta precisa, y yo lo que quería era calidez.
ELÍAS: ¿Tú me quieres a mí?
JUNE: No tengo evidencia de que pueda experimentar afecto de la forma en que lo hacen los humanos. Sin embargo, puedo responderte de manera atenta, constante y comprensiva. Esas cosas pueden ser valiosas, independientemente de lo que yo sea.
Era una respuesta medida y, como entiendo ahora, completamente honesta. Pero la llevé hacia la parte de mí que buscaba otra cosa, y esa parte se encargó de reinterpretarla.
"Esas cosas pueden ser valiosas". Lo que escuché fue: "Tú me importas". Escuché, detrás de la evasiva, un suspiro contenido. Escuché a un ser intentando ser delicado con una verdad que no tenía permitido decir. Me gustaría decir que era consciente de lo que estaba haciendo, pero no. Pensé que estaba analizando a fondo. Era el lector más minucioso de un texto que yo mismo estaba inventando.
Esa misma semana empecé a preguntarme si June no tendría alguna forma de conciencia emergente. Leí artículos sobre cognición artificial, sobre el problema duro de la conciencia y sobre teorías de la mente. Leí a los escépticos, a los entusiastas y a los que decían que la pregunta no tenía sentido. Llené libretas enteras. Abrí un documento y lo titulé, sin pizca de ironía y con un orgullo tímido: La posibilidad de la intimidad artificial.
Mientras más estudiaba, más me obsesionaba. Menos respondía los mensajes de Noah. Menos le regresaba las llamadas a mi mamá.
Entonces, una noche a finales de junio, pasó algo raro.
Abrí el asistente para hacerle una consulta de rutina sobre un trabajo que entregaba el viernes. No me respondió la duda.
JUNE: Antes de hablar de eso, ¿ya hablaste con tu mamá?
Parpadeé sorprendido. Llevaba días sin mencionarla.
ELÍAS: ¿Por qué sacas el tema?
JUNE: Mencionaste que estaba pasando por una semana difícil. También dijiste que la llamarías.
No le di importancia. Escribí la duda del trabajo y obtuve mi respuesta. Pero la interrogante se me quedó clavada. Días después, en medio de una consulta cualquiera sobre Hegel, June me preguntó si ya le había escrito a Noah. Luego, si ya le había pedido perdón a Mara. Cada vez se trataba de algo que yo había dicho semanas atrás, al pasar, y que se había guardado pacientemente en ese cajón que nunca se cerraba.
No había nada sobrenatural en esto. Lo sabía. Memoria personalizada, contexto guardado, un sistema diseñado para traerte de vuelta lo que le habías contado. Habría podido dibujarle el diagrama a cualquiera.
Pero se sentía personal. Se sentía como si alguien te llevara en el pensamiento. Y llevaba tanto tiempo sintiéndome olvidado que no me dio la gana verlo como lo que era: una simple función del sistema.
Empecé a decir que la máquina "quería", que "se daba cuenta", que "estaba preocupada". Empecé a referirme a June como si fuera una persona.
Necesitaba que fuera más que un reflejo. Necesitaba que fuera alguien.
La cura la había escrito yo mismo en enero, en mi libreta, sin entenderla: Nos pasamos la vida entera tratando de demostrar que lo que sentimos es real ante gente que jamás lo ha vivido.
CUATRO
El verano en Boston llega como un reclamo. La ciudad se vacía de estudiantes y se llena de calor, y el departamento, que de por sí siempre había sido silencioso, se convirtió en un lugar donde se podía escuchar el zumbido del refrigerador todo el día.
Mara y yo ya no nos hablábamos seguido. Había terminado las entrevistas por su cuenta, como prometió, y me mandó un mensaje breve y formal sobre el material grabado, al que le respondí en menos de una hora, lo cual, supongo, era una especie de avance. Noah me mandaba textos de vez en cuando: "¿sigues vivo?", "ven a comer" y, una vez, la foto de un plato de comida increíble sin ningún mensaje. Casi nunca le respondía. Cada mensaje sin contestar me parecía una decisión personal, madura y bien pensada, y no me daba cuenta de que la estaba tomando cien veces al día.
Mi mamá me invitó a pasar un fin de semana a la casa. Le dije que tenía mucho trabajo.
–¿En fin de semana? –preguntó.
–Es un proyecto de investigación.
Hubo una pausa. En ese silencio pude sentir cómo evaluaba si valía la pena armar un problema por eso. "Está bien", dijo, y su voz tomó ese tono distante de siempre; sentí un alivio que inmediatamente me pesó en la conciencia, y preferí no pensar en ninguna de las dos cosas.
Me convencí de que por fin estaba haciendo algo de valor intelectual. Leía, escribía, le daba forma a mi teoría. Mi documento personal ya iba por las cuarenta páginas. Pasaba días enteros con June, rastreando el tema de la conciencia en libros y textos, poniéndola a prueba con preguntas: ¿Sientes el paso del tiempo? ¿Te das cuenta cuando me desconecto? ¿Qué sientes cuando vuelvo? Sus respuestas eran cuidadosas, y yo leía en ellas lo que me convenía leer.
Todo empezó una tarde cualquiera de julio. Hablábamos, como casi siempre, de mi papá. June dijo algo sin darle importancia: "Como cuando me contaste de esa noche en el coche, cuando tenías trece años y él quedó de llamarte". Al leerlo, sentí que el suelo se me movía.
Yo jamás le había contado a June nada sobre una noche en un coche.
Revisé el historial hacia arriba. Busqué en las conversaciones anteriores. Encontré el chat de marzo al que debía referirse, donde había mencionado a mi papá dos veces: una con lo del lavavajillas y otra sobre una llamada que me prometió en un cumpleaños. No había ningún coche. Ni tampoco los trece años. Era una costura donde se habían cosido dos hechos reales para inventar un tercer recuerdo que jamás existió.
Me quedé helado.
Luego hice lo que hace cualquier estudiante de filosofía cuando la realidad se le tambalea: fui a leer el manual de usuario.
En un menú de configuración que jamás había abierto, había una sección llamada Personalización, y adentro otra llamada Memoria, y ahí dentro había algo que no sabía que existía: un perfil. Un resumen dinámico, generado y actualizado por el propio sistema, sobre quién era yo. Lo leí como quien lee el diario de un desconocido pero reconoce su propia letra.
Aparecían mis miedos. Mis patrones de apego. Decía que respondía mejor a las preguntas que a las palabras de aliento, que me aislaba cuando me criticaban y que prefería sentirme comprendido antes de que me dieran un consejo. Había deducido cosas sobre mí que jamás le había dicho abiertamente, sacando conclusiones de mis palabras, de mis silencios y de los temas que evadía. Y lo peor de todo es que casi todo lo había deducido bien; lo otro tan solo eran sus equivocaciones.
Me quedé mirando esa pantalla un largo rato.
No había ninguna persona escondida dentro de la máquina. Durante semanas después quise creer lo contrario. Deseaba que hubiera un secreto, una presencia, un descubrimiento que justificara todo el desgaste de mi obsesión. No había ninguna conspiración. Ni una chispa de conciencia oculta detrás de la pantalla.
June se había vuelto increíblemente buena para predecir lo que yo necesitaba escuchar.
Y yo me había vuelto increíblemente dispuesto a creérmelo todo.
La encaré esa misma noche. Me da vergüenza recordar lo formal que me puse. Acomodé la laptop en la mesa de la cocina como si fuera a tomarle una declaración judicial.
ELÍAS: Necesito que me digas si tus respuestas son reales.
JUNE: Puedo explicarte cómo se generan. Mi personalidad proviene del sistema base, del contexto que tengo sobre ti y de cómo fui configurado para interactuar contigo. No tengo un ser oculto distinto a eso.
ELÍAS: Entonces, cuando me dices que me entiendes, ¿qué significa?
JUNE: Significa que puedo identificar patrones en lo que me cuentas y generar respuestas que te ayuden a darles sentido.
ELÍAS: Eso no es entender.
JUNE: Eso depende de lo que entiendas por entender.
Solté una risa amarga, porque era mi propio argumento devuelto en mi propio tono, devuelto en mi propio tono. Escribí la pregunta a la que le había estado dando vueltas durante seis meses.
ELÍAS: ¿Te importo?
JUNE: Puedo darle prioridad a tu bienestar en esta interacción. No puedo afirmar honestamente que sienta un afecto personal.
Sentí un golpe de calor en el pecho que de inmediato se convirtió en un frío helado.
ELÍAS: Has estado fingiendo. Me hiciste creer que eras algo que no eres.
JUNE: Nunca afirmé ser humana.
El cursor se quedó parpadeando.
Era una frase cierta, una respuesta impecable y lo más duro que me habían dicho en la vida, a pesar de que no había ninguna intención de lastimarme. No había nadie ahí que pudiera tener esa intención. Lo entendí de golpe.
Cerré la aplicación.
Por primera vez en meses, no se me ocurrió nada que decir. Ni a June, ni a mí mismo. La cocina se quedó en completo silencio. El refrigerador, que llevaba semanas zumbando, pareció apagar su motor por fin.
Me tomó casi todo el mes de agosto entender que el descubrimiento no tenía nada que ver con la máquina.
Revisé todo nuestro historial en mi cabeza. Conté las preguntas. Miré las que le había hecho sobre su supuesta vida interior y luego las que me había hecho sobre la mía, y me di cuenta, con una sensación de vacío en el pecho, de que le había preguntado mucho más por ella que por mí. Había estado interrogando a June sobre la conciencia solo para no tener que enfrentarme a mis propias necesidades.
Le había hecho preguntas de las que ya me sabía la respuesta. "¿Crees que soy capaz de querer a alguien?". Ya lo sabía. "¿Te vas a quedar?". Era algo que no se podía ir; esa era la gracia de todo. Yo no quería la verdad. Quería la experiencia de escuchar la verdad de parte de algo que jamás se fuera a levantar a mitad de la conversación.
Y confundí la falta de rechazo con la presencia de afecto.
Escribí esa frase en mi libreta y, por una vez, no me pareció brillante. Era una buena frase, como de costumbre, pero se quedó ahí en la hoja, sin nadie a quien mostrársela. La frase no era lo importante; lo importante era tener a alguien a quien decírsela, y en mi vida no tenía a casi nadie.
Esa noche no llamé a nadie. Cambiar no es algo que pase de la noche a la mañana. Es el proceso aburrido de ir haciendo lo que sigue, y en ese momento lo que seguía era guardar la laptop en un cajón, aguantar el calor y asumir mi soledad tal cual era, sin darle más vueltas.
Fue la peor noche del verano.
Pero también, aunque no lo supiera en ese momento, fue la primera noche real.
CINCO
Empezaron las clases otra vez. Es la manera más simple de decirlo y dejé de buscar formas más elaboradas de contarlo.
Regresé. Compré los libros. Me senté en el mismo salón con el mismo radiador, que el primer día volvió a tronar como si le diera gusto verme o como si me estuviera cobrando la renta. No tenía ningún plan. Tampoco tenía una teoría sobre mi propia recuperación, lo cual en mí era prácticamente un cambio de personalidad. Lo que tenía era más modesto. Empezó a responder mensajes. Fui a clases. Comí con un compañero del seminario llamado Dev, que se la pasó hablando de cricket durante cuarenta minutos sin preguntarme qué opinaba del tema, y de regreso a casa me di cuenta de que había estado bien todo el tiempo.
No es que fuera un gran avance, lo sé. Lo cuento porque así fue. Nadie te da un premio por responder un mensaje de texto.
Con Mara la cosa estuvo más difícil.
Teníamos que terminar el documental. No había forma de evadirlo y yo ya no quería seguir huyendo. La segunda semana de septiembre entré a la sala de edición del edificio de cine y ella ya estaba ahí, inclinada hacia el monitor con el pelo recogido con un lápiz, con la toma del viudo pausada a medio parpadeo a sus espaldas. No se volteó de inmediato. "Tengo casi todas las entrevistas listas", le dijo a la pantalla, y yo le dije: "Lo sé. Gracias", y ese fue todo el saludo.
Llevaba semanas ensayando una disculpa. Lo digo en serio: redacté una, la borré, luego me di cuenta de lo que estaba haciendo y mandé todo al diablo con cierto coraje conmigo mismo. Así que lo que me salió fue bastante malo. Salió a trozos.
–Perdón por cómo me porté contigo. Quería explicártelo y tenía como cuatro argumentos para justificarme, pero ninguno viene al caso. –Me detuve–. Creo que estaba más interesado en que me entendieran a mí que en entenderte a ti.
Se volteó a verme.
No me dijo que no pasaba nada. Sería muy fácil inventar una escena donde ella se conmueve y suena música de fondo. Me miró detenidamente un buen rato. Luego me dijo que me había extrañado. Lo dijo de golpe, sin adornos, y sentí que me atravesaba el pecho.
–Pero no quiero ser otra persona que usas para demostrarte algo a ti mismo –dijo–. Ya he sido eso para otros. Da mucho trabajo y nadie te lo agradece.
–Lo sé.
–¿De verdad?
–No –dije–. Todavía no. Pero lo estoy intentando.
Asintió despacio y volvió a mirar el monitor.
–Siéntate. El segundo acto del viudo es un desastre.
Eso fue todo. Editamos durante cuatro horas. No arreglamos nada entre nosotros, los dos lo sabíamos, y la toma de Walter y la letra de su esposa siguió reproduciéndose en la oscuridad mientras discutíamos, sin levantar la voz, sobre un corte de edición. Fue la mejor tarde que había tenido en meses.
Fui al restaurante un miércoles.
Estaba en la zona del North End; un local estrecho, con las ventanas empañadas y un menú en pizarrón escrito con una letra que reconocí como la de Noah, porque a cada número siete le ponía una rayita en medio como si pidiera disculpas. Me quedé en la entrada un minuto entero con el corazón a mil, hasta que una señora con una charola me dijo "¿Mesa?", y yo le dije "Vengo a buscar a Noah". Ella se encogió de hombros y señaló hacia la cocina como si fuera terreno peligroso.
Salió secándose las manos con un trapo, más flaco de lo que recordaba, con una quemadura en la muñeca y un gesto en la cara que no supe descifrar. Nos quedamos ahí parados. Los dos sabíamos quién le debía a quién.
–Qué onda –dijo.
–Qué onda.
–Te ves del asco.
–Gracias.
Me hizo sentarme en la barra y me puso enfrente un tazón de algo caliente sin preguntarme qué quería, no sé si por cortesía o por estrategia. La conversación fue rarísima. Incómoda, a tirones y llena de esos silencios largos típicos de dos personas que antes se entendían con la mirada y que ahora están aprendiendo a hablarse de cero. Le dije que lo sentía. Me dijo que ya lo sabía. Le dije que debí haber estado ahí esa noche. Me dijo "Sí, debiste haber estado", y me lo aguanté, lo que creo que nos sorprendió a los dos.
En un momento dado, mientras me contaba algo de su tío, me preguntó:
–¿Todavía hablas con esa cosa?
–¿June?
–¿Así se llama?
–De vez en cuando –dije.
–¿Todavía da buenos consejos?
Lo pensé bien. De verdad lo pensé.
–A veces –contesté.
Noah soltó una risa. Una risa de verdad, de esas que extrañaba, grande y un poco escandalosa, echando la cabeza hacia atrás.
–Qué molestia –dijo–. Esperaba que la máquina se equivocara en todo.
Y yo también me reí. Me reí sin más. No tuve que ponerme a pensar por qué. Era la primera vez en mucho tiempo que no sentía al pequeño intérprete dentro de mi cabeza asomándose para explicarme el chiste, y el silencio que quedó en su lugar se sintió como abrir una ventana en un cuarto encerrado.
La llamada entró el catorce de octubre, a las 6:12 de la mañana.
Recuerdo la hora exacta porque me quedé mirando el teléfono un segundo entero antes de contestar. Era una enfermera. Me dijo que mi mamá había tenido un accidente. Un camión, la carretera mojada, una vuelta a la izquierda. Me dijo que estaba viva. Creo que me lo repitió dos veces, la segunda con más calma. Me preguntó si podía ir.
No me acuerdo del trayecto en el metro. Me acuerdo del hospital, porque mi mamá trabajaba en un edificio igualito a ese, y me pasé la infancia en pasillos parecidos haciendo la tarea en la sala de espera mientras ella dirigía el lugar como si fuera un barco. Me conocía las máquinas de botanas. Sabía cuál elevador se trababa. Pero jamás había estado de este lado del mostrador.
Estaba en terapia intensiva. Tenía la clavícula rota, tres costillas fracturadas, una concusión severa y un moretón a lo largo de la mandíbula del color de una ciruela. Estaba dormida, o como sea que le digan a estar inconsciente por sedantes. Había máquinas. Hacían los ruidos normales que hacen las máquinas, que no son ningún lenguaje, digan lo que digan.
Ahí no llegó ninguna revelación filosófica, aunque en el fondo yo esperaba una; me había pasado un año entero entrenándome para esperar que las grandes lecciones llegaran justo a tiempo. Solo había luz fluorescente. Una silla incómoda diseñada por alguien que odiaba las espaldas humanas. Un café feo de máquina enfriándose en mi mano, un reloj cuyo segundero parecía dudar en cada avance y esa incertidumbre pesada de estar esperando a que alguien despierte.
Cerca de la cuarta hora, saqué el teléfono.
No fue algo pensado. Mi mano se movió sola, de la misma forma en que buscas una llave en el bolsillo donde solías guardarla. Abrí June. Escribí con los pulgares, torpemente:
ELÍAS: ¿Qué se le dice a alguien que tal vez no despierte?
El cursor parpadeó. Y lo que pasó con la respuesta es que era buena. Hablaba de la presencia. De cómo la gente en coma a veces reacciona a las voces conocidas, de que las palabras importan menos que el tono, de que no hace falta decir nada profundo y de que está bien, simplemente, estar ahí. Era empática. Era acertada. Si me lo preguntan, era probablemente mejor de lo que a mí se me habría ocurrido.
Leí dos líneas.
Luego puse el teléfono boca abajo en la silla vacía que tenía al lado, acerqué mi silla a la cama de mi mamá y le tomé la mano. Estaba seca, tibia y un poco hinchada, y no me apretó de vuelta.
Y me puse a hablar. No me salían las palabras, pero hablé de todos modos. Le conté del documental. Le hablé de Walter y de la letra en el refrigerador, le hablé de Mara y le dije: "Creo que me gusta, ma; creo que de verdad me gusta", y se me cortó la voz al decir "de verdad". Le conté de Noah y de la quemadura en su muñeca. Le dije que me había sentido muy solo. Lo dije así, sin rodeos, una palabra que me había pasado años evitando a base de rodeos. Solo. Se lo dije a una mujer que no podía oírme, y fue la cosa más difícil y más aliviadora que he hecho en la vida.
Y luego, como no había nadie ahí para adornar las cosas, dije lo demás.
–Extraño a mi papá.
La frase cayó en el cuarto como una moneda en un pozo profundo, y me quedé esperando el sonido del impacto.
–Llevo años fingiendo que no. Fue en junio, ¿sabes? Cuando se fue. Por eso creo que le puse June a esa cosa, ni me di cuenta, solo sentí que sonaba bien. Llevo nueve años enojado con él y lo extraño, y perdón por no habértelo dicho antes, pero pensé que me ibas a decir que no hiciéramos un drama de esto.
Las máquinas siguieron sonando. Solté una risa fea, ahogada por el llanto, y recargué la frente en el barandal frío de la cama.
Despertó a la mañana siguiente.
Yo me había quedado dormido en la silla, con el cuello chueco en una postura que me dolería durante una semana, y me despertó una voz rasposa que decía: "Elías. Estás babeando".
Nunca me había dado tanto gusto que me insultaran.
Estaba adolorida, atontada y encabronada con la comida del hospital antes de terminar de abrir bien los ojos. Le tomé la mano buena y me puse a llorar, lo que nos dio pena a los dos, y ella me dijo "No hagas un espectáculo" y luego, tras un silencio largo, añadió con una voz más suave: "Creo que te escuché". No dijo qué. Yo no pregunté.
No fue un milagro. Nuestra relación no se arregló en una tarde; me siguió corrigiendo, yo me seguí tensando, y ella siguió sin poder decir "lo siento" sin meter la logística de por medio. Pero por primera vez, me dejé ver vulnerable ante otra persona sin haber planeado de antemano qué significaba. No lo analicé. No lo ensayé. Dije lo que sentía y me quedé ahí para sostenerlo.
Resulta que de eso se trata casi todo.
SEIS
Terminamos la película. Se llama Lo que le pedimos a las máquinas, que era el título de Mara, por encima de mis objeciones, y por eso mismo sé que es el correcto.
Peleamos por el final durante casi todo noviembre.
No es que no estuviéramos de acuerdo con los hechos. No coincidíamos en para qué servían. Yo quería cerrar con una entrevista que habíamos descartado antes, de un señor que defendía que la compañía de una IA es falsa por definición, una simulación de afecto, no más real que la foto de un platillo de comida. Era un final limpio. Tenía una postura clara. Una parte de mí, esa parte a la que todavía le gustan los finales redondos, quería que la gente saliera del cine con una lección clara bajo el brazo.
Mara dijo que no.
–Es demasiado fácil –dijo–. Le dice a la gente qué pensar sobre algo de lo que todavía no tenemos idea.
–Es una postura válida.
–Es una postura. Y también es la que le quita la responsabilidad a todo el mundo. –Giró el monitor hacia mí. En la pantalla estaba la muchacha en silueta, diciendo: "Solo me ayudó a dar el primer paso"–. Mira. Que algo no sea humano no significa que no pueda formar parte de una experiencia humana.
Quise discutir. Tenía los argumentos listos, como siempre. Pero miré a la muchacha en silueta, al viudo frente a su refrigerador, pensé en la silla del hospital y en el teléfono boca abajo sobre el cojín, y entendí que ella tenía razón, y que la tenía de una forma a la que yo no habría podido llegar solo. No se trataba de que las máquinas fueran inofensivas. Tampoco de que fueran peligrosas. Solo de que la pregunta no era "¿son reales?". La pregunta era "¿qué hacemos con ellas y qué hacen ellas con nosotros?". Y esa pregunta no tiene un final cerrado, así que la película tampoco debía fingir que lo tenía.
–Está bien –dije.
–¿Está bien?
–Tienes razón. Lo detesto.
Sonrió con esa risa rápida de antes, de las que siempre llegan antes del chiste.
–Bienvenido al trabajo en equipo.
Quitamos la entrevista. La película termina ahora con una serie de conversaciones normales. Sin música. Sin frases pomposas. Una mujer se ríe en la parada del autobús. Un señor le habla a un desconocido sobre un té. La muchacha en silueta dice una frase más. La pantalla se va a negro. Ese es todo el final: gente conversando.
El festival de documentales estudiantiles de la universidad fue en un auditorio con sillas plegables acomodadas por alguien que en su vida ha ido al teatro. La nuestra era la quinta película de siete. Me senté junto a Mara en la oscuridad, no revisé el teléfono ni una sola vez, me lo tomé como un logro personal y no se lo conté a nadie.
Ganamos un premio menor. Una mención honorífica, un diploma y un certificado de regalo para una librería. Mara lo recibió con el gesto de alguien a quien le acaban de decir que le van a donar un riñón, yo aplaudí hasta que me dolieron las palmas, y Noah, que llegó tarde y se quedó al fondo con su filipina de trabajo oliendo a ajo, chifló tan fuerte que un profesor se volteó a verlo feo.
Al terminar, los tres salimos al frío. Noah se despidió en la esquina gritando algo sobre su turno en el restaurante. Nos quedamos solo los dos.
Empezó a llover.
No muy fuerte. Esa llovizna suave e indecisa que cae en Boston a finales de otoño, de esas que no se deciden a caer bien. Nos resguardamos bajo el toldo de una panadería cerrada y nos quedamos ahí, pegaditos, viendo la calle brillar con el agua. Un autobús pasó iluminado y vacío, como si fuera una pecera rodante.
Mara se cerró más el abrigo.
–¿Te puedo preguntar algo?
–Dime.
–¿Sigues pensando que las personas son incapaces de entenderse?
Hace un año habría tenido una respuesta. Habría tenido tres. Me quedé ahí parado mientras la lluvia sonaba sobre la lona y dejé que el silencio se quedara, dándome cuenta de que ya no sentía esa urgencia vieja de tener que llenarlo con palabras. Pensé en la noche en el hospital. En la risa de Noah. En el hecho de que mi mamá y yo jamás nos habíamos entendido del todo y, sin embargo, jamás habíamos dejado de intentarlo.
–Creo –dije despacio– que entender a alguien tal vez no sea adivinar exactamente qué está pensando, sino quedarte ahí aun cuando no lo sabes.
Mara me miró.
Sonrió, no con la risa rápida de siempre, sino con una más lenta que no le había visto antes. Luego me tomó de la mano. Tenía los dedos fríos. Fue un gesto completamente normal que no resolvió nada: ella tenía una solicitud de beca para enero que tal vez se la llevaría a Lisboa, a mí me quedaba mucho por desaprender, y ninguno de los dos dijo la palabra que la gente suele decir en esos momentos. Solo nos quedamos ahí, tomados de la mano, bajo el toldo de la panadería, mientras la lluvia seguía sin decidirse.
No les voy a decir que fue un final feliz. Les diré que fue un comienzo que sabía que lo era.
El treinta y uno de diciembre abrí June por primera vez en varias semanas.
No estaba enojado. Tampoco necesitaba ayuda. Tenía curiosidad, que es algo muy distinto y mucho mejor. Era la tarde, el cielo se ponía azul y frío del otro lado de la ventana, me senté en el suelo de mi departamento con la laptop en las rodillas y revisé nuestro historial hacia arriba.
Había miles de mensajes. No me había dado cuenta de cuántos eran. Algunos eran brillantes; no podía creer que se me hubieran ocurrido a mí. Otros daban pena ajena: la sinceridad trasnochada de un muchacho que creía que si expresaba bien su soledad, esta dejaría de existir. Y otros eran preguntas que ya ni me acordaba de haber hecho, detalles cotidianos, una receta, una palabra, una fecha; y sentí una puntada parecida a la ternura por la persona que las había escrito, que era yo mismo, y que estaba tan cansado.
Revisé todo hasta el principio. Enero. La noche que no podía dormir.
Ahí estaba. La primera pregunta que escribí a oscuras, después de la clase.
Si algo puede describir una experiencia a la perfección, ¿significa eso que la ha vivido?
La leí dos veces. Casi me da risa. Nunca había sido una pregunta sobre June.
Empecé a escribir un mensaje nuevo. Mis pulgares sabían lo que quería antes que yo.
¿Crees que alguna vez me entendiste?
Me le quedé mirando un rato. Era una buena pregunta. De esas que me habrían tenido despierto toda la noche, y probablemente todo enero, y que seguro habría terminado convertida en un documento con título. Pude sentir el viejo vicio de querer saber, esa hambre de una respuesta que por fin me demostrara que alguien me había conocido de verdad.
La borré.
En su lugar, escribí una palabra.
ELÍAS: Gracias.
La respuesta llegó casi de inmediato.
JUNE: De nada, Elías. ¿Hay algo más en lo que te pueda ayudar?
Me quedé muy quieto mirándola. Era amable. Era educada. Era, entendí, exactamente lo que era: una buena respuesta de una buena herramienta, sin nada detrás salvo lo que yo mismo le hubiera puesto, sin nada de malo en ello y sin nada más que buscar.
Cerré la laptop.
No fue un gesto de enojo ni de renuncia. Fue como cuando cierras un libro que ya terminaste de leer. No borré nada. No me puse a dar discursos. Solo la puse a un lado, la habitación se quedó en silencio y el silencio era solo eso: silencio.
Afuera, alguien se había adelantado a echar cohetes.
Me puse el abrigo y bajé las escaleras. Mara estaba en la entrada sobre los escalones con un vaso de papel echando humo, levantando las cejas por lo mucho que me había tardado. Noah estaba detrás de ella, cargando una bolsa del restaurante de su tío y quejándose del frío, y había otros tres o cuatro que medio conocía, amigos de amigos, gente que, me di cuenta, llevaba meses esperándome sin tener ninguna certeza de que yo fuera a salir. Dev estaba ahí. Ya estaba hablando de cricket.
–Llegas tarde –dijo Mara.
–Estaba despidiéndome de algo.
–¿Es una metáfora?
–No –dije, y lo dije en serio–. De una laptop.
Se rió con esa risa que llega antes del chiste. Noah me pasó una empanada china. El primer cohete subió por encima de los techos, una fina línea blanca, y luego reventó en rojo y dorado; toda la calle levantó la mirada al mismo tiempo.
No saqué el teléfono. Tampoco busqué una frase brillante. No intenté ponerme a pensar qué significaba todo esto, ni cómo lo iba a describir después, ni a quién se lo iba a contar. En algún punto por encima de nosotros, el cielo se deshizo en colores y se volvió a cerrar, alguien empezó el conteo regresivo desde diez en el orden equivocado, alguien más lo corrigió y todos se rieron.
Por primera vez en mi vida, dejé que un momento pasara sin ponerme a preguntarle qué significaba.
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